Mis días con café
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Lo mejor al despertar, es recibir el aroma del café que inunda la casa mientras cae a borbollones en la cafetera.
Es el día que comienza con el silencio de las seis de la mañana. Es la vida que despierta una vez más, la alegría de estar todavía en este mundo, el cerebro que nos recuerda quiénes somos, nuestros sentidos que nos llevan de la mano hacia el baño para recibir el agua fría, el deleite diario de salir ya con el rostro compuesto y con las ganas de ver la taza servida.
No sé cuándo ni cómo inició mi vicio por el café, pero sé que fue desde muy pequeño, aunque siempre ha quedado como anécdota la vez que me dieron café en cuchara a los tres meses de nacido.
Tal vez es un asunto genético, mis padres, chontaleños de sangre, no tuvieron biberón, sino una taza de café caliente, tortilla, queso y crema como bienvenida al mundo.
Lo mejor en los días de la niñez, era disfrutar de un café con rodajas de pan y mantequilla. Al mojarlos era una delicia de sabor en la boca y además, quedaban nadando en el líquido, transparentes discos de grasa que le cambiaban el aspecto y gusto.
Fue como a los veinte que reparé en este hábito, cuando ya me bebía tres tazas al día y después, con el asunto del estrés, una excusa de los tiempos modernos, se sumaron dos más. Algunos años, lo siento mucho, opté por comprar café extranjero, sí, por ese torpe pensamiento que lo mejor viene del exterior, pero para ironías, fue en Japón que comprendí el error.
Al principio, por necesidad e ignorancia, consumí café en esas máquinas mágicas que sirven hasta perros calientes. Tenía un sabor a cucaracha, aunque nunca me he comido una, pero sí, se los puedo asegurar, a cucaracha y siempre terminaba con el humor agrio por soportar las inclemencias de una cultura diferente.
Otras veces, en Ginza pagaba hasta quince dólares por una taza de café de la que solamente se obtenían tres tragos medianos. Era una locura. Pero la verdad, estaba buscando, probando encontrar el sabor nicaragüense en esa cultura de tempura, té e ideogramas extraños.
En un mercado de Tokyo, en Shibuya, para mi sorpresa, encontré en una tienda de café, el de Nicaragua entre los diez mejores del mundo. Qué desgracia, yo probando basura de máquinas insensibles cuando nuestro café era reconocido como uno de los mejores.
Desde ese entonces, hace cinco años, hice la promesa, que todavía la mantengo, de solamente consumir el café nacional y lo mejor, el de grano que tiene el sabor especial de las fincas nicaragüenses.
No quiero que cambien de idea, total, para gustos, hasta los de las máquinas de Japón, pero a mí me dejan con el nacional, acompañado con rodajas de pan y mantequilla. 
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