Olé, olé Estelí
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Casi seis mil aficionados se tomaron el estadio de Diriamba |
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El guardameta Sergio Chamorro, carga el trofeo que por segundo año seguido consigue con el equipo de Estelí. La barra norteña contempla la reacción de uno de sus ídolos.
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Francisco Jarquín Soto francisco.jarquin@laprensa.com.ni
Desde tempranas horas de la mañana hubo mucho movimiento en el estadio de los Caciques del Diriangén. Más de mil diriambinos todavía sin llevar puesta su típica combinación blanquinegra o uniforme del mismo color, comenzaron a llegar a las taquillas del coloso para no perderse el último partido de la Final.
La cuna del futbol estaba lista para recibir la mayor fiesta del balompié nacional, a la que también se integró otra afición tan bulliciosa y entregada al futbol como la de los norteños. Desde las once de la mañana, la mayor parte de los más de mil norteños que viajaron con el Estelí, llegaron a Diriamba pintados, con su camiseta rojiblanca y dejando a su paso una contagiante celebración, agitada al ritmo de tambores y gritos de porras a su club.
A casi dos horas de comenzar el juego, las dos barras en su gran mayoría, lucían sus rostros o cabezas pintadas, eufóricos, queriendo expresar de alguna manera su júbilo por estar en el partido de la final.
Su duelo, comenzó mucho antes que el de sus clubes. Humos, gritos: “¡Olé, olé Estelí!”, “¡Olé, olé Diriangén!”, “¡Campeón, campeón!”, se escuchaba con tanta fuerza de los dos lados como si de esa forma se definiría el título a favor de su equipo.
Afuera, todavía a escasos veinte minutos de comenzar el juego, en tres filas de casi cien metros de largo, se veían muchos rostros impacientes por llegar a la entrada.
Comenzó el juego y todo era algarabía en las graderías. Celebraran los estelianos con las amenazas de su equipo. Con las llegadas de Emilio Palacios y Arturo Barragán lo hacían los diriambinos, pero todo cambió cuando cayó al minuto 44, el gol de Álvarez.
Retumbó el silencio
El silencio que inundó el lado sur del estadio, donde estaban los diriambinos, era seco, tajante en comparación al bullicio que se escuchaba segundos antes; en tanto los norteños, que en su mayoría habían salido desde las seis de la mañana de Estelí, saltaban y gritaban: “¡Ése es el equipo campeón, ese es el equipo campeón!”
La afición caraceña se escuchaba menos conforme avanzaba el desafío, y fue peor cuando el árbitro central, William Reyes, dio el pitazo final. Toda la barra diriambina se quedó en sus asientos por lo menos 15 minutos después del juego como incrédula por la derrota.

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