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Darío: ¿Anticristo de la América Central?

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Günther Schmigalle, y Jorge Eduardo Arellano en Madrid.

 

GËnther Schmigalle*

Cartas desconocidas de Rubén Darío.

Composición general: José Jirón Terán.

Cronología: Julio Valle Castillo.

Introducción selección y notas:

Jorge Eduardo Arellano. Managua:


Academia Nicaragüense de la Lengua 2000. 431 páginas.

Cartas desconocidas de Rubén Darío (1882-1916), libro del investigador nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, es un aporte sustancial al epistolario dariano que continúa y supera las compilaciones anteriores hechas por Ventura García Calderón, Alberto Ghiraldo, Edelberto Torres, Willy Pinto Gamboa, Pedro Pablo Zegers y otros. Arellano reúne 250 piezas epistolares, algunas completamente inéditas, otras que vieron la luz en publicaciones hoy dispersas y difícilmente accesibles, otras presentes en forma fragmentaria en las biografías del poeta. Las cartas seleccionadas entre un millar de piezas disponibles, abarcan desde 1882, cuando Darío tenía 15 años, hasta 1916, el año de su muerte a la edad de 49.

Arellano las ha transcrito con exactitud filológica, hecho no tan trivial como pudiera parecer si recordamos las libertades que se han permitido algunos compiladores anteriores y especialmente el muy poético Alberto Ghiraldo; y ha elaborado para cada carta un comentario acucioso, donde describe la fuente y filiación del documento epistolar, identifica al destinatario y a los personajes y hechos aludidos en el texto, reconstruye el contexto de la carta y a veces la interpreta. Estos comentarios en muchos casos más extensos que las cartas mismas, resultan una ayuda inapreciable para su lectura, comprensión y valoración.

El interés principal de este epistolario es biográfico. La vida de Darío se refleja en ellas; desde la adolescencia hasta la muerte. Hay seis cartas de su primer período centroamericano (1882-1886), veintiuna del período chileno (1886-1889), diez del segundo período centroamericano (1889-1893), treinta y tres del período argentino (1893-1898), y ciento ochenta de la etapa europea y cosmopolita (1899-1916. A partir de 1906, cada año aparece documentado con relativa abundancia, mientras que en los años anteriores a esta fecha, sólo una mínima parte de las cartas escritas por Darío parece haber sobrevivido: dos corresponden a todo el año 1901, por ejemplo. Como faltan tantas cartas de Darío, y no se pudieron incluir las de los destinatarios, y no hay una biografía completa y actualizada, estas cartas desconocidas se leen, en gran parte como una colección de fragmentos simbolistas, llenas de alusiones y de referencias a lo que fuera para Darío su vida cotidiana o íntima, pero que para nosotros es hoy un “más allá” desconocido y misterioso que se puede entrever o adivinar por momentos, pero después se sustrae otra vez. Es un libro, pues, que, a pesar de su carácter documental, estimula fuertemente la imaginación.

El Darío que surge de estas páginas es un personaje que alcanzó fama mundial a los veintiún años, pero que en toda su vida no logró tener una base económica sólida, ni un verdadero hogar ni la felicidad familiar que anhelaba. A pesar de su timidez, cuando se trataba de realizar su vocación poética e intelectual tenía una gran facilidad para relacionarse con un sinnúmero de personalidades de todo el mundo hispanohablante; desde sus amigos y compañeros de juventud o de madurez hasta los poetas, literatos y sabios, presidentes, ministros y embajadores de América Latina y España. Hay una carta dirigida a un poeta inglés y otra a un catedrático norteamericano; pero, curiosamente, si nos acordamos de la gran identificación de Darío con la cultura francesa, los chers maitres faltan completamente. El elemento femenino está representado escasamente por unas pocas cartas a su madre, a Rosario Murillo, a Francisca Sánchez y a Delmira Agustini; Darío tenía sus “musas de carne y hueso”, pero nunca tuvo una musa espiritual. Las cartas reflejan el genio lingüístico del poeta, quien, con pocas palabras, logra expresar todos los matices imaginables de la cortesía, del aprecio, del afecto, de la amistad, del amor fraternal o conyugal, de la nostalgia, de la pasión, de la angustia, de la depresión, de la desesperación, y hasta del humor cuando escribe al humorista colombiano Luis Carlos López.

El drama íntimo de Darío se ha discutido hasta el hastío, y hubo un tiempo en que los partidarios de Rafaela Contreras, Rosario Murillo y Francisca Sánchez se querellaban amargamente. Parece que esto se ha calmado un poco. Arellano mantiene una digna distancia con estos pleitos infructuosos, y subraya discretamente algunas frases donde el poeta busca en sí mismo las causas de su tragedia interior; “Yo he sido viejo desde la adolescencia” (p. 9), “yo soy viudo mil veces” (p. 212), etcétera. Sin embargo, no se puede negar que de las cartas mismas se desprende una visión muy positiva de Rosario Murillo. Todavía cuando Darío le escribe después del famoso matrimonio forzado, le habla con verdadero afecto y cariño. Parece que, en última instancia, fue su constante inseguridad económica la que le impidió llegar a convivir con ella. Darío sabía muy bien que no le podía brindar una vida digna.

Son muchos los detalles que provocan la reflexión tanto en las cartas mismas como en su comentario. Está, por ejemplo, la visión que Darío tenía de Francia. Su desilusión con el “dulce país” se había agravado durante toda la primera década del siglo. En enero de 1905, motivado por darse, asumiendo casi el tono de un Max Nordau: “¿Existe la patología de las naciones? [...] ¡Francia está loca!” (La Nación, 5 de febrero de 1905). En una carta a Federico Gamboa, en 1911, la llama “esta sociedad, que se está pudriendo, bien que bellamente, pero pudriendo”, Gómez Carillo: yo quería ... para unirme a la falange de los que como usted, como Rodó, como García Calderón, trabajan por hacer comprender a nuestra gente que si Francia se hunde nos hundimos nosotros también, y que si queremos ser ... debemos ante todo desear el triunfo de los aliados (p. 400) quizás, si tuviera 25 años menos, Darío, que sabía manejar bien su revólver y su Máuser, se habría integrado a algún cuerpo de voluntarios, para combatir contra los bárbaros alemanes u austríacos.

Otro detalle se refiere a Friedrich Nietzsche, el “raro” excluido de Los raros. Me estaba acordando, hace poco, de lo que Darío escribe en España contemporánea: “El Anticristo nació en este siglo en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia humana, o súper-humana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio al doctor de la Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los sexos y las voluntades; consiguió un ejército de inteligencias, y se cumplió por él más de una profecía. Pero el Anticristo alemán está en el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez”. Y me llamó vivamente la atención que Darío, según el testimonio de su médico Diego Carbonell, citado por Arellano en el comentario a la carta No. 217, declaró y explicó en una conversación que tuvo con él: “Yo soy el Anticristo de la América Central”. (p. 365). Fórmula profundamente interesante que permite vislumbrar sufrimiento al sentirse como un precursor de tiempos futuros, desterrado en el presente, rechazado e incomprendido no sólo en su país (¿cuál era su país?), sino en su mundo y en su época.

* Escritor y crítico alemán.  
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