Desde Washington
Empujando el cambio en Cuba desde adentro
Marcela Sánchez washingtonpost.com
Después de recibir un “inexplicable” permiso para salir de Cuba, el líder disidente cubano Oswaldo Payá llegó a Washington esta semana. Tras su viaje por Europa llegó empeñado en seguir difundiendo su mensaje sobre las dificultades de vivir en una isla donde no se necesita estar preso para sentirse en prisión.
Fue recibido nada menos que por el Secretario de Estado Colin L. Powell. Un golazo de la oposición a Castro, dirían muchos. Pero incluso antes de que pusiera un pie en el Departamento de Estado, su Proyecto Varela que recoge firmas a favor de una transición pacífica y democrática en la isla, había sido censurado desde el conocido baluarte de la diplomacia cubana — la Pequeña Habana de Miami.
Varias organizaciones cubano americanas pusieron en duda el valor de la reunión de Payá al asegurar durante el fin de semana que el Proyecto Varela no conduce a una transición democrática genuina y apoyarlo puede socavar el trabajo de otros grupos democráticos.
No todos en la Pequeña Habana coinciden con esa visión, pero el mensaje pareció guardar el mismo tono crítico a la administración Bush que emitieron esta semana tradicionales voces del liderazgo cubano americano en esta capital. En varias entrevistas lamentaron la falta de una política clara de la Casa Blanca hacia el hemisferio —incluida Cuba— claro está.
EL COLMO
Gran parte de Latinoamérica mira el comienzo del tercer año de la administración Bush con desilusión. Pero que los mexicanos o los argentinos se quejen de negligencia por parte de la Casa Blanca no es extraño — que lo hagan los cubanoamericanos ya es el colmo.
Al fin de cuentas fue Bush quien en sus primeros meses de gobierno demostró su gratitud, particularmente con la comunidad cubana del sur de la Florida, por su aporte a la victoria. Convirtió a Mel R. Martínez en el primer cubano americano en ocupar un cargo ministerial y seleccionó a otro, Otto J. Reich, para dirigir la política exterior hacia el hemisferio occidental. Ignoró críticas de que estaba pagando deudas políticas dejando las carteras que tienen que ver con Latinoamérica en manos del exilio cubano.
La riña verbal de los últimos días fue una señal más de que la política de Estados Unidos hacia Cuba se distancia cada vez más de la Pequeña Habana. También fue prueba de que intereses económicos internos, especialmente de sectores agrícolas en búsqueda del mercado cubano, se oponen a que continúe el embargo comercial a Cuba.
Pero también fue señal de que líderes de la comunidad que alguna vez se pensó tenían una amplia influencia sobre la Casa Blanca están expresando más abiertamente insatisfacción con Bush, incluso ahora que está embarcado en una campaña internacional contra el terrorismo.
Cuba no sólo es el único país del hemisferio en la lista de países que auspician terrorismo, dicen, sino que además tiene cierta capacidad de producir armas biológicas, mantiene actividades de espionaje en Estados Unidos y ofrece refugio a terroristas. ¿No justifica eso una política más agresiva contra el régimen de Castro?
Sin embargo, la administración Bush no ha sido probablemente más dura con Cuba que sus predecesores. Y el nombramiento de Reich, que terminó siendo temporal debido a la oposición del Congreso, ha concluido. Su futuro en la administración ha sido incierto, su renominación improbable, por decir lo menos.
“DESAMERICANIZACIÓN”
En respuesta a las críticas por su reunión con Payá, un vocero del Departamento de Estado afirmó que el encuentro fue una oportunidad única de conocer los esfuerzos de un muy conocido luchador por la libertad cubana al tiempo, y agregó que Cuba ahora cuenta con “una constelación” de dichos activistas que merecen reconocimiento.
Otro funcionario admitió que la comunidad cubano americana espera más de Bush. Pero insistió en que Bush sigue comprometido en mantener las fuertes restricciones del embargo aunque coincidió con Payá en que la solución en Cuba debe “desamericanizarse”. Ni el embargo, ni el aumento de turistas, inversionistas, o el comercio serán factores de cambios, dijo Payá, mientras los cubanos continúen viviendo atemorizados y excluidos.
Mas de 40 años debieran ser suficientes para demostrar que una política de mano dura de Washington contra Castro no ha conducido a los cambios democráticos que tantos esperan. Por eso algunos aquí sospechan que la verdadera intención de la comunidad cubano americana y su énfasis en la amenaza terrorista de Castro, es solo una táctica para asegurar que esa misma política no se suavice en un momento en que más voces, especialmente en el Congreso, claman por hacerlo.
El verdadero problema en este caso puede ser de expectativas, de aquellos que tienden a esperar más de lo que Washington puede dar. A veces la realidad más difícil de aceptar, no solo para la comunidad cubano americana sino para las de otros países latinoamericanos en crisis, es reconocer que los verdaderos cambios solo vendrán de adentro, de iniciativas como las de Payá, por muy modestas que parezcan. 
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