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JUEVES 23 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22980 / ACTUALIZADA 2:30 am
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Itinerarios de la razón

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Alejandro Serrano Caldera

El 23 y el 25 de febrero de 1929, Edmond Husserl, filósofo alemán y uno de los genios del Siglo XX, dictaba sus cuatro conferencias sobre la “Introducción a la Fenomenología Trascendental” en el Anfiteatro Descartes de la Sorbona, a invitación del Instituto de Estudios Germánicos y la Sociedad Francesa de Filosofía.

Se trataba de explicar a partir de la filosofía de Descartes, la creación de la Fenomenología, presentada por Husserl no como una nueva escuela filosófica, sino como la filosofía, así, a secas, fundada sobre una base única e irrebatible, o como se diría en lenguaje rigurosamente filosófico, sobre un principio apodíctico, es decir, incondicionalmente cierto, necesariamente válido. El libro que recogió estas históricas conferencias se llama, Meditaciones Cartesianas, Introducción a la Fenomenología. (Méditations Cartésiennes, Introduction a la Phénomenologie)

Posteriormente, el 7 y el 10 de mayo de 1935, el mismo Husserl pronunció en la Asociación de Cultura de Viena dos conferencias tituladas, “La Filosofía en la Crisis de la Humanidad Europea”, recogidas después en su obra, La Filosofía como Ciencia Estricta. (Philosophie als strenge Wissenschaft).

En estas obras, y en otras, Husserl plantea que la filosofía es una ciencia y como tal dispone de un método científico, el método fenomenológico; que la filosofía, fundamento de todas las ciencias, debe basarse en un principio irrefutable; que ese principio se da cuando el sujeto entra en contacto con las cosas, es decir, en el acto mismo de conocer algo.

Supongamos que yo tomo conocimiento de algo, de un objeto o de un acontecimiento; a partir de ese hecho, se puede dudar si la idea que me formo de las cosas que percibo coincide con lo que ellas son en realidad, y se puede discutir si mi interpretación es cierta o no, pero no se puede dudar del acto por el cual, al intentar conocerlas, entro en contacto con ellas. Sobre ese acto indubitable debe fundarse la filosofía.

En aquella famosa sentencia de, “pienso, luego existo”, cuya traducción exacta del francés en que fue formulada y del latín en el que adquirió su expresión filosófica universal es, “pienso, luego soy”, Descartes inauguró una nueva filosofía.

En el Discurso del Método, Descartes estableció como verdad irrefutable que la duda, que se da en el pensamiento, es la primera verdad comprobada por la razón. Transformar esa duda en un método, en una duda metódica, significó la construcción de la nueva filosofía, para Descartes la verdadera filosofía con la que se inauguró la Era Moderna.

Pero Descartes agregó al descubrimiento del pensamiento y la duda como verdad primera y principio irrefutable de la filosofía, un componente ontológico, es decir, una teoría del ser, al afirmar que el pensamiento no es solamente esa verdad primera con la que nos encontramos al comenzar a filosofar, sino que es además, y sobre todo, la esencia del ser humano. Somos humanos porque somos seres pensantes, porque somos seres racionales.

Con ese planteo transformó el hecho irrefutable del acto de pensar, en una propuesta metafísica, al momento en que hizo depender el ser, o el existir, del pensamiento; y de esa manera, la filosofía de Descartes da media vuelta y regresa en más de dos mil años, a la idea de sustancia de Aristóteles y de toda la filosofía aristotélica posterior que dominó el pensamiento mundial, desde el siglo IV AC., pasando por el siglo XIII en que lo adoptó el Cristianismo con Santo Tomás de Aquino, hasta el siglo XVIII en que se produce la revolución cartesiana a la que nos estamos refiriendo.

Husserl y toda la fenomenología posterior hasta llegar a la filosofía de Zubiri, nos proponen superar la tentación de Descartes y de los griegos de tratar de encontrar la esencia del ser y de las cosas en la razón o en lo que sea, y centrar toda nuestra atención en el momento en que el ser humano entra en contacto con el mundo. Esa es la verdad primaria y única sobre la que debe construirse todo el edificio de la filosofía.

A partir de estos debates sobre la razón universal yo he tratado de presentar en forma un tanto dispersa pero constante a lo largo de todo mi trabajo, la idea que a mi juicio debe regir el pensamiento filosófico de nuestro tiempo.

La filosofía no debe ser sólo un ejercicio de la razón; debe ser eso y más que eso. No debe considerar a las ideas como un universo separado de la realidad; el no haber considerado las cosas de esa manera ha causado mucho daño tanto a la vida práctica como a la filosofía y ha hecho de los filósofos una especie de secta de iniciados que vive fuera de este mundo.

La filosofía más que una profesión es una actitud ante la vida y se puede y se debe filosofar desde cada ciencia, desde cada disciplina del conocimiento y, sobre todo, desde la propia existencia humana. Como decía Kant, más que enseñar (o aprender) filosofía, se enseña (o se aprende) a filosofar.

Las ideas no habitan en un cielo ahistórico, son fruto de la historia, son la historia misma, pues la razón es una forma de la realidad. Por eso mismo, hay que completar la sentencia de Descartes, pues en realidad no es solamente que yo existo porque pienso, sino que pienso porque existo.

El autor es filósofo, miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  
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