Migdonio Blandón
Reflexión a propósito de la Navidad
 |
|
|
|
|
|
El tiempo no se detiene. Al terminarse en diciembre un año más regularmente se deja cambios positivos y negativos; proyectos que se inician quedando inconclusos y otros, como la vida, trascienden más allá del tiempo, o terminan desgastados; huellas visibles o invisibles, en la naturaleza, en lo personal y en ambientes distintos, valiosas y perdurables unas, y otras pasando inadvertidas, poco a poco desaparecen.
Es el proceso de vida transitoria que el Supremo Creador, haciéndonos a su imagen y semejanza, además de múltiples dones, nos da el privilegio exclusivo de crear y desarrollar medios necesarios para controlar y utilizar los elementos naturales, disponiendo de ellos al propio albedrío, hasta cierto límite y por tiempo determinado, hasta que Él, como dueño absoluto de todo lo permite, y que al final de la vida cada quien le rinda cuenta de sus actuaciones.
Más de la tercera parte de la población mundial conmemora el 25 de diciembre el nacimiento hace dos milenios de Jesús, el Dios Hombre, que vino a redimirnos de las desviaciones en que, usando erróneamente los dones recibidos por nuestras flaquezas con frecuencia fallamos, apartándonos de Dios.
Su gracia diluida en amor siempre se derrama a borbotones sobre todas sus criaturas. Es preciso sí, para empaparse de ella, cerrar el paraguas de la autosuficiencia, abrir el estuche de la conciencia, dejando latir el corazón al unísono del mismo sentimiento; y así, conectado al amor divino, en libertad hacer lo que se quiere y puede. Como ha dicho San Agustín: “Ama a Dios y haz lo que quieras”, porque unidos a Él, todo lo que se hace solamente es para el bien.
El actual mare-magnum de círculos politiqueros, de cierta manera enturbia la Navidad; pero siguiendo la promesa eclesial del Adviento debemos creer que tal situación no ha de trascender. Transcribo dos citas de Primera Carta de San Juan: 4,18: “Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo, Por eso si alguien tiene miedo es que no ha llegado a amar perfectamente”.
La segunda cita de la misma Carta, versículo 4,20: Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y al mismo tiempo odia a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve. Jesucristo nos ha dado este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. En resumen, también es bíblico que debe odiarse y repudiarse el pecado, pero amar al pecador. Amarle y perdonarle sí, no significa ignorar su culpabilidad y hacerle depositario de confianza.
La Navidad para los cristianos no debe ser una simple tradición familiar más, como tantas hay. Si se quiere vivir a plenitud y disfrutar la verdadera paz y felicidad que sólo el Señor Jesús en su infinita misericordia sabe dar, precisamos hacer de nuestro pecho un retablo Suyo permanente, estando siempre abiertos a recibir los borbotones de Su gracia. Solamente así tendremos paz, justicia y prosperidad, que a su tiempo trasciende a la eternidad.
Sólo basta cambiar actitudes y seguir el sabio consejo de San Agustín y... ¡Feliz Navidad!
El autor es miembro de Eduquemos.

|