JUEVES 17 DE JULIO DEL 2003 / EDICION No. 23152 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El llanto de los hombres

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Hortensia Rivas Zeledón

El régimen del Partido Liberal Nacionalista (somocista) era corrupto y represivo; siempre contó con la complicidad de un poder electoral partidista y sumiso que arrebató a los nicaragüenses el derecho de elegir al presidente de su preferencia. El pueblo ansiaba cambiar a ese régimen dictatorial por un gobierno democrático, honrado, amante de la paz, la justicia y el progreso. Pero todos los años de lucha de los demócratas y la frustración acumulada por la población fueron astutamente aprovechados por los sandinistas, quienes impusieron la vía armada como única forma de sacar al tirano. Y para tomar el poder el FSLN firmó con el representante del Gobierno de los Estados Unidos, William Bowdler, los Acuerdos de Punta Arenas, en los que se comprometió a cumplir con el pluralismo político, economía mixta, no exportar la revolución y fusionarse con la Guardia Nacional.

Pero, una vez en el poder la cúpula sandinista no cumplió los acuerdos; al contrario, impuso una dictadura de corte comunista al estilo “chapiollo”, más feroz que la anterior, y con los mismos métodos fascistas de los regímenes totalitarios trató de borrar todo lo anterior al sandinismo, porque supuestamente la historia comenzaba con los nueve comandantes. Por eso el 19 de julio de 1979 desplegaron la bandera roja y negra sandinista en una ventana del Palacio Nacional y arrinconaron a la bandera azul y blanco de la Patria.

Esa misma noche se esfumaron las esperanzas de una vida mejor, pues los sandinistas dictaron los primeros decretos para suprimir la libertad de expresión e información y todas las libertades y derechos; también dictaron el decreto tres para apropiarse de todo lo que les gustara, y en esa vorágine confiscaron las Fiestas Patrias, en septiembre de ese mismo año, y las sustituyeron con la Jornada Heroica Pancasán. Además, impusieron la bandera y el himno sandinistas a la par de la Bandera y el Himno Nacional, como un atropello a los símbolos patrios.

En la misma medida que la revolución y el socialismo se profundizaban la economía nacional se derrumbaba, la pobreza y la miseria crecían vertiginosamente mientras la nomenclatura y sus allegados tenían de todo en abundancia.

El sandinismo, como todo partido totalitario, no permitía ninguna disidencia y menos la existencia de otra organización. Por eso prohibieron la organización del Partido Social Demócrata Sandinista y decretaron que el término “sandinista” era propiedad exclusiva del FSLN; por eso mataron en Honduras a Pablo Salazar, “Comandante Bravo”, a Anastasio Somoza en Paraguay, al dirigente democrático del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) Jorge Salazar, y también a muchas personas humildes y desconocidas. Por eso, aunque ahora algunos se quieren hacer los “inocentes” sus manos no están limpias de la sangre derramada en esa década de horror. Todas las personas cuyos familiares fueron asesinados deberían contribuir a levantar una lista de las víctimas para que por lo menos quede ese testimonio de lo que sucedió bajo ese régimen.

En 1983 los sandinistas impusieron la ley del Servicio Militar Patriótico (obligatorio), que produjo mayor dolor y éxodo de los nicaragüenses. Además de sufrir la miseria, la escasez de alimentos, ropa y medicinas, había una guerra fratricida que desolaba al país y ser joven volvió a ser peligroso porque la nomenclatura revolucionaria mandaba a cazar a los jóvenes desde los 14 años. Decenas de miles fueron obligados a incorporarse a los BLI (Batallones de Lucha Irregular), muchos regresaron mutilados, inválidos, alterados de los nervios y miles ya no volvieron. Muchas familias nicaragüenses se llenaron de angustia, dolor y luto.

La estrategia y la táctica sandinista incluía el ataque a la Iglesia Católica, por eso la expulsión de sacerdotes y las agresiones a los templos fueron algo cotidiano en esa época. Sin embargo la fe de los nicaragüenses creció y las parroquias siempre se llenaron a pesar del temor.

La tarde de un jueves de 1986 me encontraba en misa en la parroquia de María Inmaculada cuando escuché unos gritos desgarradores. Creí que estaban atacando el templo, pero miré a unas mujeres avanzar de rodillas hacia el altar. Ví hacia atrás y supe que los gritos que escuchaba era el llanto de los hombres, de los padres que abrazaban a sus hijos mientras los gendarmes del Ejército y la Prevención les arrancaban los hijos de sus brazos para llevarlos a una guerra que no comprendían ni compartían. Ese día por primera vez vi llorar a los hombres, cuyo llanto desgarrador y angustioso me impresionó tanto que me quedó grabado en la memoria para siempre.

La libertad, paz y tranquilidad que ahora disfrutamos los nicaragüenses no apareció sola; es el producto de la lucha heroica de las personas que siempre han anhelado que haya en el país democracia, libertad y justicia. Los nicaragüenses de pensamiento democrático debemos participar activamente en la lucha contra la corrupción para no seguir secuestrados por las cúpulas corruptas de los partidos liberal y sandinista, que sólo guerra, dolor, robo y sufrimientos le han traído al pueblo.

Hay que buscar la forma de sacar al país de las garras de las camarillas inescrupulosas, porque de lo contrario se perderá todo el avance democrático, de nuevo se caerá en la recurrencia de la historia de Nicaragua, vendrá luego la lucha fratricida y se volvería a escuchar el llanto de los hombres.

La autora es directiva del Partido Conservador.
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