El Nacimiento en nuestros hogares
Ana María Ch. de Holmann
La tradición del Portal o Nacimiento, como se le llama en nuestra tierra al arreglo del misterio de la Natividad que se acostumbra hacer en los hogares cristianos para recordar y reflexionar sobre la venida del Dios Niño, tuvo su origen en Italia en el siglo XII, por influencia de San Francisco de Asís, y de ahí se extendió hacia España. Los escultores de la época se esforzaron por lograr los mejores y más lujosos diseños, unos para que se ajustaran a la realidad de Belén y otros para que se acomodaran mejor a los caprichos de las familias reales, que eran lo que podían satisfacerlos, y con creces.
Durante toda mi infancia nuestra familia se reunía en Granada para Navidad en casa de mis abuelos maternos, Salvador e Isabel Cardenal. En esa casona, frente al parque, se hacía un Nacimiento enorme que ocupaba casi toda la sala, las montañas simuladas con papel teñido con anilina y almidón, la llanura con chía que se ponía a nacer en un bramante ocho días antes, con lagos (que eran espejos), pastores, chivitos, patos y burritos cargados con regalos para el Dios Niño, y el establo de madera con techo de paja donde estaban la Virgen, San José, la mula y el buey, y el pesebre vacío esperando al Niño. Del techo colgaban un ángel y una estrella que anunciaban la venida del Dios Niño al mundo, quien era llevado a su cuna a medianoche, durante la Misa del Gallo al cantar Gloria en la Eucaristía que se celebraba en la capilla de la misma casa, en una procesión en la que se llevaba al Niño del altar al pesebre, en medio de cantos y panderetas.
No había árbol ni Santa Claus, porque a mi abuela Isabel no le gustaba ninguna de esas “influencias extranjeras” que ya desde entonces iban borrando y disminuyendo la importancia del misterio de la Natividad. Y por eso nos regalaba un misterio a todas las nietas, cuando íbamos formando nuestros hogares, costumbre que he conservado con mis hijos y nietos para continuar la tradición del Nacimiento en los hogares, y así ir transmitiendo de generación en generación la promesa hecha a nuestros padres, esta promesa que ellos mismos rompieron por el árbol del pecado pero que ahora podemos considerarnos salvados por el misterio de la venida de nuestro Salvador Jesús, que con infinita misericordia se inmolara por todos nosotros para devolver la gracia perdida. Hoy, de este modo celebramos nuestro propio nacimiento con Cristo y por esto es la gran alegría con la que disfrutamos la gran fiesta de toda la cristiandad.
Hagamos un lugar en nuestra casa, y bajo la sombra de ese árbol recto con dimensión celeste coloquemos un ranchito, y dentro de él un pesebre humilde pero luminoso de fe y ardiente de amor, donde el Hijo de Dios tenga donde reclinar su cabeza. Que brille una estrella que sirva de guía y protección para que en nuestra casa esté presente el Dios Niño, el día de su nacimiento y que siempre tenga un lugar en nuestro corazón y esté presente: ese Cristo que es nuestro Hermano primogénito de todos los predestinados, como lo llama San Pablo; nuestro Hermano que sabe comprendernos, ayudarnos y perdonarnos... siempre y por toda culpa.
Ese Cristo que es nuestro amigo, el único amigo en quien podemos confiar en todas las circunstancias, aún en las más adversas... A ese Cristo que es nuestro Redentor, que murió para que nosotros tengamos vida eterna, tengámoslo muy dentro de nosotros, siempre a Él que es nuestro Salvador, que nos liberó de nuestras propia muerte, ese Cristo nuestro Dios a quien le debemos adoración infinita, respeto profundo y amor sin límites, un amor que nunca alcance el horizonte.
¡Gloria a Dios en las alturas y por siempre!
La autora es cristiana que practica y vive su fe

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