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SáBADO 11 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22968 / ACTUALIZADA 02:30 am
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En memoria de Ricardo Espinosa Robleto

En su Misa de despedida
(Junio 27, 1931 - Diciembre 21, 2002)
“Nuestro “Viejo” era dueño del corazón más democrático que conozco


Conocí al Dr. Ricardo Espinosa hace 18 años y, al igual que todos los aquí presentes, descubrí en él a un gran amigo y una fuente inagotagble de buen humor, sabiduría y consejos oportunos. Desde el primer momnento se hizo evidente su inmenso amor al prójimo y su sincera generosidad.

Don Ricardo fue un hombre integral que, como pocos, logró vivir su vida a plenitud. Él fue estudiante en varios centros educativos de Nicaragua y los Estados Unidos; bachiller, Cadete de la Academia Militar de Augusta, en el Estado de Virginia; estudiante de Ingeniería Agrónoma en la Universidad Estatal de Maryland, agricultor, ganadero, comerciante, estudiante universitario en la Facultad de Derecho de la Universidad Centroamericana (UCA).

Y en su edad madura, mereciendo el sobrenombre que le impusieron sus compañeros de clase y por el cual se le conoció con cariño desde entonces: “El Viejo”. Fue un prominente abogado, político, conspirador en causas justas, guerrillero en la gesta de Olama y Mollejones, prisionero político, exiliado, diplomático, pensador, idealista, poeta, eterno estudioso de la vida, del Universo y sus misterios. Hombre que vivió en paz con su conciencia, que siempre durmió tranquilo pues nunca hizo mal a nadie.

“El Viejo” nunca creyó en amistades a medias. Sus amigos no permanecían en el umbral de la puerta ni en la antesala, pues él siempre los llevó a penetrar en lo más profundo de la sencilla y cálida morada que fue su vida.

Viejito:
Recuerdo cómo me levantaba la moral compartir un rato alegre contigo en las mañanas cuando trabajabas en la Embajada de Nicaragua en Washington. Oía tus risas alegres desde el primer peldaño de las escaleras. Una taza de café, un cigarrillo, tus pícaros chistes y ocurrencias eran la medicina acertada para disipar las brumas glaciales de las preocupaciones.

En tu casa, donde me acogiste como uno más de los tuyos, pasábamos horas conversando de lo que fuera, siempre con tu optimismo y tu alegría contagiosa. Recuerdo que me enseñaste que en la esencia del ser humano están gravadas la bondad y la buena voluntad, pero que hay que hacer siempre un esfuerzo por encontrarlas, pues se esconden bajo capas de superficialidad, vanidad y egoísmo.

Y es que no hay muchos hombres como “El Viejo”. Amigo te todos, sin discriminación. Indiscriminante. Amigo de Rómulo, amigo de “El Sapo”, amigo de “El Cojo”, amigo de los buseros, taxistas, de los comerciantes del pueblo, profesionales de toda índole, amigo de diplomáticos, doctores y presidentes. Todos por igual, pues nuestro “Viejo” ¡era dueño del corazón más democrático que conozco!

Don Ricardo dio su inagotable amor a todos, a su familia (mis tesoros, decía), para Nicaragua, la tierra que lo vio nacer, para su gente, para su Boaco del alma, el que siempre añoró y cuyas calles recorría en sus recuerdos todos los días, cuadra por cuadra. ¡Cómo deseaba ver sus colinas cubiertas con el fino manto de las brumas mañaneras, saboreando su taza de café acompañada de un plato de quesito fresco! ¡Ahora “Viejito” puedes hacerlo cuando quieras!

Estamos todos tristes por la partida del “Viejito” (mi Pituchín, diría su hija Charito). Pero nos reconforta saber que lo vimos partir con su dignidad íntegra. Nunca lo oímos quejarse de los estragos de su enfermedad. Cuando le preguntábamos: ¿Cóomo seguís “Viejito”? Él respondíia con una sonrisa: “¡Aquí! con el mismo modito”.

“Viejito”, sos nuestro estóico luchador que al final del camino aceptaste dejarte llevar por la mano del Señor a esa nueva vida donde te serán satisfechas tus mil y una inquietudes.

¡Adiós “Viejito”! Mejor dicho: ¡Hasta luego! Resérvanos un sitio en tu mesa. ¡La mesa de la eterna alegría!

Edmundo Tünnermann,
Arquitecto
Washington, D.C.
Diciembre 28, 2002  
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