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SáBADO 1 DE FEBRERO DEL 2003 / EDICION No. 22989 / ACTUALIZADA 03:30 am
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El laberinto del problema Irak

El Consejo de Seguridad de la ONU, en su sesión del lunes pasado no rechazó ni autorizó la invasión a Irak. Esa ambigüedad la confirmó Hans Blix, presidente de la comisión de expertos, quien durante 75 días investigó con 108 técnicos en 700 lugares distintos de Irak. El diplomático sueco dijo en lenguaje sibilino, que “no encontramos evidencia de las armas prohibidas, biológicas o atómicas. Sin embargo, no descartamos que existan”. Y agregó que “obtuvimos cooperación del Gobierno de Bagdad; no obstante aquélla fue pasiva”.

A pesar de eso Blix denunció tres fallas del dictador iraquí: a) omitió incluir en el voluminoso informe que rindió a la ONU, las ojivas vacías que encontraron los investigadores; b) rehusó (el Gobierno de Irak) autorizar vuelos del U2; y c), prohibió que los científicos iraquíes fuesen entrevistados por expertos de la misión de Naciones Unidas.

Más enfático fue Mohamed El Barady, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, al afirmar en la mencionada reunión del Consejo de Seguridad que presentaría dentro de poco “evidencia de que Irak no tiene un programa letal nuclear, ni biológico”. Quizás por ese estilo inconcluso del reporte de los inspectores éstos recibieron orden de permanecer en Irak para seguir averiguando, aunque la fecha sería fijada a puertas cerradas.

Pero ese proceder no convence a cuatro potencias mundiales: Francia, Alemania, Rusia y China, que tienen grandes intereses en Oriente Medio. Para éstas se requiere evidencia incontrastable que justifique una operación militar contra Irak de gran envergadura, y esa reticencia es compartida por Chile y México, entre otros países. Esto recuerda cuando Adlai Stevenson presentó, en octubre de 1962, en el Consejo de Seguridad de la ONU, durante la crisis de los cohetes en el Caribe, aquellas fotos contundentes de las rampas en construcción en Cuba, desde donde los cohetes con cabeza atómica dispararían contra territorio norteamericano. Aquellas pruebas obligaron al entonces premier soviético, Nikita Jruschov, a desmantelar las ojivas sin consultar con Fidel Castro. Pero nada parecido a aquello se presentó como testimonio este 27 de enero en la sede de las Naciones Unidas.

A ese respecto difiere el enfoque del presidente George W. Bush. No debemos jugar al “cero escondido” con un reiterado mentiroso como es Hussein, sino obligarlo a demostrar que aniquiló armas letales, que desmanteló la elaboración de toxinas, que no continúa enriqueciendo uranio para fabricar bombas atómicas, y que abrirá todos sus archivos. En una palabra, a Hussein le correspondería probar que cumplió la orden 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU.

La gente se pregunta, ¿por qué George Bush padre no se aseguró, al ganar la guerra del Golfo Pérsico en 1991, que tales exigencias fuesen acatadas? ¿Y será que ahora el hijo se siente obligado a rematar la tarea inconclusa que dejó su progenitor?

En otro escenario, en su discurso del martes de esta semana ante ambas cámaras de Estados Unidos, el planteamiento del presidente Bush sobre sus planes bélicos contra Irak no resultó tan celebrado como sus promesas de beneficios sociales para la población estadounidense. Bush fue enfático al prometer que “si Saddam Hussein no se desarma, los Estados Unidos con sus aliados lo harán para eliminar uno de los ejes del terrorismo globalizado.

Todo parece indicar que el gobierno norteamericano, apoyado por la oposición demócrata, irá hasta el fin en el objetivo de eliminar al régimen de Sadam Hussein, al que acusa de ocultar acciones criminales prohibidas por la ONU, de las cuales hasta ahora no se encontraron huellas. Se trataría entonces de justificar una “guerra preventiva”, a menos que el Secretario de Estado, Collin Powell, presente el 4 de febrero al Consejo de Seguridad hechos flagrantes que confirmen las suposiciones del presidente Bush.

Por cierto que la posición del presidente Bush en el escenario europeo mejoró notablemente después de su discurso del martes pasado, pues los líderes de 8 países de Europa (Blair, del Reino Unido; Aznar, de España; Durao Barroso, de Portugal; Berlusconi, de Italia; Medgyessy, de Hungría; Miller, de Polonia; Rasmusen, de Dinamarca; y Havel, de la República Checa) expresaron en una carta que publicó ayer LA PRENSA su virtual respaldo a la política de Washington en Irak.  
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