El magisterio de Pedro Joaquín
Guillermo Rothschuh Villanueva*
En un mundo tan cambiante, en donde los sacudimientos operados estremecen las bases mismas del quehacer periodístico, uno está obligado a preguntarse, veinticinco años después, ¿cuántas de las enseñanzas recibidas por el maestro, continúan hoy teniendo vigencia? Me formulo esta pregunta porque su respuesta sirve para explicarme la actualidad u obsolescencia de las lecciones recibidas de parte de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, durante mi estancia en el seno de LA PRENSA, diario al que ingresé formalmente en diciembre de 1972, atendiendo la invitación expresa que me hiciera de ingresar como miembro de número de esa familia periodística. Si tomo como punto de partida la lucha contra la corrupción emprendida por el gobierno de Enrique Bolaños, concluyo que el contexto a partir del cual Pedro Joaquín Chamorro, confrontó a la dinastía somocista sigue siendo el mismo: evitar que la función pública continúe siendo entendida como una actividad lucrativa personal. Ese río revuelto en donde los límites entre lo propio y lo que pertenece al Estado continúa todavía sin deslindar. La lucha contra la corrupción hace que el magisterio de Pedro Joaquín alcance su máxima actualidad. Esta fue una obsesión de su vida. Los cierres, los acosos, las censuras, las carceleadas, el destierro y el asesinato mismo sufrido por el director-mártir del diario LA PRENSA, tienen su origen y una clara explicación en la denuncia permanente que hizo del latrocinio, la corruptela y los desmanes políticos cometidos a diario por la familia dinástica. La lucha por la libertad de expresión en Nicaragua, tiene en Pedro Joaquín Chamorro Cardenal a su más alto puntal.
Las circunstancias históricas en que le correspondió desenvolverse quedaron impresas en el tipo de periodismo que practicó Pedro Joaquín Chamorro. El confrontamiento abierto contra la dinastía somocista lo indujo a practicar un periodismo abiertamente militante y partidario. No había un distanciamiento crítico entre Pedro el periodista y Pedro el político. En aquel momento no podía ser de otra manera. LA PRENSA había nacido, crecido y desarrollado como parte de un proyecto político de naturaleza conservadora. A esto debemos sumar que el somocismo jamás fue permeable a la crítica. No tuvo reparos en atropellar a los distintos medios de comunicación cualquiera que fuese su signo político. La Flecha de Hernán Robleto y La Noticia de Juan Ramón Avilés, ambos medios de carácter liberal, tampoco escaparon a los asedios y embestidas de la dinastía somocista. Sin embargo, Pedro Joaquín logró hacer del periodismo un ejercicio cotidiano en el que tendrían cabida, voz y voto, todas aquellas personas e instituciones que sufrían las embestidas de los poderosos. Con su práctica alzó las banderas de la libertad y en un proceso de decantación política abrió poco a poco espacio a otras expresiones partidarias más allá del liberalismo somocista y el conservatismo chamorrista. Vencidas las aprehensiones atávicas, en LA PRENSA acogieron los reclamos planteados por los militantes del Partido Socialista Nicaragüense y el propio Pedro Joaquín escribió editoriales a favor de la lucha obrera emprendida por el célebre dirigente sindical Domingo Sánchez Salgado, mejor conocido por todos nosotros como “Chagüitillo”. Esta apertura pluralista lo llevó a concebir la posibilidad de una alianza política con la Tendencia Tercerista del FSLN. Eran otros tiempos. Pedro Joaquín creía en la necesidad de unificar todas aquellas fuerzas políticas, gremiales y empresariales que apostaban por el derrocamiento inmediato del somocismo. Estaba persuadido que ni vestigios debían quedar del sistema que había tejido la dictadura a lo largo de cuatro décadas y media.
Visto a través de la luz de los reflectores del presente, el magisterio de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, tiene una permanente actualidad. En un nuevo milenio en donde el mercado todo lo absorbe y todo lo puede, conviene tener en cuenta que Pedro Joaquín Chamorro, consideró prudente y necesario mantener siempre separadas la política de la gestión mercantil. Ésta fue una de sus mejores enseñanzas. Durante uno de los viajes a Juigalpa, para fortalecer las estructuras de la Unión Democrática de Liberación (UDEL), tuve la dicha de acompañarle. Con Pedro Joaquín viajaban Rafael Córdoba Rivas y Edmundo Jarquín Calderón. Al finalizar la tarde, en la finca Oluma, de Israel Ugarte Balladares, donde se hospedaron, Pedro me expresó que Ramiro Sacasa Guerrero, fundador del Movimiento Liberal Constitucionalista (1969), era un hombre políticamente confiable. Su explicación fue llana y sencilla. A Ramiro, me dijo, los negocios no le obsesionan y los empresarios no lo seducen. La política, en el ideario de Pedro Joaquín, no debía ser contaminada por el reinado del empresariado. Una actitud consecuente. Para un hombre como él, que luchaba a campo abierto para lograr que en Nicaragua no continuara dándose el maridaje Estado-botín, tampoco cabía la más remota posibilidad de que negocio y política caminaran de la mano. Sabía perfectamente bien que en la historia de Nicaragua, quienes aspiraban al poder, no dejaban de verlo como el más grande negocio. El somocismo era la expresión condensada de esa persistencia anacrónica. La separación ética debía ser radical. La crítica severa que formula a sus familiares granadinos es la de participar en política con el único afán de ver qué tajada sacan. ¡Todavía continúan haciéndolo! En esto Pedro Joaquín siempre se mostró intransigente. ¡Cuánta razón tenía! Lean su Diario Político y saquen ustedes sus propias conclusiones.
Pude haber aprendido más de Pedro Joaquín. Hijo de mi época, durante los primeros años me mostré prejuiciado y reticente a sus enseñanzas. Aspirante a ganarme un cupo en la izquierda política todo cuando Pedro me decía quedaba atrapado en las redes de la desconfianza. En la medida en que fui creciendo comencé a liberarme de las ataduras de la intolerancia y de los prejuicios. Sus primeras observaciones en el campo periodístico las pasé por alto. Ni dudar que era un tonto. ¿Qué interés podría tener un hombre como Pedro Joaquín en un pichorcha como yo, que no fuese otra que la de ayudarle a crecer y desarrollarse profesionalmente? En el “Gordo” Guevara siempre encontré el eco de sus críticas. Ante la imposibilidad de escribir corto, el “Gordo” Guevara, desde los talleres de LA PRENSA, riéndose a carcajadas me preguntaba obsequioso, ¿cuántas galeras vas escribir ahora Guillermitó? Con relación a los artículos de opinión, logramos forzar un acuerdo. Cuando él disentía sobre algunas de mis afirmaciones, negociábamos. Este acuerdo posibilitó la publicación de algunos de mis artículos. Uno que recuerdo por sus implicaciones con la política nacional y su vinculación con el sandinismo se llamaba La planificación familiar o la técnica del exterminio. En ese trabajo formulaba un elogio a los chinos. Pedro Joaquín retuvo el artículo y me dijo que esas afirmaciones le parecían exageradas. Suprimí lo de los chinos, pero quedó intacta una larga cita que hacía sobre la Jornada Heroica de Pancasán, celebrada en el Recinto Universitario Rubén Darío, por los estudiantes universitarios en la UNAN-Managua. Esa mención me mereció el reconocimiento de don Daniel Ortega Cerda, quien después del terremoto que destruyó Managua, se trasladó con doña Lidia Saavedra a vivir a Juigalpa y con quien siempre que podía hablaba sobre política nacional.
Mi ascenso a la dirección y creación de la Secretaría de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) en 1974, lo consulté con Pedro Joaquín. Me dijo que el cargo encajaba con mis preocupaciones profesionales. Podemos hacer grandes cosas por el bien de Nicaragua, agregó. Vista en la distancia, creo que mi mejor contribución fue propiciar primero el descongelamiento de las relaciones de la UCA con LA PRENSA y posteriormente un acercamiento positivo entre el Rector Magnífico de la UCA, padre Arturo Dibar, S.J. y el director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro. Sería brindar una visión parcializada y obviar mi condición de Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA, si no revelo ahora el doble cargo que ejercitaba. En LA PRENSA trabajaba como periodista y en la UCA además de profesor era su vocero. Eso que entonces se miraba normal, debería desterrarse para siempre como práctica del periodismo nacional. Tal vez éste sea uno de los cambios radicales más importantes ocurridos entre la forma en que discurría el periodismo en los años gloriosos en que lo ejercitaba Pedro Joaquín Chamorro y la manera en que se practica en distintas partes del mundo desde inicios de la década de los noventa. Nadie duda que en la época actual todo periodista debe dedicarse por completo a su ejercicio profesional. El desempeño de cualquier otra actividad paralela, vinculada sobre todo con la política, como era lo común en nuestro pasado inmediato, por muy noble que parezca o por muy bien disfrazada que sea, constituye un flagrante conflicto de interés. ¡Lo demás es historia!
* El autor es Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA. guiller@ns.uca.edu.ni 
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