Los primeros mártires
En su sentido etimológico, Mártir viene de la palabra griega martus, que significa testigo. Con este sentido es con el que aparece por primera vez en la literatura cristiana; los apóstoles fueron “testigos” de todo lo que observaron en la vida pública de Cristo, así como de todo lo que aprendieron con su enseñanza, “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta lo último de la tierra” (Hech 1, 8).
San Pedro emplea el término con este significado en su alocución a los apóstoles y discípulos con motivo de la elección del suplente de Judas. El primero de los apóstoles habla en su primer discurso público de sí mismo y de sus compañeros como de “testigos” que vieron la resurrección de Cristo y posteriormente, tras la milagrosa evasión de los apóstoles de prisión, cuando los llevaron por segunda vez ante el tribunal, Pedro alude de nuevo a los doce como testigos de Cristo, Príncipe y Salvador de Israel que resucitó de entre los muertos; y añadió que ellos debían obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech 5, 29ss) al dar público testimonio de estos hechos, de los cuales ellos estaban seguros. También en su primera carta se refiere San Pedro a sí mismo como “testigo de los padecimientos de Cristo” (1Pe 5, 1).
Pero incluso en estos primeros ejemplos del uso de la palabra martus en la terminología del cristianismo ya es digno de atención un nuevo matiz en su acepción, además del significado aceptado para el término. Los discípulos de Cristo no eran testigos corrientes como los que prestaban declaración en un tribunal de justicia. Estos últimos no corrían ningún riesgo al atestiguar los hechos que habían observado, mientras que los testigos de Cristo se enfrentaban diariamente, desde el comienzo de su apostolado, con la posibilidad de sufrir graves castigos y aún la misma muerte. Así, San Esteban fue un testigo que selló su testimonio con su sangre a principios de la historia cristiana.
Las vocaciones de los apóstoles estuvieron siempre rodeadas de peligros del carácter más serio, hasta que todos ellos sufrieron finalmente la última pena por sus convicciones. De este modo, en vida de los apóstoles, el término martus llegó a usarse en el sentido de testigo al que se le puede exigir en cualquier ocasión que renuncie o reniegue de lo que ha testificado, bajo pena de muerte. A partir de esta fase fue natural la transición hacia el significado habitual del término, según se usa en la literatura cristiana desde entonces: un mártir, o testigo de Cristo, es una persona que, aunque no ha visto ni oído nunca al divino fundador de la Iglesia, está no obstante tan firmemente convencida de las verdades de la religión cristiana que sufre de buen grado la muerte antes que renegar de ella. San Juan emplea la palabra con este significado a finales del siglo primero; se habla de Antipas, un converso del paganismo, como de “mi testigo (martus), mi fiel (seguidor), que sufrió la muerte entre vosotros, donde habita el Adversario “ (Ap 2, 13). El mismo apóstol habla más adelante de “las almas de los que habían sido inmolados a causa de la palabra de Dios y a causa del testimonio (martyrian) [de Jesucristo] que mantenían “ (Ap 6, 9).
Aún así, tan sólo gradualmente, durante el transcurso de la primera época de la Iglesia, llegó a aplicarse la denominación de mártir exclusivamente a quienes habían muerto por la fe. Por ejemplo, los nietos de San Judas fueron considerados mártires tras su huida del peligro que arrostraron cuando fueron citados ante Domiciano (Euseb., “list. eccl”, III, xx, xxxii). Los célebres confesores de Lyón, que tan valientemente soportaron tremendos suplicios por sus creencias, fueron estimados como mártires por sus compañeros en la fe cristiana, pero ellos mismos declinaron este título como un derecho perteneciente sólo a quienes habían muerto de hecho: “Son ya mártires los que Cristo ha juzgado dignos de ser arrestados por su confesión, habiendo sellado su testimonio con su partida; nosotros solamente somos pobres y humildes confesores” (Euseb., op. cit., V, ii).
Por lo tanto, esta distinción entre mártires y confesores puede situarse hacia las postrimerías del siglo segundo: sólo fueron mártires aquellos que habían padecido la última pena, mientras que se dio el título de confesores a los cristianos que habían mostrado la buena voluntad de morir por su credo, soportando con valentía prisión o tortura, pero no fueron ejecutados.
Con todo, el calificativo de mártir aún se aplicó algunas veces durante el siglo tercero a personas todavía vivas, como por san Cipriano, por ejemplo, que dio el título de mártires a varios obispos, presbíteros y seglares condenados a trabajos forzados en las minas (Ep. 76). Tertuliano trata como martyres designati a los arrestados por ser cristianos y aún no condenados. En el siglo cuarto, San Gregorio Nacianceno se refiere a san Basilio como “un mártir”, pero es evidente que emplea el término en un sentido amplio, en el que la palabra todavía se aplica a veces a una persona que ha sufrido muchas y graves penalidades por la causa del cristianismo. La descripción de mártir dada por el historiador pagano Ammianus Marcellinus (XXII, xvii) muestra que a mediados del siglo cuarto el título se reservaba en todas partes para los que habían sufrido realmente la muerte por su fe. A los herejes y cismáticos ajusticiados como cristianos se les negó el título de mártires (san Cipriano, “De Unit.”, xiv; san Agustín, Ep. 173; Eusebio., “Hist. Eccl.”, V, xvi, xxi). San Cipriano formula con claridad el principio general de que “no puede ser un mártir quien no está en la Iglesia; no puede alcanzar el reino quien reniega de lo que reinará allá.” San Clemente de Alejandría desaprueba con firmeza (Strom., IV, iv) a algunos herejes que se entregaron a la justicia; ellos “se proscriben a sí mismos sin que sean mártires”.
Lo ortodoxo era no buscar el martirio. Sin embargo, Tertuliano aprueba la conducta de los cristianos de la provincia de Asia que se entregaron al gobernador Arrius Antoninus (Ad. Scap., v). También Eusebio relata con aprobación el incidente de tres cristianos de Cesarea, en Palestina, que se presentaron ellos mismos al juez en la persecución de Valeriano y fueron condenados a muerte (Hist. Eccl., VII, xii). Pero en general se consideraba imprudente, si bien las circunstancias podían excusar a veces tal proceder. San Gregorio Nacianceno recapitula en una sentencia la regla a seguir en casos semejantes: buscar la muerte es una pura temeridad, pero es cobarde renunciar a ella (Orat. xlii, 5, 6). El escarmiento de un cristiano de Esmirna llamado Quintus, que en tiempo de San Policarpo persuadió a varios de sus compañeros creyentes a manifestarse como cristianos, fue un aviso de lo que puede pasarle al demasiado ardoroso: Quintus apostató en el último momento, si bien sus acompañantes perseveraron.
La rotura de ídolos fue condenada en el Concilio de Elvira (306), el cual decretó, en su canon sexagésimo, que no sería inscrito como mártir un cristiano ajusticiado por un vandalismo de esa clase. En cambio Lactancio sólo censura levemente a un cristiano de Nicomedia que sufrió el martirio por derribar el edicto de persecución (Do mort. pers., xiii). San Cipriano autoriza en un caso a buscar el martirio. Escribiendo a sus presbíteros y diáconos respecto a los lapsi arrepentidos que pedían a gritos ser aceptados de nuevo en la comunión, el obispo, tras dar las instrucciones generales sobre el asunto, concluye diciendo que si estos impacientes personajes eran tan vehementes para regresar a la Iglesia había un modo de abrírsela. “La lucha va aún más allá”, dice, “y la contienda se emprende a diario. Si ellos (los lapsi) se arrepienten con sinceridad y lealtad de lo que han hecho, y prevalece el fervor de su fe, el que no pueda ser postergado debe ser premiado” (Ep. xiii).
SIN CIFRAS EXACTAS
En los 249 años que fueron desde la primera persecución de Nerón, en el año 64, hasta el 313, cuando el emperador Constantino adoptó el cristianismo como religión oficial, los cristianos sufrieron 129 años de persecuciones y martirios.
Pero aún en los años de “paz y tolerancia”, con frecuencia, por el odio irracional de algunos paganos, no pocos cristianos sufrían el martirio, como fue el caso de San Justino.
Fueron tantos los mártires de los primeros tiempos del cristianismo, que nunca fue posible hacer una estimación numérica de la cantidad de personas, hombres, mujeres e incluso niños de aquella época gloriosa pero terrible, que sacrificaron con júbilo sus bienes, sus libertades o sus vidas antes que renunciar a la fe
La Enciclopedia Católica, ACI-Prensa, Volumen I. 
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