Poesía nicaragüense
Elegía a las piernas de Helena
Guillermo Rothschuh Tablada
Apenas se abre el día Helena muestra bajo sus peplos sus claros peristilos. Pulido mármol revela sus dones por donde no pasó dedo de Fidias ni pico de grulla, sino tornado vuelo de ledas y de ánsares.
Y piernas más que columnas, y jónicas más, que corintias, se doblan sin quebrarse. Porque yedras, suben, se enredan en sus rodillas, y lamen si a sus tobillos bajan.
Desesperante paz para mi guerra de nervios, para mis sueños de lunas fatuas. Porque ella, estelar y marina, en perpetuo turno dase al ojo que nunca se fatiga.
Y ábrete, y sésamo, y mil cuentas más de sus noches más íntimas. Imaginando poses. En escabel sentándose y en pórticos divirtiéndose. Brindando como por descuido sus muslos de cristal —purísimos—. De resplandor gorgónicos y de fulgor gorgorino.
Porque ellos, como las profanas prosas de Don José Lezama Lima —el de las licuantes eles— atosigan, hieren, enlaberintan, aniquilan.
Cráteres para mis labios antes que goznes para las puertas Esceas, porque Héctor se levanta y Aquiles se recrea. Y una década aplacar la contienda, no es tiempo ni ley que mengüen su belleza secular y autónoma.
Pero, ahora, más que lágrimas empleamar que deshiela, es hilillo de sangre mi tributo mío, de humor vítreo, de vino en véritas, de amor que desea —batallador sin rodelas— hundirse hasta el puño de la espada.
Porque a sensible lucha, cruenta guerra, Femio. Y no es trampa segura vivir siempre delirando, loando, recordando lo que a fe incierta nunca has vivido, ni sentido. Pozo más bien de aguas muertas. Fuente seca y amarga.
¿Pero, cielo sellado, hasta cuándo Homero, abrirá la aurora sus rosados dedos? ¿Hasta cuándo Helena enrumbará la ingeniosa odiosa –Odisea, sobre el mar que nunca duerme y que el cielo desvela?
¿Cómo aplacar las furias si trigal el pelo del rubio Menelao; si amurallado arde París; si enfurrullado arde Agamenón; si arde Sarpedón; si todos arden, arden, arden, en flamantes pabilos que el celo atiza y el tiempo enceniza?
Hogueras funden espuelas para el viaje del guerrero. ¿Pero cómo partir si Tiresias no vuelve, ni el caballo vuela? Cómo volver a la siempre adorada, amada Ítaca, sí vientos de rencores agitan los velámenes, y los remos —las piernas de Helena— yacen bajo sábanas sepultadas? ¿Hasta cuándo, Homero? ¿Hasta cuándo? 
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