Con amor a mi esposa Mercedes Osorno de Calero
A 18 meses de su partida (2 agosto 2002-2 febrero 2003)
El dolor de un dulce recuerdo
Tan cruel y misteriosa como la propia vida.
La única muerte dolorosa de aquello que amamos y que se llevan toda nuestra vida dejándonos de ella lo más cruel, lo único que no muere, el dolor.
Te extinguiste dulcemente como el alba que nace, como el fin de un triste atardecer. Pero tu recuerdo se encuentra como una antorcha sagrada de luz, la cual no se apagará jamás.
Sólo el recuerdo es grande, sólo el recuerdo es divino, aun el recuerdo del dolor que al abrir su cáliz de tristeza nos hace irrumpir en sollozos y en lágrimas, las cuales son salobres y, sin embargo, hay momentos que es dulce devorar nuestras lágrimas.
Las manos del recuerdo nos acarician como las manos amadas que evocamos como largos y blancos lirios de eternidad que nos frotan el alma como pétalos de flores.
La ternura de un recuerdo... hay un encanto secreto en el amargar de ciertos recuerdos, especialmente de aquellos que nos han hecho sufrir mucho. Verlos ya lejanos, inertes, que no pueden alzarse del polvo, que no pueden herirnos, ellos que desgarraron nuestro corazón.
¡Cómo son bellas las tumbas que encierran los despojos de aquellos seres que amamos!
El recuerdo es como una luz divina, cuando nos acercamos a ella, llevados por el recuerdo, evocamos todo lo que fue, y que yace vencido bajo los estandartes victoriosos del tiempo. Mientras otros seres envejecen tan aprisa y sus recuerdos mueren antes que ellos, tu recuerdo se mantiene fresco y floreciente como en vida y para toda la eternidad. 
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