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DOMINGO 2 DE FEBRERO DEL 2003 / EDICION No. 22990 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Cosas veredes Sancho amigo
Doña Carmen Toruño, una vida entre mitos y leyendas

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.Tendría unos treinta y pico de años cuando comenzó a escribir “sus cosas”, que por ahora ha dejado en paz porque está dedicada a su autobiografía. “Si uno ha tenido una existencia dichosa, sabiendo criar a los hijos, vale la pena dejar a las nuevas generaciones ese espejo de vida para que pueda servir de guía en la conducta de otros”.

Doña Carmen muestra su último proyecto, la granja de iguanas y garrobos que tiene en el patio de su casa.

 

Mario Fulvio Espinosa
opinión@laprensa.com.ni

“Cuando era niña me subía a un árbol de tigüilote y mis hermanas y hermanos lo hacían en otros... Esas eran nuestras casas imaginarias... y entonces uno visitaba la casa del otro y platicábamos: ‘Doña Carmela, aquí viene doña Pascuala a visitarla. Ah, sí doña Pascuala, pase usted adelante, tanto tiempo sin vernos, siéntese y dígame cómo se siente. Pues yo bien y usted. Pues fíjese que tengo un dolor de callos y muchos flatos, pero, ya fue donde doña Casimira, dicen que cocinó mondongo...’ Y se armaba la gran platicadera encaramados en aquellos palos”.

Acariciando las palabras con deleite, doña Catalina del Carmen Toruño López viuda de García —la querida Carmen Toruño de los leoneses— cuenta las aventuras de su edad de oro. Han pasado casi ochenta años, pero estas lejanías son las que más persisten en su mente porque... “Tuve una infancia muy feliz en medio de las limitaciones propias del campo donde nací”.

“Figúrese que mi papá sembraba unos grandes trigales en una finquita allá al lado de Posoltega y entonces nos mandaban a espantar los pájaros aporreando unas latas. Andábamos unos por un lado y otros por el otro lado tocando, y cuando nos encontrábamos tocábamos con más fuerza y nos poníamos a bailar… ¡Era divertido, viera usted!

“Yo nunca tuve una muñeca en mi niñez. Hasta ahora las tengo y juego con ellas. Mis amigas de infancia fueron Zoila Alemán, Esmeralda Rodríguez, Edipcia, Isolina, éramos vecinas y muchachitas juguetonas”.

Doña Carmen cumplirá 85 años el próximo 13 de febrero, nació en Posoltega y ahora es una dama que inspira veneración y cariño. Algo bajita de estatura, gordita sin ser obesa, tez blanca, cabello cano, boca grande y ojos grises. Es la creadora y fundadora del Museo de Mitos y Leyendas que funciona frente a la Iglesia de la Asunción en el Barrio El Laborío de León.

Hija de don José Santos Toruño Baldizón y de doña Marcelina López, pequeños hacendados campesinos ya fenecidos, heredó de ellos valores cívicos y cristianos que han dirigido su vida y que propone a las nuevas generaciones como método para hallar paz y felicidad.

“En aquel tiempo nos alumbrábamos con candiles y al atardecer se reunía la familia a platicar. Muchas veces se tocaba el tema de las leyendas, recuerdo que algunos vecinos llegaban a escuchar aquellas conversaciones encantadoras de los viejitos que quedaron grabadas en mi computadora mental. También desde muy niña me encantaba arreglar la Purísima, cantar alabanzas a la Virgen, entonar boleros románticos, por eso aprendí a tocar guitarra. Mi espíritu ha sido alegre, así he sido siempre”.

UN MATRIMONIO QUE ARREGLÓ DIOS

“Éramos seis hermanos, la primera se llama Elena, se casó con Felipe Martínez y el próximo agosto cumplirá 100 años; le sigue Rosa que tiene 98, José Dolores se murió, y dos hermanas más, Mercedes que falleció en junio pasado y Guadalupe que está aquí conmigo y va a cumplir 90 años. Yo le sigo a Guadalupe, yo fui el broche de oro, la última”.

Un capítulo crucial en la vida de doña Carmen fue su matrimonio con don Manuel García que ya goza de la paz del Señor, pero que la mira con cariño desde una gran fotografía color sepia que ella nos muestra con respetuoso orgullo.

“Mis padres eran muy católicos y eran personas ejemplares porque nunca mi papá ultrajó a mi mamá, sino que llevaron una vida conyugal preciosa, nosotros nos criamos en ese ambiente, un ambiente tranquilo de respeto y amor. Eso marcó mi vida de soltera.

— ¿Su matrimonio fue un derroche de felicidad?

— Al principio hubo muchas dificultades, mis padres no querían concederme permiso para casarme, pasamos cinco años en esa lucha. Yo era una muchacha muy recatada, tenía unos valores muy profundos, muy salidos de mí que me ayudaban a conducirme.

Pero Manuel se paró duro, figúrese que él llegaba con otras personas como padrinos, a convencer a mi papá, y éste le decía: ‘No, no. No sos de mi gusto y no te puedo resolver nada’.

Por otra parte yo era una muchacha que no me dejaba ni besar ni que me tocaran ¡No! Porque yo decía, si este hombre no se casa conmigo cómo voy a quedar yo, va a ir hablando una porción de cosas... Mi esposo disfrutó de mí hasta que nos casamos.

En ese teje estuvimos cinco años, a veces cuando yo venía a León nos mirábamos a solas, pero en ningún momento ni en ningún lugar me faltó al respeto. En 25 años que íbamos a tener de casados nunca se echó un trago, nunca me dijo ni siquiera ‘sos tonta’, me respetó y siempre me dio mi lugar.

Mis costumbres eran muy cristianas y eso lo dejo estampado en este libro de memorias que estoy escribiendo, porque digo yo: ‘Tal vez alguien las lee en este tiempo en que hasta en la calle los jóvenes hacen espectáculos inmorales’. Tal vez, digo yo, mis memorias inspiren al respeto mutuo entre las parejas.

— ¿Cuál es el secreto para ser feliz en el matrimonio?

— Lo primordial en la vida es acogerse a Dios y a la Virgen, yo miré la mano de ambos en mi matrimonio, en primer lugar como mi papá estaba tan renuente recurrí a los padres dominicos de aquí de León. Ellos sabían el problema, ellos analizaron que Manuel era un hombre bueno y que mis padres estaban estorbando mi felicidad.

Una vez vino a León una hermana mía y el padre Justo Pastor, el superior de La Merced, le preguntó que cómo andaba mi futuro matrimonio. ‘Padre, le contestó, mi papá no quiere dar lugar’. ‘Pues no, dijo el cura, ustedes son los llamados a poner de acuerdo a su papá porque Carmen no está haciendo nada malo, pero si por la renuencia de ustedes ella toma otra actitud esa responsabilidad va sobre tu papá y sobre ustedes’. Así cambiaron las cosas. Yo digo que ahí intervino la mano del Señor.

UNA PIADOSA LUNA DE MIEL

“Pero ya al casarnos le dije a Manuel: ‘Mirá Manuel, con tantas dificultades que nos han tocado, por qué no le dedicamos siete días de nuestro matrimonio a Dios y a la Santísima Virgen’. ‘Pues sí’, me dijo él, así pues nos venimos para León, él pensaba que estábamos en una luna de miel y no era así, andábamos en una pura rezadera (se ríe con ganas con estos recuerdos).

“¿Qué le parece? Íbamos a La Merced a oír misa en la mañana, de ahí él me iba dejar donde mi tía, ahí tomábamos café y él se iba a trabajar, en la tarde me llegaba a hacer visita, después otro viaje a rezar el rosario y vuelta donde mi tía.

— ¿Y cuándo comenzó la luna de miel?

— La rezadera terminó a los siete días y ya nos fuimos a Posoltega a nuestro nido de amor. Mi matrimonio fue bello, pero las cosas buenas no dilatan porque él murió, si no ahí estuviéramos tranquilos.

Ya casados vivíamos en el pueblo donde la escuelita apenas llegaba a segundo grado, por esa razón me vi en la necesidad de trasladar a mi hijo primogénito a León donde unos familiares. Ya después de eso comprendí que debíamos trasladarnos todos si quería que mis hijos recibieran educación. Luchando con la vida logré comprar esta casita. Empezaba a vivir aquí cuando murió mi marido dejándome todos los hijos, la última estaba de ocho años.

— ¿Cuántos hijos salieron de su matrimonio?

— Figúrese que fueron diez preciosas criaturas. Tres murieron, los que tengo son siete. Mi primer hijo se llamaba Domingo, pero ya no vive. La segunda es Martha del Rosario, esa vive, es la segunda de mis hijos; la tercera, Marcelina del Carmen murió; la otra es Nicolasa Emperatriz, vive; la otra que murió era Paula Manuela, después de Paula Manuela llegó Bruno Víctor Manuel, después Vicenta del Carmen, Marco Antonio, Juana María y Delia Maria la última.

Ahora —le dije a mi esposo—, nos vamos a vivir a León para que nuestros hijos se eduquen, vamos a comprar una casita, y él me dice: ‘Fijáte que si compro la casa no vamos a tener para los muebles’. No te preocupes por los muebles, nos sentamos sobre unos cajones y punto, lo que vale es la casa. Total, compramos la casa, unos muebles sencillos y vivimos tranquilos.

— ¿Y las leyendas, cómo iban avanzando?

— Yo sólo estudié primero y segundo grado porque era lo único que había en Posoltega. Nada más que los ponían bien rígidos, las clases eran mañana y tarde, y uno lo poquito que aprendía era bastante.

Pero empecé a escribir, a veces mis leyendas se detuvieron porque comencé a tener hijos, después de mi primer hijo vino el otro y venían unos tras otros, figúrese que mis diez hijos los tuve en un lapso de quince años.

— ¿Cómo transcurrió el matrimonio?

— Para mí fue alegre, yo pasaba entretenida con todo mi muchachero, pero Manuel murió y yo quedé haciendo de padre y madre, pero yo le dije al Señor: Gracias Señor que en virtud de haberme llevado te llevaste a Manuel, porque yo no voy a abandonar a mis hijos y lo que quiero decirte es que no me abandones, siempre llévame de tu mano.

Yo no me quedé llorando a Manuel, yo lo dejé gozar tranquilo de su paz y me fui a trabajar. Pusimos una cafetería en el viejo Hospital San Vicente, eso fue con una prima mía, la Olguita Velásquez. Después ella me dijo: ‘Si vos ya podés quedarte sola, quedáte con la cafetería para que a vos te queden las ganancias’. Está bien, le dije, pero las monjas que eran Hermanas de La Caridad no tuvieron ninguna caridad conmigo porque al poco tiempo me quitaron el puesto.

Dios no desampara a nadie, me llaman de la Clínica San José para que fuese ecónoma, me voy, ahí trabajé por cierto tiempo. Salí de ahí porque al procurar el bienestar de los pacientes y la honradez en el manejo de los bienes de la clínica, caí mal a las enfermeras que buscaron perjudicarme en todas formas. Pero yo nunca me senté a llorar, puse un gallinal con cuatrocientas gallinas aquí en mi casa, ya a estas horas salía con un bidón de huevos, pero en todo eso estaba la mano del Señor.

Así pude formar a mis hijos. Los dos varones que tengo son ingenieros, una secretaria, una enfermera, una farmacéutica, una sicóloga y una odontóloga, todos mis hijos son profesionales.

— ¿Cómo nace la idea de formar el Museo de Mitos y Leyendas?

— Cuando murió mi esposo me dije: ‘Y ahora que soy libre... ¿qué voy a hacer?’ Se me ocurrió la idea de hacer la Gigantona, 16 años anduve con la Gigantona, de ahí se me vino la idea de las leyendas. Una vez hicimos un mini-carnaval y yo hice un Padre sin Cabeza, una Chancha Bruja y El Diablo, organicé un grupo voluntario y salimos a la calle. Un día vino una doctora de Guatemala y me dice: ‘Pero doña Carmen, aquí usted bien puede hacer su museo’.

Ella me impulsó bastante, de ahí empecé. Un día pasó un viejito y le digo: ‘Venga don Julio, ¿qué sabe usted de las leyendas?’ Dijo: ‘de lo único que yo se es del Viejo del Monte, a mí me salió a la edad de doce años y ocurrió así, vi un venadito que se fue metiendo al monte y yo detrás del animalito, entré al monte cuando de repente veo frente a mi un viejo alto, tosco, con el pelo blanco la gran barba blanca y unos bigotes blancos, y me llamaba que me fuera para donde él, entonces yo me corrí mentando a las tres divinas personas y con el pelo parado del susto’.

Todas esas cosas que me contaban yo también las escribía y así fui avanzando en mi proyecto hasta que se fundó el museo. Todo lo fortalecida con ese gran amor que tengo a la cultura y al arte.

— ¿Cómo llegó el museo a ese lugar?

— Yo lo tenía ahí al otro lado, en la otra pieza, pero ahí era muy chiquito. A veces venían grupos grandes de estudiantes y teníamos que meterlos de quince en quince, y yo luchando con el alcalde que me consiguiera un lugar. Hasta que por fin cedió el local.

Ese fue un avance, estuve un tiempo trabajando en él, pero ahora con esto que me siento lumba la cabeza tengo que buscar quien me ayude, ya no puedo salir sola a la calle. Me fui donde el alcalde y al de la Cultura y les dije que tenían que hacerse cargo del museo o buscar a quién dárselo, entonces ellos aceptaron hacerse cargo y ahora son los responsables.

¿CUÁNDO CASARSE?

A qué edad conviene que los jóvenes se casen, le preguntamos, a doña Carmen Toruño

Pues yo diría —responde— que de veinte años para allá es justo. El hombre sería bueno que se case a los 28 o treinta años, porque por lo menos a esa edad ya ha madurando y puede ser un buen marido. La mujer se puede casar de los 18 a los 25 años. Ya ve, yo me casé de 25 años, fui feliz y tuve diez hijos.

LAS 180 IGUANITAS

Después de haber fundado el Museo de Mitos y Leyendas de Nicaragua, doña Carmen Toruño se ha dado a la tarea de criar iguanas. En el patio de su casa tiene la granja de reptiles. “Ahora tengo 180 iguanitas cariñosas que quiero se reproduzcan para vender, comer, regalar y todo lo que se pueda”.  
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