El ejemplo de PJCh
Adolfo Bonilla*
Aunque Pedro Joaquín Chamorro Cardenal aparece en casi todos los libros que he escrito (algunos aún inéditos), nunca he escrito una nota sobre él, a excepción de dos días después de su incalificable asesinato; por eso es que hoy quiero recordarlo en el 25 aniversario de su muerte.
En la década de los 70, el Dr. Chamorro se había erigido en una figura con fulgor nacional e internacional por su vida polifacética, puesto que además de abogado y periodista de renombre se había convertido en escritor; no obstante, su mayor proyección la había adquirido como resultado de su incansable e inclaudicable lucha política, la cual (como suele suceder) le atraía tantos simpatizantes como adversarios.
Personalmente –como todo ser humano— él tenía virtudes y defectos. Algunos de los rasgos admirables eran su honradez a toda prueba, su vigor en el empeño por una sociedad mejor, la coherencia de su pensamiento con el moderno sentido social en su gestión empresarial y su elevada calidad moral y humana proveniente de un auténtico espíritu cristiano.
Mis relaciones con él fueron siempre cordiales, pero en tres ocasiones tuvimos encuentros desagradables, producto de sus súbitas reacciones exageradas, que era precisamente uno de sus defectos. Una de esas escenas ocurrió en 1976, en una reunión del Consejo Ejecutivo de la Unión Democrática de Liberación (UDEL), cuando él participó en una discusión virulenta con la representación de una parte del Partido Social Cristiano (PSC).
Pues bien, a la salida de la sesión, ya en la calle, Pedro Joaquín me increpó fuerte e injustamente porque pensaba que yo estaba en la posición de dicha agrupación, pero la verdad era que no, ni había participado en esa discusión ni era parte del PSC porque en la UDEL yo estaba en nombre de la Central de Trabajadores de Nicaragua (CTN). Traté de aclararle, pero no dio lugar, por lo cual ahí y así terminó todo.
Al día siguiente, Pedro me llamó un par de veces por teléfono, pero me negué a contestar; sin embargo, el segundo día me hizo llegar una nota con el Dr. Edmundo Jarquín, quien me explicó que lo que quería era disculparse. Ante esa situación, opté finalmente por comunicarme con él y efectivamente me ofreció afablemente sus disculpas.
Relato este episodio porque considero que no es cualquiera el que está en capacidad de pedir disculpas; y este acto tiene mayor mérito cuando la persona tiene carácter fuerte (pues son las menos propensas a pedir perdón), ya que se requiere cierto grado de humildad para asumir una actitud de ese tipo; de ahí que para mí ese gesto no sólo compensó el exabrupto, sino que me hizo comprender que estaba frente a un hombre noble, fuera de serie. La grandeza del ser humano no está en no cometer errores (lo cual de todas maneras es imposible), sino en tener la sabiduría de reconocerlos y tratar de enmendarlos.
A pesar de que en los años 80 se le concedió el título de “Mártir de las Libertades Públicas” y no el de “Héroe y Mártir”, en realidad él está por encima de todo eso porque la mayoría de los que ostentan ese honor fueron héroes fugaces —circunstanciales, inevitables—, mientras que el Dr. Pedro Joaquín Chamorro vivió la mayor parte de su vida librando una batalla desigual contra el régimen dinástico-militar somocista con toda valentía, entereza y dignidad. ¡Que su ejemplo sirva de inspiración a las nuevas generaciones de ciudadanos nicaragüenses!
* El autor es escritor. mosanbon@ibw.com.ni 
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