Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
SáBADO 4 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22961 / ACTUALIZADA 12:00 pm
PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   
“Cambio sin atropellos”

Al tomar posesión de la Presidencia de Brasil, el recién pasado primero de enero, el líder izquierdista Luiz Inácio da Silva (Lula), se comprometió con el pueblo brasileño y la comunidad internacional a promover un “cambio sin atropellos”.

El presidente Lula da Silva reconoció así que la izquierda siempre ha promovido el cambio social atropellando a las personas que califica como un obstáculo para sus pretensiones, a las libertades individuales, los derechos humanos, la libertad de empresa y la economía de mercado; lo que a nuestro juicio ha sido precisamente la causa fundamental de que los izquierdistas fracasaran como opción de gobierno en todos los países donde tomaron el poder.

Algunos izquierdistas consideran que es ideológica nuestra aseveración de que la izquierda siempre ha fracasado como gobierno y que está irremediablemente condenada a seguir fracasando si continúa aferrada a sus dogmas absolutistas y procedimientos totalitarios. Esas personas también creen que no hacemos un examen objetivo sobre las causas estructurales del fracaso de los experimentos revolucionarios y “progresistas” en Chile, Perú, Surinam, Guyana y Nicaragua, ya no digamos en Cuba, donde a cambio de algunos magros logros sociales sacrificaron la esencia misma de la naturaleza humana, que es la libertad individual.

Pero no son prejuicios ideológicos sino realidades históricas innegables las que señalamos al recordar que los izquierdistas han fracasado en todos los países donde tomaron el poder. Y por cierto que las causas del fracaso de los gobiernos de izquierda tampoco son ideológicas ni meramente subjetivas. Son más bien razones estructurales y humanas, pues la izquierda revolucionaria ha fundado sus planteamientos, programas y acciones en el odio y la lucha de clases, en el culto a la violencia en cualquier forma, en el fomento de enemistades internacionales, en los complejos de sus líderes, en utopías sociales y en la creencia de que la libertad es un bien social y por lo tanto el Estado la otorga, regula o niega según las circunstancias; por lo que los izquierdistas niegan y desprecian la libertad como valor intrínseco de la naturaleza humana.

Pero si la izquierda quisiera y pudiera gobernar a base del respeto al Estado de Derecho, a la democracia política formal, al pluripartidismo irrestricto, a las libertades individuales, a la dignidad de las personas y los derechos humanos, nadie tendría nada que temer al establecimiento de gobiernos izquierdistas siempre y cuando sean libremente elegidos por el pueblo. En efecto, si la alternabilidad en el poder es necesaria, positiva y útil para la democracia en cuanto a alternancia de personas y partidos, también debería serlo entre corrientes ideológicas, concepciones filosóficas y programas sociales. Es decir, entre la derecha, el centro y la izquierda con su diversidad de variantes y matices.

Ahora bien, Lula asumió el poder en Brasil con grandes promesas personales y sociales. Y sobre todo prometió que los cambios serán hechos “sin atropello y con responsabilidad hacia las finanzas públicas”, lo que significa que es consciente de que debe respetar la libertad individual, la democracia y los compromisos financieros de Brasil.

Las promesas en sí mismas carecen de importancia. En América Latina cada nuevo gobernante sube al poder con los portafolios cargados de compromisos, y mentiras. Sin embargo cabe esperar que por su capacidad y realismo para adaptarse a las nuevas circunstancias el flamante presidente izquierdista de Brasil haya sido sincero al reconocer como un gran mérito de su antecesor el haber consolidado el sistema político democrático, sin perjuicio de que le reprochó no haber podido “resolver el drama de la miseria, el desempleo y la violencia”, que él, Lula, prometió solucionar. Aunque a este respecto Lula da Silva también se curó en salud, al advertir que “no hay que esperar milagros de un día para otro”; que “debemos caminar con pasos pensados y sólidos”; y que “nadie puede cosechar frutos antes de plantar los árboles”.

En todo caso, Lula merece un voto de confianza y a lo mejor resultaría ser el primer gobernante izquierdista exitoso en América Latina, algo que podría lograr si cumpliera su programa de cambio social fortaleciendo la democracia y respetando de verdad las garantías individuales, la libertad de prensa, la libre iniciativa económica y empresarial; en una sola palabra: La libertad.   
.


---
   
Otras Noticias

“Cambio sin atropellos”