MARTES 1 DE JULIO DEL 2003 / EDICION No. 23136 / ACTUALIZADA 1:20 am





EL HUMOR DE




Convencer para vencer

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Cairo Amador Arrieta

La crisis nicaragüense es de conducción política. Se inició en el instante mismo en que se abrió la caja de Pandora de la revolución social. Ausencia de ofertas políticas satisfactorias marcan dramáticamente las páginas de la historia reciente. Los partidos no han podido satisfacer las tareas de su momento y poderosas demandas políticas insatisfechas crearon condiciones para la construcción de nuevas ofertas partidarias. Éstas, a su vez, se revelaron incapaces de enfrentar las situaciones creadas por sus propias victorias.

La vieja oposición democrática no pudo conducir a la victoria contra el somocismo. La dirección revolucionaria ignoró las expectativas democráticas de la población y en su ocaso manifestó el más bajo nivel de lucidez moral. Llegada la democracia semi importada en su amorfa coalición, no cumplió con el desarrollo económico prometido. El estancamiento económico anuló la masiva ayuda internacional recibida. El vacío fue llenado por un nuevo partido liberal re-fundado para impedir el retorno sandinista, pero se quedó apenas en eso. Las tareas fundamentales de combate contra la pobreza y creación de un entorno democrático y pluralista se vieron abandonadas en una administración pública que volvió a los peores vicios del pasado.

La resultante de cuarenta años de crisis política ha llegado a un punto de casi imposible imaginación. Mario de Franco se suma y no sin razón a la opinión expresada por Bolingbroke, en el sentido que el gobierno de un partido tiende siempre a terminar en el gobierno de una facción y nos recuerda que si bien el partido es un mal, la facción es peor. Por eso Mario tiene toda la razón ética, teórica y abstracta, en defender la necesidad de apartidismo de parte de quienes gobiernan en nombre de la nación. Pero sus postulados apartidistas se quedan mudos frente al problema de fondo de la crisis política: ¿Es la acción inmediata de gobierno la única tarea de una administración?

Una administración puede gobernar fuera del partidismo porque tiene un partido que puede retomar históricamente la continuidad de sus herencias y lecciones. ¿Pero, se puede acaso gobernar como si se estuviera fuera de la historia y de la continuidad programática?

De la misma manera que no existen recetas aplicables para todo contexto ni verdades absolutas aplicables en todo terreno, el valiente discurso de Mario de Franco, sabiduría convencional correcta en general, no es suficiente por su simplismo en la situación nicaragüense. La crisis no se resuelve con un buen gobierno si el siguiente viene a destruir todo lo construido. El apartidismo administrativo necesita complementarse con una línea de acción que tienda a resolver la necesidad práctica y también ética de liderazgo político en el tiempo.

Lo que ha faltado en Nicaragua no ha sido número en la cantidad de intentos fallidos de propuestas de todos los colores ideológicos. La ausencia ha sido más bien de respuestas que aglutinen grandes fuerzas sociales, que respondan y den sentido a las aspiraciones legítimas escondidas en la base social de cada bando contrapuesto. Es eso lo que nos ha hecho falta y no estoy seguro que sea eso lo que pretende encontrar el intento partidario de algunos funcionarios bolañistas.

A esta altura del juego nadie es tan limpio como para tirar la primera piedra y habrá que aceptar que los protagonistas surjan en alguna parte entre los pasados somocista y sandinista, y sus manifestaciones maquilladas actuales. La crisis de conducción plantea tareas precisas y no estoy seguro si la unión liberal atienda la dimensión del reto.

Ante nada hay que entender el carácter histórico, no coyuntural, de la crisis. Su escala es nacional, no simplemente del partido liberal. La complejidad presentada por un liberalismo oficial con sellos secuestrados es solamente su manifestación coyuntural. Sería insuficiente responder a los problemas del Partido Liberal Constitucionalista sin atender a los problemas nacionales.

La crisis nacional ha acumulado aspiraciones sociales y políticas sostenidamente postergadas. Sería insuficiente limitar la problemática a un asunto meramente electoral administrativo para que “exista” una papeleta donde votar por un gobierno sin partido. Sólo supera los sectarismos y faccionalismos del pasado un movimiento sin exclusiones. Mientras se limite a reagrupar cuatro cascarones con personalidad jurídica sólo se logrará un gran cascarón.

El peso social del sandinismo y del arnoldismo responde a una fenomenología profunda de desesperanza y agotamiento social de peso. No puede atribuirse tan simplistamente a “caudillismo” como si eso se explicara a sí mismo. Es insuficiente el discurso de catastrofismo antisandinista o de “anticorrupción” antiarnoldista. Es insuficiente el aperturismo a ultranza sin asumir también banderas nacionalistas, de democracia participativa, descentralizada y anclada en un programa de desarrollo que combine lo territorial y rural con la globalización.

La razón hay que tenerla a tiempo y además contar con la fuerza para llevarla a buen término. La nueva propuesta debe convencer al gran capital para contar con medios económicos y al pobre para contar con apoyo social de masas. Además debe tener respaldo de la comunidad internacional y no ser demonizada. Si no, logrará tal vez dividir los votos liberales, pero no triunfar. Eso sólo facilitaría el camino del retorno a uno de los pasados que quedan sin reciclar.

La tarea es grande pero nadie dice que no se pueda hacer. En todo caso es necesario intentarlo. Los próceres no son los que se quedaron en casa asustados por la dimensión de los esfuerzos que les demandaba la Patria. Antes que condenar a priori el intento valiente de los liberales que quieren ofrecer una alternativa a la crisis política nacional, este artículo pretende solamente tender una mano de apoyo, señalando lo largo, difícil y complejo de la tarea que hoy emprenden.

El autor es politólogo
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