Espacio gerencial
Lo emocional en el cambio
José Leñero G.*
The hearth of change, es el título de un excelente libro 2002, del conocido autor John Kotter, con Don S. Cohen, consultor de Deloitte & Touche, en el que tratan el tema que frustra a muchos gerentes que ponen toda su esperanza en procesos de cambio profundo en sus empresas, para terminar comprobando que el “aquí siempre se ha hecho así”, vuelve a reinar en ella, a pesar de sus esfuerzos invertidos en el intento de implementación de nuevos sistemas.
Los autores señalan que antes de abordar esos procesos, es necesario que en la alta dirección haya mucha seguridad de lo que se quiere hacer y que ella no provenga sólo de análisis racionales de su conveniencia, sino que sus fundamentos incluyan elementos emotivos.
Esta afirmación proviene del descubrimiento bien demostrado por la Inteligencia Emocional, que los sectores racional y emocional del cerebro toman conocimiento de los estímulos que surgen del entorno por vías diferentes, que los procesan en sectores diferentes y que llegan a conclusiones diferentes.
Mientras el proceso de la información en el sector racional del cerebro entrega un análisis de que es lo bueno y positivo de la información, con sus correspondientes porqués, el sector emocional entrega como conclusión acciones sin ninguna explicación, ya sea para aprovechar los aspectos que califica de positivos y convenientes, o de defensa de aquéllos que considera amenazantes o negativos.
Este es un conocimiento que para mí tuvo un impacto que cambió mi forma de manejar la información que recibo del entorno. En efecto, por años y hasta hace poco, fui ferviente admirador de lo racional y un convencido de que si podía argumentar con escrupulosa lógica lo que era conveniente para la persona con la que estaba compartiendo, ésta no podría dejar de aceptarlo y tomar las medidas que se desprendían de ese análisis ¡Pero pueden imaginar la cantidad de veces que quedé desilusionado porque ese resultado no se dio!
Un día, ofreciendo un seminario para la OMS/OPS en Washington, uno de los médicos asistentes me trajo en un papelito escrito en una máquina antigua y en un pequeño pedazo de papel, una frase que me dijo pertenecía a Sully Proudhomme, el filósofo del siglo XIX. El papel decía: “Ni toda la fundamentación científica, ni toda la rigurosidad lógica, pueden sobrepasar a los intereses ni a los caprichos de la gente”.
Esto, que me cambió mi manera de pensar y de actuar en esos aspectos, no se debió tanto a su “fundamentación científica ni a su rigurosidad lógica”, sino a que me hizo sentir avergonzado del tremendo error que estaba cometiendo con mi orgullo por la argumentación inteligente.
No siempre hay oportunidad de reflexionar sobre esto, pero es frecuente que califiquemos con los peores epítetos a los que no comparten nuestros puntos de vista, ni menos si los hemos “demostrado inteligentemente”.
* Consultor Internacional 
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