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DOMINGO 12 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22969 / ACTUALIZADA 06:38 am
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A Pedro lo conocí en la cárcel

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Róger Mendieta

Y siempre fue el termómetro de su propio valor. No tenía rostro de Pan Dulce, como cierto amigo nuestro compañero de Partido, ni tenía porqué tenerlo. Para fortuna o infortunio de Pedro, su corazón y su alma de luchador, fue estimulada desde principios del Siglo XIX por los demonios de la libertad en el contexto del conflicto armado y la política, por un terrible antecesor suyo llamado Frutos Chamorro.

Nicaragua siempre ha tenido tiempo para llorar —como llama a esta instancia de dolor el Eclesiastés— y muy a nuestro dolor todavía sigue llorando.

Conocí al verdadero Pedro en las cárceles de La Aviación, después de los sangrientos sucesos de abril de 1954, y cinco años después en la frustrada aventura guerrillera de Olama y Mollejones, acompañándole hasta el final de la aventura, siendo acusado por la Corte de Investigación Militar con el mismo cargo y por el mismo “delito”, según la óptica jurídica del dictador.

Pedro estaba en la celda No. 9 junto a Francisco Frixione, Emilio Álvarez, Gonzalo Ruiz, Rafael Gutiérrez, Emilio Stadthagen y otros compañeros en la aventura revolucionaria. En la celda No.10 estábamos: Manolo Cuadra, Manuel Pérez Estrada, un famoso ex presidiario de Alcatraz —se daba color él mismo a quien le habíamos puesto el mote de Comandante, que parecía haber sido metido a nuestra celda para aterrorizarnos— y yo. Debido a la fecha de Navidad otros habían salido en el trayecto del día.

Después de pasar algunos meses gritándonos de una a otra celda para establecer algún contacto, vernos pasar, o encontrarnos, por merced del cabo Francisco Salguera, o el sacro permiso del sargento a quien llamábamos Cara de Chancho, por el notorio esfuerzo de prototipo de malo empurrado, que ensayaba frente a nosotros. A lo mejor estaba entrenado para hacer muecas o para ser malo. La Aviación tiene numerosas historias de crímenes políticos.

Tenía un mes de haber venido de El Salvador. A los 24 años comenzaba a escribir. Había trabajado como redactor en El Diario de Hoy, y en el Diario Latino, escribí uno que otro reportaje semanal sobre cualquier cosa. Prendido por esta inquietud y por ser Pedro un escritor, durante los regalos de sol que nos hacía Cara de Chancho, observaba a Pedro. No tenía sosiego. Caminaba de uno a otro sitio, aunque el espacio fuera pequeño. Siempre estaba haciendo comentarios, tejiendo planes e imaginando supuestos. Era un tipo grande, un gigante inquieto que carecía de condiciones anímicas para tolerar la cárcel.

El 24 de diciembre de 1954, Pedro nos hizo llegar —a través del cabo de celda— una tarjeta de Navidad que entregaré a su viuda doña Violeta, en ocasión del Aniversario XXV del asesinato de Pedro. La conservo desde hace 48 años como tesoro, porque fue escrita por Pedro, y en ella es como si Pedro hablara desde el dolor sangriento del recuerdo de los cafetales de Diriamba, hasta las pestilentes y siempre movedizas cárceles de La Aviación, en las que a Chico Frixione trasladado a la celda No. 12, pusieron un muerto desnudo enfrente, pasó tres días inflándose, medio cubierto con páginas de periódicos.

Hablar de Pedro como idealista, como político, como hombre de agallas, como escritor y como hombre de fe, como hombre de familia, requiere mucho tiempo. A Pedro lo conocí en las duras...

El autor es ex presidente del Partido Conservador.  
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