Mi casa en el barrio
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La vida en los barrios es alegre, la camaradería entre los jóvenes hace que nazcan amistades perdurables. |
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Oscar Álvarez
oscar.alvarez@laprensa.com.ni
En las distintas etapas de la historia urbanística de la ciudad capital se pueden identificar algunos proyectos habitacionales que con el tiempo se han convertido en un verdadero reflejo de la identidad y autenticidad de los managuas.
Y es que vivir en un barrio es diferente a habitar en residenciales o colonias. La gente se involucra más una con otra, se comparten las alegrías y los problemas, los chavalos crecen como hermanos, pues se conocen desde niños. Muchos terminan “jalando” y algunos hasta se casan.
Aunque muchas de estas cosas han cambiado con el tiempo, el ambiente de los barrios sigue siendo alegre y jovial. Una fiesta de 15 años no puede pasar desapercibida en la cuadra ya que la mayoría de sus habitantes estarán invitados, igual pasa con los matrimonios, la calle se cierra y se ubican las mesas y las sillas para atender a los asistentes.
Vivir en un barrio es una bonita experiencia, es una gran escuela para aprender a convivir como seres humanos pues no siempre hay buenas relaciones con los vecinos, sin embargo, hay que ser tolerante y sobrellevar las cosas por el lado amable.
SAN ANTONIO, REVIVIENDO A LA VIEJA MANAGUA
Uno de estos ejemplos es el Reparto “San Antonio”, construida a mediados de los 80 y ubicada en el antiguo casco de la vieja Managua. La mayoría de sus edificaciones, encumbradas de cuatro plantas y con capacidad de albergar a ocho familias, ha significado que a este barrio se le conozca con el mote de “Las Palomeras”.
Lilia Alfaro, una de las primeras habitantes de “San Antonio”, aclara que el verdadero nombre del complejo habitacional es el del legendario guerrillero latinoamericano “Ernesto Che Guevara”.
“Le comenzamos a llamar “San Antonio” porque está construido en el sitio de ese antiguo barrio, pero la gente le dice Las Palomeras y rechazamos ese nombre porque las muchachas dicen que nos llaman palomas. A veces es agradable y otras molesto”, comentó.
La casa le fue asignada por el gobierno de la época y fue pagada al desaparecido Banco de la Vivienda de Nicaragua. “Resultó una buena experiencia, fue una afirmación como mujer, madre, mujer y ciudadana y fue la solución a muchos problemas”, dijo.
EN COMUNIDAD
Indicó que al inicio había mucha solidaridad. Se acostumbraba hacer “vigilancia revolucionaria”, los vecinos se cuidaban mutuamente y los niños de una familia eran cuidados por la otra. “En ocasiones si una persona no tenía algo y la otra sí, lo compartíamos”, destacó.
Recientemente conversaba con algunos vecinos que era necesario volver a cuidarse entre sí, apoyarse cuando hay problemas y cuidar de las niñas y los muchachos, “eso sí, tratamos de conocernos, cuando hay nuevos vecinos nos acercamos, porque hay muchos que han vendido sus casas” comentó doña Lilia.
Recordó que años atrás se experimentó un ambiente de solidaridad cuando se quemó la casa de una vecina y toda la comunidad ayudó. También cuando hay mucha actividad sísmica, quienes habitan en los edificios de cuatro pisos se pasan a dormir a las casas de baja altura.
UNA VIDA TRANQUILA
Por su parte Raúl Solís de 65 años, habitante de Unidad de Propósitos recordó cómo en 1971 logró obtener su casa en dicho reparto cuando era empleado del Banco de América Central.
Introdujo su solicitud e hizo un préstamo de 500 córdobas para la prima, pero a muchos les enviaban el telegrama de aceptado menos a él. Fue así que contactó a un amigo quien intercedió por él.
Luego pagó la prima y le dijeron que ya no había casa, pero al mostrar su constancia de pago se la tuvieron que entregar. Se pasó a lo que sería su nuevo hogar, el nueve de febrero del 71. Recuerda que ahí nacieron sus tres primeros hijos. “No tenía nada y al llegar a tener mi casa uno dice logré algo”, dijo.
Para él, el barrio Unidad de Propósitos es un lugar tranquilo, sólo hay algunos “rateritos” y casi no hay pleitos. Entre los vecinos se acostumbra compartir el brindis cuando hay una celebración familiar.
En sus tiempos, se reunían en el área verde para jugar algún deporte. “Todos los días por la mañana y la tarde el chavalero jugaba en el campo y los fines de semana éramos los viejos”, comentó.
Pero en el lugar se edificó lo que es ahora el Instituto Modesto Armijo y la diversión pasó a otro predio donde luego se construyó la Iglesia Canán. “Se llenaba y se ponía alegre, pero hoy los chavalos no tienen dónde jugar”, concluyó. 
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