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DOMINGO 5 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22962 / ACTUALIZADA 1:00 am
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Cosas Veredes Sancho Amigo
La añorante reunión de ex vecinos de “La Bolsa”

Foto  
.Para la época de Navidad y Año Nuevo el canciller de la curia, monseñor Luis Mejía y Fajardo celebraba la misa y el rezo de la novena del Niño Dios, muy a las cuatro de la mañana empezaba a tocar las campanas de Catedral y a cantar villancicos porque era tenor. Así despertaba al vecindario... Y nadie protestaba por el escándalo

Entre los concurrentes, las hermanas y hermanos Cisneros Leiva.

 

Mario Fulvio Espinosa
info@laprensa.com.ni

Comenzaron a llegar con rostros de interrogación. Los primeros saludos fueron cautelosos, casi temerosos, porque es difícil reconocer a alguien a quien no hemos visto desde hace muchos años. Sucede que con el tiempo las caras se arrugan y las bocas se vuelven churepas, el cuerpo se joroba y achica, las canillas a duras penas se levantan y se camina a trompicones.

Los ojos de estas personas parecen de aguililla, pero no por mucha agudeza visual sino por lo cansados, y por entre las nubes y cataratas siempre existe el riesgo de confundir a Lolo con Chefel, a Pancho con Chiricaya, a Poncho con Bayardo, o a doña Mercedes con la Celia... Porque además, los olvidos... —¡Ese “incipiente” Alzheimer!—, hacen estragos y la memoria se vuelve traicionera.

Los gruesos pelos de las cejas, como arbustos frondosos, se juntan en el entrecejo... Pero... ¿sos vos Mirandita? ¿Cómo estás Rosita? ¿Es usted el ingeniero Beto? Cuánto tiempo sin vernos, ¿verdad?

Poco a poco el número de convocados fue aumentando. Ya había terminado la misa de acción de gracias en la pequeña Iglesia de Villa Progreso y la reunión de vecinos del Barrio La Bolsa, sobrevivientes del terremoto de 1972, estaba por comenzar.

Los asientos y mesas esperan a los invitados en el interior de la Casa Comunal, pero los señores y señoras no entran, están retrecheros, además afuera del local ya se han formado corrillos de los que comienzan a reconocerse... y crece el entusiasmo por desenrollar enormes ovillos de recuerdos.


“PEYEYEQUE” Y UN “AVIÓN PUES”

Por allá vemos avanzar a un señor alto, blanco, canoso. Se apoya en el hombro de una señora y se ayuda a caminar con un bastón de aluminio. “Es el ingeniero Alfonso García”, nos indica nuestro amigo Humberto López Meza. Pronto ya estamos conversando con el recién llegado, quien fue vicegerente de la Aguadora de Managua hace un cachipil de años.

“Les voy a contar —dice— lo que me ocurría con Raúl Martínez, alias ‘Peyeyeque’. Yo vivía en el Barrio La Bolsa al costado norte de Catedral, y siempre que daba la vuelta para el lado del Club Managua ahí estaba el jodido de ‘Peyeyeque’ con su escoba barriendo la calle. Muy ceremonioso yo le decía: ‘Adiós don Raúl’. ‘Cuánto gusto ingenieyo, placey saludaylo’, me respondía. Yo por bandidencia pasaba otra vez y le decía: ‘Adiós Peyeyeque’ y él me contestaba: ‘Tu maye hijo de la yan puta, lloba tubos García’, y así me hacía la tarde, si salía arrecho con algún cliente que llegaba a reclamarme a la Aguadora, Raulito era mi terapia”.

Agrega don Alfonso que “Peyeyeque” era de buena familia, que tuvo mucho dinero producto de una herencia, pero sus parientes lo dejaron en la calle “porque no era medio loco sino loco entero”.

Otra anécdota de este don Alfonso que parece hombre muy serio: “Yo era vicegerente de la Aguadora... Dos días tenía de haber ocurrido el terremoto y el procónsul norteamericano era Turner J. Sheltón. Una vez estoy sentado en mi escritorio, suena el teléfono, levanto y escucho una voz pastosa, tipo gringo.

—- Ingeniero García, aquí le habla el señor embajador de los Estados Unidos.

—- Avión pues, le contesto (con semejante clavo del terremoto y yo salgo antiimperialista, pijudo iba), ¿A ver qué quiere el señor embajador?

—- Dígale al gerente que los quiero ver urgente aquí en la Embajada.

(Yo pensé, alguna donación vino y este tipo quiere entregarla, por lo menos pajillas para beber agua. Le digo a don Santos Zelaya que era el gerente, nos vamos a la Embajada y lo primero que nos hace el hijo de puta es no ofrecernos ni asiento. “Estamos servidos”, dije para mis adentros.

—- Si señor embajador, ¿en qué podemos servirle?, pregunta don Santos.

—-Mire señor gerente —dijo con altanería Shelton—, tengo una preocupación grande, que mis súbditos americanos que viven en la Carretera Sur no tienen agua, haga el favor de mandar a conectar ya el agua”.

(Y el viejito don Santos, que no tenía huevos, ahí me sorprendió)

—- Mire señor embajador, me va a dispensar, porque si a usted le preocupan los súbditos americanos, a nosotros nos preocupan más esos miles de nicaragüenses que no tienen agua y están damnificados, y con su permiso nos retiramos pues tenemos mucho trabajo.


LA FELICITACIÓN DE TACHO Y LA CORRIDA

“Nos largamos pues. Al rato Tacho llama a don Santos.

—- Santos, te felicito por la actitud que tomaste, me habló el embajador americano y muy bien le respondiste.

“Al día siguiente a la mierda los dos, los dos corridos, porque yo también la agarré del cuello”.

Cortamos al ingeniero García porque casi nos codeamos con otro ex vecino de La Bolsa, es Lorenzo Araquistain, hermano del chele Xavier nuestro amigo cronista deportivo.

—- Hombré Lorenzo, ¿por qué te dicen “Chiricaya”?

—- Es por el color, los Araquistain somos colorados, la chiricaya es una fruta que es bien colorada, y de ahí viene, pero nunca nos arrechamos, más bien es un sello de distinción.

Lorenzo “Chiricaya” desea que la reunión de veteranos supere la tristeza y que sea más bien alegre. “Aquello ya pasó y todo el mundo está donde debe estar”, puntualiza Lorenzo.


LA DEMOCRACIA DE CABELLOS BLANCOS

Que esta reunión es una democracia de edades lo demuestra el color del cabello de los que están y de los que van llegando. Aquí hay varones pelones, de pelos grises, rojizos, blancos, entrecanos, con matices rubios, e incluso con “sugerentes iluminaciones”. Vimos a una dama con cabellos extemporáneamente negros, blanca, coqueta, cuidadosamente maquillada.

Pero ahí viene otro “bolseño” con cara de Apolo Rubicundo, el doctor Ramón Cisneros Leiva, llegó con sus hermanas mayores, Leticia, María Leticia, Ana María y Guadalupe.

“Nosotros éramos ocho hermanos, cuatro mujeres y cuatro varones, de ellos sólo mi hermana Lilí ha fallecido. Mi hermano mayor es Sofonías que está allá. Le cuento que yo estoy jubilado... pero aún estoy vivo.

“El barrio La Bolsa —dice el doctor Cisneros Leiva—, era una comunidad muy unida, servicial, compacta. Allí se cultivaba el béisbol, y no conocí cigarrillos ni guaro en mis tiempos de jugador. Aquí está ‘Chico Pichón’, sobrino de ‘Pichón’ Navas. El terremoto nos dispersó y nos reunimos cada año gracias al trabajo de activistas como los Ortega Martínez, los Largaespada, los Berríos y otros.

“Es considerable el tesoro de recuerdos que brota de reuniones como éstas. Por supuesto que estos encuentros son saludables, no sólo para mantener unidas a las comunidades en particular sino al mismo pueblo, nosotros dimos el primer paso el año 73, pero los demás barrios deben hacer lo mismo.

“La situación de los managuas ha cambiado mucho, pero así es la vida, uno tiene que irse adaptando a las nuevas formas de existencia y sin perder sus raíces hacer recuerdos en el nuevo modo de vivir”.


LA PALOMILLA Y EL PADRE ALMENDARES

(Dentro del salón de la casa comunal Porfirio Berríos, a través de altavoces, invita a entrar a los bolseños que están conversando afuera).

Antes de entrar nos topamos con el ingeniero Arturo Harding Lacayo que viene muy majito al convivio.

—- ¿Qué recuerdos tiene de aquellos tiempos del Barrio La Bolsa?

—- Yo viví de los siete años a los 18 en el barrio de la Catedral y claro mis amigos eran los del barrio La Bolsa. Jugábamos a las chibolas, el fusilado, el macho parado, arriba la pelota, omblígate, éramos feroces a jugar trompo y el hand ball callejero. En ese tiempo no había televisión pero la costumbre era que al caer la tarde nos poníamos bajo los postes de luz a contar cuentos y chiles.

“Una vez allá, por los años cincuenta, se le ocurrió al alcalde Andrés Murillo poner unas grandes bolas de vidrio tapando las bujillas del Parque Infantil, y los chavalos nos íbamos a un taller de mecánica que estaba pegado al ‘Mandarín’ donde nos regalaban los balines de las ruedas que ellos desarmaban.

“Con los balines y las tiradoras nos volamos todas las bolas de Andrés Murillo que eran enormes.

“Con esta hazaña logramos que la Policía nos persiguiera sin lograr apresarnos, y con esto traigo a colación que en el barrio vivía doña Rosita Almendares, que era la tía del Padre Luis Almendares que también vivía ahí.

“Me acuerdo que una vez los muchachos estábamos de miranda viendo un pleito, estaban dos agarrándose a las trompadas, creo que uno de los contendientes era un hijo del poeta Selva, Mario Selva, del otro no me acuerdo.

“Estábamos animando a los pleitistas cuando de pronto llegan tres guardias y logran capturar a tres de nosotros, a mí me acababan de quitar el yeso por una fractura que me hice en el brazo y me lo estaba torciendo.

“A la bulla que se hizo acude el Padre Almendares:

—- Dejen a esos muchachos que nada están haciendo, no ven que son casi niños —les reclamó—.

—- No se meta Padre, que si no fuera por la sotana también a usted lo cargamos—, dijo uno de los guardias.

—- Ah, sí —les dijo el Padre—, a ver, tratá de llevarme.

Y se quitó la sotana y les dio una gran vergueada a los guardias... porque el padre era bueno a las trompadas.

(Todos los invitados han entrado al salón y comienza el renovado desfile de añoranzas).


DESALOJADOS

La última vez que realizamos este convivio fue en lo que era el vivero del barrio La Bolsa, pero ahora nos invadió la Casa Presidencial y nos sacó de ese lugar, nos dijeron que ahí estaba la custodia del Presidente y que no se permitía nada de estas cosas. Pero encontramos el apoyo del Padre Juan Antonio Calero y ahora lo hacemos en esta Iglesia de Villa Progreso.


ORGANIZADORES E INVITADOS

Los organizadores del evento fueron: Francisco “Pichón” Navas, los hermanos Ramón y Sofonías Cisneros Leiva, los hermanos Pedro, Adolfo y Pablo Ortega Martínez.

También figuran el señor Guillermo Cano, Roberto Marín, Julio Mejía, Gustavo Lacayo, Sergio Ortega, Álvaro Romero, Ernesto Ayala y el coordinador, don Porfirio Berríos.

Entre los invitados especiales estaban el doctor Francisco Obando Palma, el ingeniero Arturo Harding, Francisco Fletes, Francisco Rivas, Francisco Espinales y otros.

Eran como 100 ó 120 las personas invitadas, la mayoría llegaron muy galanes caminando erguidos, otros manejando elegante bastón y tres en sillas de ruedas.  
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