Realismo mágico, el otorrino de la calle real
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Caserio costeño. acrílico sobre tela, 81 x 65cm, 2003.José Aragón. |
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Róger Fischer S.*
Aquel León de entonces, llamado por sus hijos el amado pueblo, era una ciudad de calles empedradas, torres erguidas hacia el cielo y campanas que doblaban horarios y oraciones permanentemente. Muchos galenos leoneses se habían graduado en la Sorbona de París, o en la Facultad de Medicina de Philadelphia. Era frecuente ver en sus calles, hermosas yeguas y mulas que servían de vehículo a los médicos metropolitanos entre los que descollaban el Dr. Nordlan médico alemán, el Dr. Tijerino apodado “monosabio”, los doctores Salinas, Barrera, Julio Castro, Salvador Reyes, Rafael Alvarado y otros. Sobre la calle Real, llena de historia y de leyendas, se localizaba la clínica de un médico de ancestro francés que era propietario de un automóvil de museo que nunca circulaba por las calles de León y que frecuentemente estaba cubierto por una carpa, a fin de “evitar su deterioro”. El doctor usaba una gorra tipo Derby que era lo más vistoso de su atuendo personal, nunca le vi fumar, aunque marcaba el paso de los coches con una pipa inglesa sin tabaco que golpeaba en monorritmo contra el brazo de su vetusta mecedora.
La casa del médico en cuestión despertaba en los niños una curiosidad especial. Para mí, fue un polo de atracción permanente, máxime que en el costado norte exhibía un hermosísimo rótulo que albergaba su nombre y su especialidad. El médico galo era un otorrinolaringólogo, palabra que me fui aprendiendo por silabas hasta que la pude repetir de un solo golpe, pues a mis siete años, esa palabra pesaba demasiado en mi mundo infantil, era un trabalenguas que logré acomodar en mi vocabulario sin conocer siquiera su significado.
Un día de invierno me sentí afónico y al llegar al beato Salomón que era mi colegio, le pregunté a un hermano cristiano qué quería decir otorrinolaringólogo, en mi voz gangosa sonaba como un tesoro del que me había apropiado. El hermano Felipe me dijo, que era una rama de la medicina con especialización en enfermedades de los oídos, nariz y garganta.
A partir de ese momento, las horas de clases se me hicieron interminables pues había tomado la decisión de visitar al doctor de la gorra, la pipa y el auto de museo. Ya sentía mal mi garganta y necesitaba de su especialidad. Raudo y veloz, al darnos la salida del colegio, llegué casi corriendo a la consulta del médico, empujé la puerta de celosías y ya en el recinto, me impresionó sobremanera la decoración de aquella sala de espera: un juego de muebles austríacos, dos escupideras de porcelana que daban la ilusión de ser floreros y un inmenso cuadro de la parca arrastrando a una bella paciente, mientras un médico de gabacha larga y gorra blanca, forcejeaba con ella para arrancar a la enferma de sus siniestros brazos. Amarillentas revistas en francés y dos polvorientos títulos médicos con el sello de La Sorbona de París, integraban el conjunto total de aquella sala.
Al escuchar mis pasos, rechinó una puerta que daba acceso al interior empujada por una mano gruesa y grande. Allí estaba el doctor, el otorrinolaringólogo, el médico que podía examinarme la garganta, los oídos y mi nariz. En sus ojos había incredulidad. Se limitó a preguntar mi nombre y edad, me hizo sentar en una silla de alambrón con cabecera alta y lentamente examinó mi nariz, para después pasar a la garganta.
Al terminar su examen dijo: “yo soy francés, me parece que su apellido es alemán y nuestros países están en guerra, pero antes de ser francés y usted alemán, yo soy médico y lo voy a tratar. Usted necesita ser operado de adenoides, venga mañana a las 7:30 de la mañana y procure no tomar ningún alimento sólido, sólo líquidos después del almuerzo de hoy. Al llegar a la casa de familia —donde por razones especiales vivía— una gran alegría invadía mi espíritu y el júbilo explotaba, manifestándolo por todo mi alrededor. Las señoritas Urbina que con tanto cariño me cuidaban, quedaron sorprendidas de la decisión de operarme. ¡Me iban a operar! Por fin sabría que era eso de ser operado. Había oído decirlo muchas veces, pero esa experiencia hasta ahora sería absolutamente mía.
Al día siguiente me levanté temprano y muy dispuesto, llegué a la clínica. Eran las 7:30 a.m., la hora convenida... el doctor sacó de un autoclave una cuchara —así le llamaba él a una especie de tijeras, como las pinzas que se usan para el hielo, sólo que planas y un poco anchas—, me invitó a sentarme en el sillón y me dijo: “Niño, tome esta panita, manténgala debajo de su barba”. Era una pequeña vasija porcelanizada en forma de riñón. “Por favor no hable ni grite, no llore, un movimiento en falso podría hacer que usted se quedara sin cuerdas vocales”. Ante mis ojos expectantes, sentenció: “o sea que corre el peligro de no volver a hablar”. Asustado y resignado, abrí la boca y durante 20 minutos, sin anestesia, con gran calma, el médico fue extrayendo los adenoides. “Te estás portando como todo un hombre, parecés un alemán en un campo de batalla, lástima que no seas francés”, decía. En mis manos temblorosas, vacilantes por el peso de la vasija, estaban 8 ó 9 pelotas de carne y sangre. Dos hilos finos de sangre caían de mis senos nasales. Sentí un poco de mareo cuando el doctor procedía de nuevo a extirpar otro adenoide, en ese momento escuché un golpe seco en la espalda del médico y la voz de mi padre que decía: “Doctor, si usted lo toca, no respondo”. El médico con gran calma le dijo: “Señor, si sólo falta uno”. “Déjelo —suplicó mi padre, ya en otro tono— le agradezco mucho lo que ha hecho por el niño, pero realmente no creo que él soporte más”.
El doctor sonrió amablemente y le dijo: “El niño está muy bien, puede comprarle un sorbete donde Prío y que solamente eso, coma hoy. Si usted quiere, tráigalo mañana para ver cómo sigue”. —¿“Sus honorarios doctor”? Solicitó mi padre— y el médico de ancestro francés, le dijo: —“Son veinte córdobas”.
Fue una despedida rápida pero cortés. Mi mundo de fantasía se venía al suelo. Mi padre no había dejado que se realizara la faena completa. Al salir tomó cariñosamente mi mano y dijo: “Hijo, y que no sabes que el doctor tiene más de cinco años de estar loco”...
Posteriormente, visitamos a otros otorrinolaringólogos —ya la palabra no me llamaba la atención— ellos encontraron que la operación había sido perfecta, todo un éxito, yo desde entonces... sigo creyendo en los médicos locos.
*Narrador nicaragüense. 
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