Cuerpo sano, mente sana
Ernesto González Valdés egonzav@uam.edu.ni
Cuando suena el despertador, aún algo oscuro, con el hábito de años (quién madruga, Dios lo ayuda) de alistarme para el trabajo, donde es necesario revisar una vez más las clases preparadas el fin de semana, una lecturita más para aprenderme bien “el guión” de los contenidos que me tocan impartir en el día, y mientras leo me acompaña una taza de café —ella es la que realmente me levanta definitivamente de la cama— junto a Solphie (mi doberman) que en señal de cariño, se acuesta al lado del mueble de la computadora o buró de estudio.
El resto también resulta tradicional, las niñas al baño, posteriormente mi esposa, y luego yo, el desayuno y tras los últimos retoques de dejar las cosas “amarradas” (entiéndase organización familiar del día: ¿a qué hora regresan las niñas de la escuela, mi esposa de su trabajo y yo del mío?, ¿qué quedó pendiente del fin de semana, algo por comprar?, etc.) Repartideras de besos de despedida (muá, muá) y al trabajo.
Pensando —de las cosas pendientes, priorizadas— que quedaron por ver de la semana anterior una vez que arribe al centro de estudio, cuando voy subiendo la loma del Militar —hacia el sur— (le llamo así, un poco para que el lector se ubique, me refiero al Hospital Militar) en el viaje, ya desde los semáforos de la Plaza Inter o del Interplaza, puede observarse una serie de personas, solitarios o solitarias, en parejas, hasta tríos, que en diversas indumentarias se trasladan (corren, caminan apurados, otros como si fuese un simple paseo) en función de tener una excelente preparación física.
Resulta interesante —los invito— ver el esfuerzo que hacen muchos de ellos y ellas dada la heterogeneidad de los cuerpos de estas personas “mañaneras”. Unas con figuras esbeltas, que a veces cuando las miro, casi me dan ganas de darle un silbidito, en pantalones cortos ajustados, camisetas cortas (o chingas) que muestran el hoyito que quedó donde antes hubo un cordón umbilical, en fin la belleza en vivo de la mujer nicaragüense; pero qué decir de esos (y esas) algos pasaditos de peso, que suben, casi en contra de la gravedad, tratando de alcanzar la cima del Everest (perdón, del portón del Militar) y que ya a la altura del Hotel Intercontinental o de El Cartel, la lengua, ese músculo que ayuda a empujar el bolo alimenticio hacia el esófago, le llega casi a al mentón de la barbilla.
De estos últimos (los y las pasaditos (as) de peso ¿o de masa? puede encontrar toda una colección, camisetas por fuera, que más bien parecen camisones o batas de dormir, tratando de ocultar la “pancita” que quieren bajarla a como de lugar, y para colmo unos van con su pichinga de agua, pero otros hasta con un sorbete en la mano (¡!!????%%%%!!!) Qué decir de aquéllos o aquéllas, que llevan a su perro para que los acompañe, donde el pobre can, que no tiene derecho a opinar, su lengua, ya a la altura del restaurante de comida china, prácticamente se la pisa, donde mira a su amo o ama y tal vez piense ¡yo no soy quien debe bajar algunas libras, sos vos!
Y para culminar, ya frente al propio portón del hospital —la meta final— un señor, no recuerdo si con rasgos asiáticos, pero sí envuelto en todo un kimono, hasta con su pelo un poco largo recogido en una “cola de caballo” sentado con sus piernas cruzadas, con sus manos moviéndolas con un cierto acento ¿oriental? Yoga.
Supongo que todas estas personas, una vez que regresen a sus casas, tras un duchazo, y casi en carrera llegando a tiempo a su trabajo, serán muchos más eficientes en su jornada laboral, eliminadas las toxinas, cuerpo sano = mente sana. 
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