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DOMINGO 12 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22969 / ACTUALIZADA 06:38 am
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El pensamiento de Serrano Caldera

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Jorge Eduardo Arellano

Alguna vez, aunque fuera incidentalmente, se realizó en un país centroamericano el sueño de Platón: una república gobernada por un filósofo. Fue el caso de don Abelardo Bonilla (1898-1969), vicepresidente de Costa Rica que ocupó la presidencia de su país mientras duraba en San José el Segundo Congreso Extraordinario Interamericano de Filosofía (julio de 1961), el cual también le tocó presidir. Así, con esa alevosa anécdota, inicio estas líneas afirmando que tal hecho no se podría dar en Nicaragua por múltiples razones. O, mejor aún, que es una utopía irrealizable, no obstante haber gestado una personalidad similar para protagonizarla.

Estoy hablando de Alejandro Serrano Caldera (Masaya, 1938), a quien el mundo de la reflexión y la teoría le apasionó desde joven; y el debate y la oratoria —dentro del ámbito estudiantil en la UNAN de León— disciplinaron su mente. Una mente que ha configurado toda una obra de carácter filosófico, pero que no tiene interlocutores en nuestro medio, caracterizado por una penuria de ideas. Apenas varios colegas extranjeros con algunos catedráticos locales le dedicaron la valoración múltiple Una nueva filosofía de la conciencia y la libertad (1993). Su discípulo Pablo Kraudy consagró una monografía —aún inédita— a su pensamiento político y el doctor Andrés Pérez Baltodano, cuasidesarraigado en Canadá, un libro enjundioso: El derecho a la esperanza (1999).

De este mismo año data la aproximación más totalizadora de Alejandro, elaborada por la argentina Fernanda Beigel, docente de la Historia de las Ideas y la Sociología Latinoamericana que lo ha rastreado y retratado como lo que siempre ha sido: un intelectual militante. Pese a sus emulaciones del Profesor Astromarx y a sus oficiosos sermones laicos, la praxis de Alejandro —recuerda la Beigel— ha estado ligada a la militancia política y al ejercicio de la función pública. No se olvide que su biografía intelectual se vincula a instituciones nacionales e internacionales: la UNAN (donde antes de competir para Rector en 1973 había propuesto y trabajado la unidad obrero-estudiantil) y la OIT (por su especialización en Derecho del Trabajo) fueron las primeras. Durante esa etapa, se hizo eco del dependentismo marxista en boga, como lo revela su primer libro Subdesarrollo, dependencia y universidad (1971); igualmente, acotó sus notas al margen de la lectura de Hegel y Marx, articulando las nociones de dialéctica y enajenación respectivamente, en su Introducción al pensamiento dialéctico (1976) y en Dialéctica y enajenación (1979).

Sus servicios en el proyecto revolucionario como Embajador en Francia y ante la UNESCO primero y Presidente de la Corte Suprema de Justicia a continuación le permitieron releer a Marx y reformular su vigencia. Lástima que su libro La experiencia de Carlos Marx (1993) no haya trascendido como merecía ni fuera asimilado por la endiosada dirigencia, como lo observa Pérez Baltodano. En esa obra —afirma Beigel— “aplicó su filo crítico a combatir la adopción pasiva de modelos obsoletos del marxismo-leninismo que se difundía desde la URSS”. También “arremetió lúcidamente contra el esquema teórico dual que dividía nuestras sociedades en infraestructura/superestructura y replanteó el análisis desde la propia realidad nicaragüense”. (Pág. 19) Todo dentro de un espacio de poder sin escenario ni interlocutores efectivos.

Por su lado la presidencia de la Corte Suprema de Justicia revitalizó su vena de jurista al escribir El Derecho en la Revolución (1986), en donde legitimó el conflictivo proceso de transición a un nuevo Estado de Derecho, como lo exigía el transformador proceso socio-político que se estaba viviendo y/o padeciendo. Al final de los ochenta, su representatividad diplomática en la ONU lo condujo a la necesidad de historizar el fenómeno sandinista en el contexto de América Latina y de ubicar la lucha nicaragüense en el marco de la contradicción imperio-nación, ante la perspectiva de ir pensando en un proyecto nacional de desarrollo. Tal fue el contenido de su obra Entre la Nación y el Imperio (1988).

Fueron la derrota electoral del sandinismo y la inmediata aplicación indiscriminada del modelo neoliberal los dos hechos que, a principios de los noventa, determinaron un vuelco en su pensamiento. “Volvió a soldar su armadura hegeliana y embistió contra las ideologías que tanto invocaban a Hegel para firmar el acta de defunción de la historia y la época moderna” —observa Fernanda Beigel—. De esa reflexión surgieron los libros, ambos de 1991: El fin de la Historia: Reaparición del mito y La Utopía posible. En los siguientes, pese a su importancia central, Los dilemas de la democracia y La unidad en la diversidad —ambos, a su vez de 1993— perdió organicidad, limitándose a enunciar postulados generales, sin desarrollarlos en términos de reestructurar una teoría original.

Sin embargo, algunos capítulos revelan la madurez de su pensamiento político que entonces, aterrizando como siempre en la práctica, propició en la UNAN-Managua durante su época de Rector: la “Nicaragua posible”. Todo un proyecto nacional inscrito en la concertación que requería de un foro amplio de discusión, abierto a los distintos sectores sociales; proceso que oficialmente impulsaba la administración Chamorro (1990-96). Ello, en última instancia, le inspiró encabezar la Alianza UNIDAD, coordinada por él mismo como alternativa al modelo neoliberal en vigencia, desde su candidatura a la Presidencia de la República que no tuvo ni pena ni gloria. En esa línea, al eliminar conceptualmente la política en América Latina, partió de una dicotomía ya advertida por grandes pensadores: el país legal y el país real que remiten, según Octavio Paz, a dos universos separados y contrapuestos. O, en palabras de Carlos Fuentes, a “la separación esquizoide del derecho y la práctica” (Tiempo mexicano, 1961: 27). Así surgía un divorcio entre la práctica y el discurso, reduciéndose éste a encubrir. Y especifica el nicaragüense: “En el fondo permanece como precipitado de nuestro actuar la idea de que es la fuerza, la verdad de la historia, su razón de ser”. Esta idea de un desajuste estructural se halla esbozada en los ensayos de Alejandro (“Política”, Pág.) 51).

Más atención le ha otorgado a otra idea: la falta de conciencia de la legalidad o institucionalidad. Nadie, ni gobernantes ni gobernados —escribió en el Boletín de Filosofía de la Universidad Católica Blas Cañas de Chile— ha creído en el principio de la legalidad o, en el mejor de los casos, lo ha manipulado “para dar apariencia a las decisiones y acciones de facto” (Pág.). 50). Otros temas han sido tratados por él con más dominio: la pertinencia y alcance de una filosofía latinoamericana, aunque no creo que comparta la “desoccidentalización” de la misma; el carácter de respuesta a la fragmentación típicamente post-moderna y la incesante búsqueda alternativa frente al inevitable huracán homogenizante de la globalización.

Por último, he observado en sus últimas obras —Del tiempo y sus metáforas (1996), Todo tiempo futuro fue mejor (1998) y Voces, imágenes y recuerdos (2000)— una sana tendencia a la literaturización. Lo que no está mal porque confirman al legítimo ensayista que se reconoce en Alejandro, es decir, un pensador que es, al mismo tiempo, escritor. No un simple comentarista o expositor de ideas. Pero lo repito: desgraciadamente, carece de interlocutores en Nicaragua e incluso de verdaderos espacios, salvo que se consideren como tales el segmento televisivo de análisis coyuntural, el restringido y esporádico seminario en cierta universidad “hugonota” o la página de opinión de este diario. Por eso ha tenido mayores proyecciones en el extranjero, convirtiéndose en un académico internacionalista que, desde sus perspectivas disciplinarias, ha abordado en forma crítica los problemas socio-culturales del subcontinente.

El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  
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