LUNES 22 DE DICIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23,310 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Navidad de minutos en la frontera

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. Nicaragüenses se conforman ayer con ver por un tiempo corto, en la frontera sur, a sus familiares que residen en Costa Rica
. Durante diez años una madre ha ido en esta época a la frontera para abrazar a sus tres hijos, que lavan carros en San José

Ana Espinoza recibe emocionada a su nieto David Ezequiel Traña, quien reside en Costa Rica.

 

Elízabeth Romero
elizabeth.romero@laprensa.com.ni

Compartir un poco de arroz con pollo, cocinado en la madrugada o la noche anterior, revuelto con el polvo de la intemperie en la frontera sur, fue la “fiesta” de Navidad entre centenares de nicaragüenses que residen en Costa Rica y sus familiares que viven en Nicaragua.

Miles de nicaragüenses que han emigrado al vecino país del sur, regresaron ayer a su Patria para pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo con sus parientes, pero otros tuvieron que conformarse con un encuentro rápido en el puesto fronterizo.

La mayoría de familias llevaban bolsas de nylon o cajas de cartón con los regalos, que en algunos casos eran tan sencillos que sólo consistían en dulces, manzanas o ropa.

Desde las primeras horas de la mañana de ayer, se observaba el ir y venir de personas que descendían de los buses en la guardarraya de Costa Rica, caminando presurosos y cargados, tratando de alcanzar territorio nicaragüense para buscar otro bus.

Peñas Blancas amaneció congestionado también por decenas de cargadores de ambos países que empujaban carretones entre los camiones de carga aparcados en la Aduana.

Un abrazo, ojos llenos de lágrimas, sonrisas y conversaciones amenas, completaban el escenario en el puesto fronterizo.

Permisos por C$10.00

La falta de dinero, o de autorización en sus trabajos, obligó a centenares de nicaragüenses a recurrir a los permisos que otorgan las autoridades de Migración, para encontrarse con sus parientes.

Para obtener el permiso, valorado en 10 córdobas, las familias de uno y otro lado, tuvieron que dormir en la frontera o arribar en horas de la madrugada, y hacer la fila temprano para conseguir el pase.

Carmen Lacayo ha tenido durante los últimos diez años la tradición de salir de su casa en Managua a las cuatro de la madrugada, uno de los días previos a Navidad, para ir a la frontera y abrazarse con sus tres hijos, dos varones y una mujer, que trabajan en San José lavando carros, para luego retornar a su casa llena de nostalgias.

Las esperanza de la mujer es “que cuando se componga (la situación en el país), (ellos) se vienen de regreso”.

Vale sacrificio

Un caso similar es el de Catalina Torres, originaria de Masaya y residente en Heredia, Costa Rica desde hace ocho años, donde trabaja como doméstica.

Ella viajó a Peñas Blancas para abrazar por un momento a su madre Luisa Torres, de 55 años, y a sus otros parientes que llegaron del Valle de la Laguna, Masaya, donde habitan.

Para eso debió salir de su casa en Heredia desde la noche del sábado hacia San José, y esperar toda la noche en el autobús que la trasladaría a Peñas Blancas.

“Porque usted sabe, uno tiene que trabajar para volver con el dinero y ellos igual”, refirió la mujer, quien dijo que “con tal de ver a la familia, hay que hacer el sacrificio”.

Junto a Catalina está su progenitora Luisa Torres, quien se enjuga las lágrimas que asoman a sus ojos, mientras indica que desde hace dos meses se alistó para viajar a la frontera.

La madre de Catalina lamenta que no puede pedir a sus hijos que se queden en Nicaragua, por la situación existente. “¿Para qué les voy a decir que estén aquí, si no hay trabajo, y cada día están más duras las cosas, todo más caro?”, lamentó la mujer.

Larga espera

Hombres y mujeres de avanzada edad, con niños, permanecieron horas en el mismo sitio soportando el frío y tolvaneras, con la vista fija en el puesto fronterizo tico, a la espera de sus parientes.

Manuel López Lezama, de 59 años, salió de Masaya desde la madrugada del domingo para encontrarse con sus tres hijas, Ivania, Martha y María Luisa López, a quienes no miraba desde hacía tres años.

“Es alegre estar reunida toda la familia”, comentó López mientras ansioso dirigía su mirada hacia la frontera, a la espera de la llegada de sus hijas.

Ana Espinoza, emocionada y entre lágrimas, se fundió en un abrazo con su nieto de ocho años David Ezequiel Traña, quien viajó a la frontera junto a su madre Martha Lorena Espinoza, para quedarse al cuido de su abuela.

Fabiola Rodríguez, oriunda de Tipitapa, dejó San José, la capital costarricense, donde trabaja como doméstica desde hace siete años, para pasar la Noche Buena en familia.

Desde hace tres años no miraba a los suyos. Con su cónyuge, que trabaja de jardinero, juntaron un poco de dinero y viajaron a Nicaragua. Pero lamentó que la estancia en su tierra será “sólo por Navidad, porque en los trabajos no dan tiempo”.

Retorno a la tierra

Otros como Luis Antonio González Medina, de 27 años, y Esther Zapata, de 18, junto a su pequeña Martha, de cuatro años, regresaban a su casa en Chinandega después de tres años desde que vinieron la última vez.

González, de oficio ebanista, labora en Alajuela donde aprovecha las temporadas de los cortes de café para ganar un poco de dinero, mientras su cónyuge se desempeña como doméstica.

“Se la juega uno”, dijo González, quien destacó que regresar a Nicaragua representa para ellos un gasto de mil 500 córdobas, equivalente al ingreso de una semana de trabajo.

Corta estadía

Héctor Isaías Mendoza Salinas, de 28 años, vino a Nicaragua de entrada por salida, debido a que no tiene vacaciones en su trabajo, pero aseguró que le gustaría pasar la Navidad junto a su familia en León, de donde es oriundo.

La última vez que visitó su tierra fue hace dos años, pero en esa ocasión no pudo encontrarse con dos de sus hermanos, a quienes no ve desde hace diez años, cuando abandonó el país en busca de trabajo.

“Allá en Costa Rica no es igual como aquí, que uno se alegra en las calles; allá si uno pone la música muy alta, ya mandan a traer a la Policía”, comentó nostálgico.

Trabaja como albañil en la capital costarricense, donde devenga alrededor de mil 500 córdobas por semana, “pero así como uno gana allá, así gasta porque todo es caro”.

Mendoza obtuvo la residencia costarricense, pero durante el tiempo que permaneció en ese país como ilegal, debió realizar otros trabajos ajenos a su oficio y con menos salario. Aunque ahora ha superado esa dificultad, dijo que sueña con que llegue el día en que regresará a la tierra que le vio nacer.
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