Ángeles que guían en la tierra del fuego
 |
|
 | Caminan, corren, juegan y siempre están listos para transitar por la peligrosa superficie caliente donde burbujea el lodo hirviente que fluye de las venas de la cordillera volcánica más activa de América. Conocen de vulcanología, historia y hasta de las propiedades medicinales del agua y lodo termal. Sus cortas edades, de seis a catorce años, los convierten en los guías turísticos más jóvenes del mundo. Son los niños guías de los Hervideros de San Jacinto |
|
Jesús Centeno, Francisco y Agustín Barahona, que a penas cursan los primero grados de primaria, matan el tiempo en los hervideros a la espera de turistas que deseen recorrer los senderos volcánicos. |
| |
Orlando Valenzuela info@laprensa.com.ni
No es el lugar más apropiado para que los niños crezcan, pero la necesidad, obligada por la pobreza y desempleo de sus padres los ha convertido en “expertos” vulcanólogos y guías turísticos de uno de los fenómenos más interesantes que la naturaleza le ha regalado a Nicaragua.
Jesús Antonio, Francisco, Agustín, Gerardo, Jorge Luis y Karen son seis niños que tienen muchas cosas en común; son hijos de padres pobres, van a la misma escuela, disfrutan los mismos juegos infantiles, van a bañarse a la misma poza de aguas tibias y todos los días se reúnen frente a la entrada de los Hervideros de San Jacinto para ofrecer sus servicios como guías turísticos a todos los visitantes que llegan a este seco lugar.
En sus infantiles rostros y piel reseca por la acidez de los vientos sulfurosos que los envuelven cada vez que acompañan a algún turista a las bocas abiertas de las fumarolas hirvientes, se puede apreciar la inocencia de sus escasos años, algunos con apenas seis, siete u ocho años de edad.
Jorge Luis Medina, sólo tiene ocho años y desde ya parece que está ejerciendo la profesión que en el futuro quiere estudiar, medicina, pues en esta época de vacaciones, a cualquier hora del día, está dispuesto para enseñarle los secretos de los hervideros a cuanto turista cruce el portón de acceso a este campo termal, pues su casa queda en la propia entrada del mismo.
De piel morena clara, contextura delgada, pelo liso y descalzo, Jorge Luis avanza delante del visitante, mientras alza la voz para hacerse escuchar entre el murmullo que forman los demás niños que tratan de hacer su mejor papel ante el turista.
GUÍA TURÍSTICO, VULCANÓLOGO Y FARMACÓLOGO
“Éste es uno de los respiraderos del hervidero —dice Jorge Luis, mientras señala un pequeño hueco por donde sale un poco de humo—, sólo echa vapor, pero si no fuera por esto, ya hubiera explotado ese volcán que está enfrente”, advierte el novel vulcanólogo.
“Eso que mira allí, es azufre, es bueno para el rasquín, las espinillas y el hongo en los pies”, refiere Jorge Luis, quien pasa en un instante de guía turístico y vulcanólogo a farmacólogo, al explicar su fórmula medicinal. “Ese lodo se muele con una botella de vidrio hasta que quede bien fino, después se mezcla con vaselina simple y se echa en la parte afectada, y ese otro barro negro es bueno para quitar manchas en la cara”, explica el niño, mientras recoge una muestra para obsequiársela al visitante.
Con la misma elocuencia con que explica el recorrido por las diferentes bocas abiertas de los hervideros, Jorge Luis, con su segundo grado aprobado, explicó que hace varios años ocurrió un suceso que conmocionó a toda la población de San Jacinto, cuando de pronto, debajo de las camas, las salas de las casas, los patios y hasta en los excusados empezó a salir vapor y agua hirviendo, a tal punto que muchas familias fueron evacuadas a lugares seguros.
“Eso pasó cuando los rusos estaban perforando los pozos de la planta (proyecto geotérmico ruso-nicaragüense, ubicado a escasos dos kilómetros del poblado), tocaron la vena del hervidero y al echarle mucho cemento al pozo, el vapor vino a salir a las casas del pueblo”.
Jesús Antonio Centeno, de once años, ya es todo un veterano en el conocimiento de los secretos del lugar, al referir con solemne seriedad: “Ese cerrito de enfrente tiene un misterio, y es que cuando una persona se va en un hoyo, el hoyo se cierra y si se va un animal, el hoyo hierve más”.
De cara redonda, pelo liso y mirada inquieta, Jesús Antonio, forma parte de un quinteto de hermanos que todos los días despiertan oliendo los gases de los hervideros, ya que su casa está ubicada a pocos metros de las primeras fumarolas, dentro del área cercada de los hervideros. Cuenta que fue su abuelo quien le enseñó mucho de lo que sabe sobre los hervideros y sus alrededores. “Mi abuelo dice que la nata negra y aceitosa que hay encima de ese hervidero es petróleo, porque un gringo que vino hizo unas pruebas, en ese otro hoyo (muestra un pequeño cráter con lodo hirviendo) la parte roja es hierro. Y por aquí está el hoyo del café con leche”, dice el niño mientras se acerca a un enorme cráter de lodo efervescente de color marrón.
Con la seguridad de quien conoce todo el terreno que pisa, Jesús Antonio esquiva pequeños orificios por donde brota lava caliente y se escucha el paso de una fuerte corriente interna de aguas subterráneas, indicio de que caminamos encima de una fina capa de tierra.
CON SU TRABAJO AYUDA A SU FAMILIA
Mientras camina tranquilo como en el patio de su casa, pisando con seguridad las zonas más firmes del peligroso campo termal, Jesucito va revelando datos interesantes para el visitante. “Cuando se forma un hoyo de lodo hirviendo, primero crece un cerrito de tierra y por la noche explota, después sale el agua caliente y se forman muritos de tierra alrededor del hoyo, como aquel que es nuevo”, explicó como todo un experto el pequeño guía.
Al igual que la mayoría de sus “colegas”, Jesús Antonio afirma que el dinero que consigue de los visitantes se lo entrega íntegro a su mamá, para que se ayude en los gastos de la comida. “Cuando están buenas las visitas, a veces gano hasta treinta o cuarenta córdobas”, afirma.
EL CUENTO DE LA CUBANA
A todo visitante que llega a los Hervideros de San Jacinto, los niños le cuentan la mil veces repetida historia de la cubana que se quemó en un pozo de lodo hirviente. Agustín Barahona, a sus ocho años, la cuenta así: “Allí —señala un cráter de lodo efervescente— se fue una cubana cuando sus amigos le tomaban una foto, ellos le decían que se hiciera un poco para atrás y se fue de espaldas al hoyo y se quemó, se la llevaron al hospital y no se sabe si se murió, pero eso fue hace muchos años”, recuerda.
Para Agustín, caminar con sus pies desnudos sobre la superficie caliente que rodea los burbujeantes hervideros es tan natural que ya no recuerda la primera vez que sintió temor de entrar al campo termal, donde a veces hasta corre peligrosamente detrás de bandadas de pájaros, a los que por el hambre se comen sin importar su plumaje.
Con su mortífera tiradora, que carga cruzada sobre la gorra, Agustín es el vivo ejemplo de una niñez que ve la caza de animales silvestres, no como un malsano deporte, sino como una alternativa alimenticia, pues asegura que tanto él como sus compañeros, todo lo que “tiran” se lo comen, incluido lagartijas, garrobos, golondrinas, corraleras, pizotes, zorros cola pelada y hasta gorriones. “Pero nosotros no nos comemos los pijules, esos se los come “Chicho Crudo”, que es un loquito que se come el corazón crudo de los pijules”, refiere Agustín.
Por su parte, Gerardo Zelaya, que a sus nueve años sueña con ser un señor mecánico, asegura que algunos visitantes traen huevos para cocinarlos en las aguas calientes de los hervideros, mientras que otros prefieren llevar en bolsitas de plástico pequeñas porciones de fango volcánico para uso medicinal.
Gerardito acaba de pasar el segundo grado de primaria, pero desde ya puede decir que conoce el mundo laboral, pues hace unos meses debutó como trabajador del Circo Silver, de los Hermanos Ramírez, donde junto a otros chavalos del poblado cuidaban que no se metieran por debajo de la carpa los “colados”.
Aunque la paga no era jugosa, apenas un córdoba por función, para estos niños la emoción de sentirse contratados por una empresa de espectáculos era muy grande, pero era mayor cuando se daban su escapadita para echar una ojeadita a la máxima atracción de la velada, la maroma, en la cual aparecía en el trapecio una hermosa bailarina en bikini.
Otro niño que también sólo espera que toquen el timbre de salida de la Escuela Sara María Parrales para ir a comer a su casa, (dentro del portón de los hervideros) y esperar la llegada de los turistas, es Francisco Barahona, de diez años.
Cuando llegan visitas, Panchito hace lo mismo que los demás, tratar de ganarse unos cuantos córdobas sirviendo de guía por los sofocantes senderos de los hervideros. Pero cuando no logra nada, sale con sus amigos a buscar tiestos (fragmentos de piezas arqueológicas) hasta El Apante, a más de una hora a pie, donde se han encontrado gran cantidad de vasijas, ídolos, ocarinas, molinos de piedra, puntas de lanzas de oxidiana, urnas funerarias, collares de jade y otras piezas de gran valor cultural.
Para Panchito, encontrar un buen “tiesto” o pieza de arte precolombino, puede ser la diferencia entre comer y acostarse con el estómago vacío, por eso él no entiende por qué algunas personas dicen que se le está haciendo un daño a la cultura con la venta de esas piezas.
REGALAR PARA RECIBIR
Utilizando un método menos hostigoso, varias niñas, como Karen Morán, de sólo 12 años, con la destreza de una artesana elabora diminutos muñequitos, ollas y floreros del mismo barro volcánico que fluye de los hervideros. Ella no vende las piezas que hace con sus propias manos, sino que las regala a los visitantes que llegan a conocer el fenómeno natural.
La imaginación de Karen no tiene límites, pues lo mismo puede hacer un chanchito en barro negro o una paloma en barro blanco o amarillo, así como también una casita de lodo volcánico de color marrón.
Al final de la visita, Karen también regala a los turistas bolsitas de plástico con muestras de barro tomadas de los bordes de los hervideros y explica para qué sirve el lodo de cada color. “Aquí hay barro que es bueno para enfermedades de la piel y también hay para pintar las casas”, dice con absoluta seguridad. “Yo le regalo a los turistas y si ellos tienen voluntad de darme algo, se lo recibo, si no, también”. Explica que al igual que los demás niños, también se sabe de memoria las anécdotas y versiones en torno a los hervideros.
No sería nada extraño que una vez que esta niña se vaya a estudiar a la universidad, y ojalá que tenga esa oportunidad, regrese a su añorado poblado con un grupo de turistas a mostrarles las bellezas de la naturaleza, ya que ella piensa estudiar turismo, para ser una guía profesional.
Para algunas empresas operadoras de turismo, que frecuentemente llevan grupos de visitantes extranjeros a este lugar, estos niños son como una plaga que ahuyenta a los turistas, pues apenas llegan los vehículos, son asediados por decenas de pequeños “guías” turísticos. Pero ellos no tienen la culpa, sino la situación de pobreza en que viven sus padres, misma que los ha convertido en “guías de la tierra del fuego”.
Además: La matrona de tres siglos 
|