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— Gustavo Adolfo Becerra: “Pactos. Hombre sentado junto a una montaña”

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Gustavo Adolfo Becerra.

 

Marta Leonor González

Lejos. Al sur a 700 kilómetros de Santiago en Chile, cerca de Temuco, nació el escritor chileno Gustavo Adolfo Becerra, en un pueblecito de rarísima arquitectura, “Las casas, la mayoría de tablones verdes por el musgo, cuando es época de invierno, el río se desborda”, dice Becerra, un poeta cuya imaginación y sensibilidad se aprecia en “Pactos. Hombre sentado junto a una montaña”, publicado por la Editorial Costa Rica, y presentado el lunes pasado en San José.

Becerra es simpático, un conversador de primera, cuando se trata de hablar de arte, y literatura, de “Pactos...” dice que “es un reto a la indiferencia. Hay una gran indiferencia (ante los problemas de la humanidad). La indiferencia es el antónimo del amor, y no el odio como se ha dicho. “Intenta reflejar los problemas del ser humano contemporáneo. Tenemos una opinión muy vaga de lo que ocurrió en la guerra (en Irak). Todo ha quedado a las opiniones de expertos, como sucedió durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile”.

El poeta, que actualmente es el agregado cultural de la embajada de Chile en Costa Rica, comenta cómo desde muy niño, su madre escribía un cuaderno de poesía en un cuaderno fiscal “que los regalaban en las Escuelitas”, e iba acumulando poemas de muchos poetas latinoamericanos: Amado Nervo, Rubén Darío, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Gabriela, Pablo Neruda, Blanco (“El violín de Yanko”), etc. “En el mismo invierno que describí en la respuesta anterior —a orillas de un brasero recién encendido—, mi madre nos leía poemas a todos mis hermanos. Los poetas que nombré y otros eran como de la familia”.


¿Qué ha representado tu familia. Ellos han influenciado en tu inclinación por las letras?

“Han sido determinantes. Si piensas en mi pueblito natal, donde la luz eléctrica era generada por un motor que se encendía de 6 a 8 de la noche. Y apenas las radios ‘galenas’ tomaban una estación de radio ¡qué maravilla! Y mi padre silencioso escucha ópera (cuando tenía señal), y mi madre amante de la poesía: no tuve que elegir. El ser poeta me fue dado”.


Casi siempre uno tiene influencia de sus abuelos. ¿Cuál fue tu caso?

“En el sur de Chile las agrupaciones familiares (más que instituciones familiares) son matriarcales en su esencia. Hay muchas mujeres solas. Mi abuela era vendedora de helados en la calle. Tenía tanta fuerza como diez caballos, aunque era pequeñita y de ojos verdes. Dejó una huella profunda en nosotros, una tenacidad de caballo de tiro”.


¿Desde hace cuánto te dedicas a la literatura?

“Desde esa misma época. Tuve una enfermedad oscura cuando niño, de esas que agobian más a la familia que al enfermo. Mi padre, como yo era su primer hijo varón, me prodigó múltiples cuidados: era una forma amorosa de retenerme. Entre sus cuidados fue enseñarme a leer y las “cuatro operaciones” porque quizás necesitaba de ese conocimiento para el viaje. Terco como soy, me quedé: no sólo sobre la superficie sino también con la palabra. Las cuatro operaciones se me han ido olvidando”.


¿Por qué hasta hoy no has publicado mucho?

“Admito ser muy pudoroso y mis procesos de aprendizajes son lentos, porque quieren ser a su vez lo más estrictos posibles. Más lento aún se hacen estos procesos de aprendizajes si son procesos sociales. El dinamismo de los cambios en esa época eran como una ola. Y estaba dentro de esa ola. No tenía tiempo ni conocimientos para procesarlos. Sentía sí que pertenecía a una comunidad donde el “sujeto colectivo” era pieza fundamental, el aro de la bicicleta. Y sentía que ese yo plural comenzaba a tener sentido”.


¿Qué me dices de “Pactos...”?

“Sí, efectivamente se llama “Pactos. Hombre sentado junto a una montaña”. Es una aproximación a ese “sujeto colectivo” que mira, se desconcierta, reflexiona, analiza (a veces, hasta con criterio científico). Nadie habla de la poesía como comunidad, sin embargo, en ese poemario vive mucha gente”.


Tu libro es muy experimental en la estructura poética, ¿por qué no sigues las normas tradicionales?

“Tiene sentido. Habíamos sufrido la fractura del lenguaje en forma irracional, el verbo-fundamento de la lengua estaba roto: ser y estar. Muchos eran y no estaban: siguen siendo y siguen no estando. Había mucho que decir. Muchos querían decir. La condición y dignidad humana “se jugaba” entre el ser y decir. De esta manera un texto era también otro. Y habían enormes espacios “no posibles de semantizar” porque la palabra dolor, no contenía esas mil quinientas espinas, que veíamos y que veía. Confieso que me hubiese gustado haber seguido las normas tradicionales, pero me lo impidieron.


Háblame de tu poesía actual...

“Estoy escribiendo una Ópera, acerca de los 30 años del golpe militar en Chile. No quiero esconder la cabeza. Es un gran esfuerzo. Por otro lado, estoy escribiendo dos libros experimentales donde tengo amores secretos con la ciencia y la filosofía, del modelo panóptico camino a la kinesic, que proviene del griego “kieneien” y que significa movimiento y que se relaciona con la verdad a través de los movimientos del cuerpo, los usos —como puedes imaginar— son múltiples. Y yo enciendo ahí una pequeña luz literaria”.


ASUNTOS PARA COMPRENDER

Te gusta ir de paseo al campo. ¿Haces ejercicios?

“Un día que no quiero olvidar, en San Pedro de la Montaña, estaba con el pintor chileno Julio Escámez (quizás el más importante pintor de Latinoamérica y de una sabiduría aplastante), pusimos dos sillas armables frente a una enorme montaña. Y leímos a voz en cuello, sonetos de Quevedo. La montaña guardó un silencio aceptador: Quevedo podría ser su poeta favorito. Fue un buen ejercicio”.


¿Tienes una mascota, te gustan los animales?

“Angelo Sartori es un amigo mío que trabaja en la FAO. Me envía cada cierto tiempo, los documentados informes acerca de Alimentación en el mundo. Y se me revelan sentimientos no buenos cuando veo a hermosos perros, cenar en el comedor de la casa. Desde otra dimensión, lo mismo me pasa con las banderas”.


Y las plantas, ¿cómo te llevas con ellas?

“Con las plantas y la selva en general tengo antiguos amoríos. Habían muchos árboles donde nací: todo era cielo, río, bosque y sendero. Aprendí muchos nombres de árboles y los reconocía: olivillos, raulíes, tepas, alerces, canelo (el árbol sagrado de los mapuches), pehuén (araucaria), luma (de madera durísima), coigüe (roble nuevo), roble (pellín, le dicen los mapuches), encinas, y otros arbustos de la familia de las coníferas. En medio de ellos vivían muchas clases de pájaros: los chercanes, treiles, bandurrias, loicas (tienen el pecho rojo), chiríos, picaflores, etc. Igual que los bosques han ido desapareciendo los pájaros. Igual que los pájaros todos los microsistemas que originan la vida.


¿Qué haces cuándo estás triste? ¿Y cuándo estás alegre?

“Adquirí la gracia de la fe. En verdad, me la “contagiaron”. Más verdad aún, creo que la Iglesia chilena dio testimonio de un Cristo vivo en tiempos que los otros Cristos cercanos eran perseguidos, torturados o muertos. La Iglesia institucional dio un hermoso testimonio. Yo entiendo la tristeza como un no-Jesús. Y en la dialéctica de la duda, apoyando mi cabeza entre ambas manos, vuelvo a buscar ese rostro que me ha encantado”.


¿Qué no te gusta hacer?

“Enjuiciar”.


¿Te gusta viajar? ¿Cuál ha sido tu mejor viaje?

“Claro que me gusta. Cuando cumplí cuatro años mi madre y mi padre me llevaron a ver el mar. Me habían dicho que era un monstruo azul que rugía. Mi encuentro con el mar fue planetario. Y quizás el mejor viaje que he tenido, ha sido un viaje en que no me moví: al corazón de Isa. Y ella me esperaba al final del camino. Para ser más preciso: yo también la estaba esperando. No llevaba maleta sino papeles arrugados y cartas de amor. Los poemas de Benedetti son muy efectivos en las relaciones de pareja. En el camino me encontré con Yael, luego Pavla me esperaba sonriendo, y Manuela me besó en las mejillas”.


¿Cuál es tu primer pensamiento cuando oyes la palabra Nicaragua?

“La palabra Nicaragua es de una enorme hermosura, por eso Carlos y Luis Enrique la tejieron. Tengo dos sensaciones muy agudas cuando la escucho, la primera, tiene directa relación con que fue depositaria de enormes toneles de esperanza de América; la segunda, la relaciono directamente con muchos amigos chilenos que quisieron contribuir a ese sueño. Cuando estuve junto al Gran Lago de Nicaragua lancé unas flores que nadie vio sobre esas aguas. Y creo que se tiñeron de rojo por un segundo. No digo que haya sido verdad, sólo lo creo”.


¿Qué opinas de la política en general?

“Hay un gran desencanto. Es como la globalización del desencanto. El sentido del servicio público perdió originalidad, pero también —y esto es doloroso— sentido. Parece que la corrupción llega a los sitios para quedarse. Nos hace faltar sentir que, en términos evangélicos: ‘el viento sopla donde quiere’, en términos éticos: requerimos imperativamente transparentar nuestras vidas; en términos martianos: hacer ‘útil la virtud’, en términos del biólogo Humberto Maturana: sentir ‘al otro como legítimo otro’, en términos de lenguaje: saber que el antónimo del amor no es odio, sino la indiferencia”.


¿Cómo viviste la dictadura en Chile?

“Entre dos miedos. Uno de esos miedos era a ‘no hacer nada’. Y el otro, era a hacer. Elegí el segundo miedo: trabajé en la defensa y promoción de los derechos humanos. Tenía mucho trabajo. Por si no llegaba escribí un poema que se llama ‘Algo quedará sobre mi tumba’. Llegué, quizás por esa razón le hago cariños a ese poema y lo cuido para que no se resfríe”.


LOS ESCRITORES

De diez escritores chilenos, ¿cuál es tu escritor preferido?

“Tengo un pésimo criterio jerárquico. Nunca he sabido si bueno o malo consagrar a alguien en el primer lugar de algo. Tampoco he encontrado el sistema métrico decimal para medir poesía, aunque haga esfuerzos denodados. Sospecho que Neruda y Ferlinghetti, lo mismo Whitman y Pound, son poetas importantes. Pero, rara visión es ésta, igual de importante me parece un teólogo que encontré en Loncoche, cerca de Huamaque, y me invitó a mirar unos campos precordilleranos. Indicándome una tierra recién cultivada, me preguntó: ¿qué ves? Yo le contesté: - tierra. Y él afectuosamente dijo: pan. Yo veo pan. Me emociona la poesía de ese teólogo tanto como el Poema 20 de Pablo. Recordé al biógrafo Eckermann conversando con Goethe, donde ninguno de ellos tenía esa estatura.


Raúl Zurita poeta chileno de tus grandes amigos ¿ha influenciado en algún momento tus juicios literarios?

“Zurita, claro que me ha influenciado. En Chile decimos: le debemos a cada muerto una vela. Me gustaría haber sido influenciado por todos los poetas. Lamento declarar que no poseo esa capacidad de asimilación. En todo caso, trato de mantener las puertas abiertas”.


¿Cuál crees que es el autor contemporáneo que más destaca en la poesía chilena?

“Aunque Nicanor Parra es sorprendente. Y Gonzalo Rojas telúrico y vital (quizás por el río que lo lleva, ‘Renegado’, se llama), creo que Zurita recrea una poesía y dentro de ella una categoría hermosísima, la territorialidad. Otro poeta que me sorprende es Jaime Quezada y Osvaldo Ulloa, ambos discípulos en Solentiname del poeta Ernesto Cardenal. Hay muchos más. Ya empezaremos a firmar tratados de esta naturaleza con todos los países del mundo.


¿Cuál es el poeta nicaragüense que más te ha gustado?

“Muchos: Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas, Salomón de la Selva, Blanca Castellón, Gioconda Belli, José Coronel Urtecho, Rubén Darío, también hay muchos poetas jóvenes interesantes, sin embargo, quizás por qué razones subterráneas, tengo admiraciones poderosas con la poesía de Ernesto Cardenal.  
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