Rubén Darío: Puente hacia el siglo XXI
 |
|
 | La valoración de lo propio hace de Darío el símbolo por excelencia del mestizaje,
llamado a ser el gran fenómeno antropológico y cultural del siglo actual. |
|
|
| |
Carlos Tünnermann Bernheim*
¿Cuáles son las características en la sociedad de este inicio de siglo que Rubén vislumbró? ¿Cuáles son las tendencias literarias actuales que ya se anuncian en la obra dariana, y cuáles las complejidades del sujeto postmoderno que Darío nos descubre, a partir de su propia experiencia vital?
Si el fenómeno de la globalización es hoy día el más dominante en las relaciones entre las naciones, Darío fue un abanderado del cosmopolitismo, que para él estaba indisolublemente ligado a la modernidad. Pero el cosmopolitismo dariano no se limita a la incorporación de América Latina a la cultura europea, símbolo entonces de la modernidad, sino a su inmersión en una cultura realmente universal, que rechaza las tendencias provincianistas tanto hispanoamericanas como españolas.
Pero esta apertura hacia lo universal, y he aquí la lección perdurable de Darío que debería iluminar nuestra incorporación en los complejos procesos de globalización y de mercados abiertos, jamás debe hacerse a expensas de nuestra identidad y de nuestros valores. Rubén concilia su prédica del cosmopolitismo con la necesidad de afirmarnos en nuestra propia cultura y, desde ella, abrirnos a la cultura universal, única manera de no ser arrasados por las culturas de los centros hegemónicos promovidas por los medios masivos transnacionales de comunicación.
La valoración de lo propio hace de Darío el símbolo por excelencia del mestizaje, llamado a ser el gran fenómeno antropológico y cultural del siglo XXI. Como lo ha señalado el maestro Edgardo Buitrago, Rubén se convirtió a sí mismo en el fruto más significativo y diferenciado del mestizaje; en la expresión más pura y más original del “nuevo hombre” hispanoamericano.
Darío, pues, fue consciente de la necesidad de integrarnos al sistema mundial, pero con equipaje; es decir, desde nuestra identidad mestiza y arraigados en el limo de nuestra propia cultura. Darío se dejó influenciar por la literatura francesa pero conservó siempre su honda raíz hispanoamericana. “Toda una naturaleza tropical y todo un pasado indio se despertaron en la lengua de Cervantes y de Góngora cuando la voz del nicaragüense Rubén Darío, en esta lengua soberbia, se puso a cantar, nos dice Jean Cassou.
El crítico checo Lumir Cvirny, desde otra perspectiva, sostiene, que: “Darío aparece hoy como el que abriera a todo el mundo la puerta tras la que es posible ver el enorme y dramático movimiento de la poesía moderna en todas las naciones de América Latina. Pero decir eso sobre Rubén Darío es poco: hay que agregar que él mismo es parte, valor activo de ese enorme proceso”.
“Es pasmoso, agrega Salomón de la Selva, al releer a Darío, atestiguar hasta qué punto estaba despierto su intelecto a las preocupaciones universales, a las inquietudes sociales, políticas y económicas, viéndolo y previéndolo todo con extraordinario acierto. Y era un mundo perplejo ante los problemas filosóficos más hondos. Los problemas éticos, principalmente, le preocuparon toda su vida, de lo que hay testimonio desde Anagké, en su primer libro formal —en que formula ese problema sorprendentemente al igual que William Blake en la poesía sobre el Tigre— hasta Los Motivos del Lobo en sus postrimerías”.
Y en lo referente a su propio país, Nicaragua, José Coronel Urtecho nos dice: “La más alta manifestación de la universalidad nicaragüense es, por supuesto, Rubén Darío. Él es el paradigma de nuestra universalidad en su más pura forma. El hecho sobrepasa, desde luego, los límites nacionales de lo nicaragüense —porque Rubén no es sólo un gran poeta de Nicaragua, sino, además, de cualquier otro de los países de lengua española, empezando por España— pero, precisamente, es esto lo que le da su carácter de símbolo de la universalidad nicaragüense”. “El no fue únicamente el gran poeta de su tiempo en nuestra lengua, sino, además, el único eslabón de la poesía del pasado con la del futuro”.
La crítica Iris Zavala resume el estremecimiento de alteridad que significó para Darío la conciencia de pertenecer al continente hispanoamericano: “Darío renueva la prosa castellana, como renueva la poesía, en un sincretismo y “mestizaje” cultural, que incorpora, con su propia lógica, elementos propios y elementos europeos (no sólo franceses), que concilia. Sus preocupaciones esenciales están alejadas de frívolas aventuras o de líneas de fuga: la existencia humana, la vida, la muerte, el amor, el erotismo, el sueño, la libertad, la pesadilla, el despertar. Su punto de intersección es, no sólo la renovación técnica del lenguaje, sino su movilización al servicio de una realidad modificada y distinta”.
Pese a su rico ropaje formal, que para algunos pudiera esconder una superficialidad anímica, la verdad es que los críticos reconocen que su musicalidad verbal y el virtuosismo de su técnica no nos impiden oír los latidos de su corazón, especialmente cuando desnuda su alma y nos revela sus angustias y pesadumbres, como en sus célebres “Nocturnos” y en “Lo fatal”, poemas en los que se pueden palpar sus más íntimas vivencias e inquietudes, que hoy pesan sobre el alma del hombre postmoderno. Dice Allen W. Phillips, que pese a los halagos formales del verso dariano, Darío siempre tendió hacia la eternidad, “poetizando el misterio de la vida y la muerte en versos tensos y estremecidos”. “Rubén Darío es de ayer, por supuesto, argumenta Jaime Torres Bodet. Y nunca lo disimula. Pero, como todo poeta genuino, es también de hoy. Y lo será de siempre. Han envejecido sus atavíos; no la humanidad que adornaban tales ropajes”.
No hay metro, experimento poético, (verso librismo, prosaísmo, exteriorismo, etc.), innovación en prosa, tendencia literaria contemporánea, que no encuentre un precedente valioso en la obra dariana, inclusive el intertexto, tan presente hoy día en la nueva literatura latinoamericana, recurso que culmina en la obra de los más grandes autores de nuestro tiempo (Borges, Cortázar, Neruda, Paz y García Márquez), como lo demostró nuestro crítico Iván Uriarte en su ensayo “El intertexto como principio constructivo en los cuentos de “Azul...”, obra calificada por Uriarte como “el vivero inicial de las corrientes, tendencias y procedimientos de la nueva narrativa latinoamericana”.
Anderson Imbert afirma que “la versificación española se había reducido, durante siglos, a unos pocos tipos. De pronto, con Rubén Darío se convirtió en orquesta sinfónica. Dio vida a todos los metros y estrofas del pasado, aún a los que sólo ocasionalmente se habían cultivado, haciéndolos sonar a veces con imprevistos cambios de acento; y además inventó un lenguaje rítmico de infinitas sorpresas, sin salir de la versificación regular. No sólo desarrolló todas las posibilidades musicales de la palabra, sino que para cada estado de ánimo usó el instrumento adecuado. Leyéndolo uno educa el oído; al educarlo, más planos sonoros aparecen en el recitado. Por su técnica verbal Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia literaria en un “antes” y un “después”. Pero no sólo fue un maestro del ritmo. Con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte”.
Sin duda, Darío es hoy día un clásico de la literatura hispanoamericana y universal. “Yo he calificado al gran nicaragüense de poeta clásico y mantengo esta calificación, nos enseña Arturo Torres Ríoseco. Y agrega, “veo en su caso una experiencia parecida a la de Lope de Vega, que deslumbrado por el genio de Góngora le imitó a veces para luego volver a su genial sencillez. Así Darío imitó a poetas brillantes, inferiores a él, y volvió después a su candidez, a su sinceridad, a su clara interpretación del mundo, a su forma sencilla y perfecta”.
Es esa dimensión humana la que confiere más perennidad a la poesía de Darío, y la carga vital, según Guiseppe Bellini, que a la poesía española la ha conducido a la realización de un nuevo Siglo de Oro. “Es precisamente la presencia constante del hombre en el artista que, como en el caso de Neruda, da a la poesía de Rubén Darío una vitalidad y una hondura que la salvan del desgaste del tiempo y del cambio de las modas literarias, haciendo de ella algo que repercute hondamente en la sensibilidad del lector”.
Darío estaba plenamente consciente de la crítica que suscitaba, y suscitaría, su obra renovadora. En una ocasión afirmó: “Tanto en Europa como en América se me ha atacado con singular y hermoso encarnizamiento. Con el montón de piedras que me han arrojado pudiera construirme una rompeolas que retardase en lo posible la inevitable ola del olvido”.
La ola del olvido no podrá jamás superar esa rompeolas, que más bien se agiganta día a día, cuando las mentes más lúcidas de la crítica contemporánea externan juicios, como el del gran filósofo español Julián Marías: “La forma concreta de influencia de Rubén Darío fue la de la innovación —hay otras—; desde entonces, todos —salvo Unamuno, y ni siquiera esta excepción es absoluta— van a navegar bajo ese pabellón azul. Dicho con otras palabras, es Rubén quien fija el nivel en la poesía española”.
Y no sólo dio su nivel a la poesía española, sino también inauguró en ella la tensión dominante en la poesía moderna, como lo reconoce Saúl Yurkievich: “Rasgos arcaicos, proyección mítica, misticismo y ocultismo coexisten en contraste con la actualidad tecnológica, con la exaltación del mundo contemporáneo, con un lúcido autoanálisis que revela la ampliación de la conciencia posible propia de nuestra época”... agudezas intelectuales en relación con el horizonte de conocimientos contemporáneo conviven con la embriaguez rapsódica, con un enajenamiento orgiástico; la sencillez y el candor expresivos alternan con complejidades y artificios; la claridad y la precisión se yuxtaponen con una propensión al oscurecimiento, al enrarecimiento, a la incongruencia y el caos”.
Concluyo haciendo que el propio Darío juzgue su obra, tal como lo hace en los párrafos finales de las “Memorias póstumas de un Rey de la Poesía”, de Ian Gibson: “Creo fervientemente, por otro lado, que con mi poesía ayudé a mucha gente a vivir más intensa, más libre, más creativamente. Y con más sinceridad. “Crear, crear y que bufe el eunuco”, pregonaba. Y siempre insistí en que cada uno tenía que buscar dentro su propio camino, sin, por supuesto, cometer la torpeza de querer imitarme a mí”... “Traté siempre de ser sincero, de decir con valentía mi verdad de hombre y de poeta”.
Un testimonio tan humano no lo podrá derrumbar el tiempo.
Managua, enero del 2003.
*Crítico y escritor. 
|