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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 20 DE DICIEMBRE DE 2003
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Pintoras en el corazón de León

Foto  
.Exponen sus pinturas en la antigua casa de salud de León, Rosa Carlota Tünnermann, Giovanna Amara Serrano, María Lourdes Centeno, Olga Maradiaga, Mariana Sansón

 

Gloria Elena Espinoza de Tercero*

LOS SÍMBOLOS DE ROSA CARLOTA

La luna y el árbol adquieren valor estético en los óleos de Rosa Carlota Tünnermann, debido a su especialidad y la atmósfera que crea con los matices, además por hermanarse con la simbología árbol ancestro donde la luna adquiere la dimensión del tiempo.

El árbol es emblema de fortaleza y de resistencia en la adversidad, el que se aferra a la tierra y espera la lluvia para renacer, es, según el Diccionario de los Símbolos de Jean Chavalier y Alain Gheerbrant: “Cosmos vivo en perpetua regeneración”.

La luna impone misterio; es guardadora del tiempo, y su luz clara y difusa se presta para mil pensamientos, desde el más tierno y sublime, hasta el más aterrador y espantoso.

“El abuelo de todos los árboles”, óleo de Rosa Carlota Tünnermann, es un árbol por demás decir, casi humano. En su tronco, atisbo una máscara con sus ojos vacíos, escondida entre un largo y estilizado abrazo, con su casi desnuda cabeza que pudo ser melena en un tiempo, donde deja ver el cielo y su esperanza de reverdecer. Tiene alrededor de su tronco grueso y fornido, la maleza y nuestra hoja de plátano que danza por la brisa.

Por otro lado, en “Malinche” y “Malinche junto al río”, el color estampa la fuerza con la que el árbol da sus flores. Rosa Carlota lo muestra en su época feliz, en su triunfo y gloria, vibrante, cuando es fuego y sangre en las planicies del Pacífico. Según el astrólogo griego Antíoco de Atenas, el rojo es el color de la primavera y aunque aquí no tengamos las cuatro estaciones, el color del árbol señala la resurrección de la naturaleza. Y en el caso del verde, podemos recordar los antiquísimos festivales de “Jorge, el verde” de la tradición europea, en los que el espíritu del árbol adquiría forma humana, encarnado en hombres y mujeres ataviados con hojas y ramas de abedul.

Hay pues una polarización entre los árboles: el viejo ceibo que se aferra a la tierra aunque esté desnudo y deseoso de mirar, entre sus brazos luegos quizás, el pasado, y el frondoso “Malinche” que desafía el cielo y la tierra, erguido frente a la vida y al futuro, marcando en “Malinche junto al río”, el agua tenue, verde-azul del río que pasa indiferente entre la frondosidad.

Rosa Carlota hace también una polarización en el uso de los colores, dándoles carácter en el lienzo caliente del “Malinche” y en el azul frío y misterioso, indefinido, de ensoñación del “Nocturno”, que es como un poema cautivador, con el fulgor de la luna que trasciende y penetra en el ojo hasta el alma. Encanta, flexiona la realidad hasta devolvernos la paz o el desasosiego del amor. Aunque a esta polarización no podemos adjudicarle cualidad absoluta porque como bien dicen los orientales, nada es categóricamente blanco, ni nada es únicamente negro.

EL MUNDO DE GIOVANNA SERRANO

Si bien es cierto, la naturaleza se da de forma continua en la línea de estas artistas que hoy exponen, en Giovanna Serrano adquiere otro aspecto. Hay un sortilegio, una magia, que deambula con el color.

En “La leyenda de la flor”, acrílico muy vivo, es como la explosión de una nova, una visión primigenia de cuando se abrió la flor del universo, un estallido; algo que me recuerda la ingravidez de Remedios Varo... En ese ensalmo hay un significado profundo, la particular significación alegórica de la búsqueda del origen. Parece vivirse el instante y presenciamos la apertura. Formula una signatura del universo, una constante visión del principio en cada flor.

En “Mariposas y flores”, las flores muy remarcadas parecen llamar a las mariposas que se visten de gala, en una demostración espectacular de la coloración en el reino animal y vegetal. Es un testimonio de la creación y prolongación de la naturaleza, en esa conjunción de tomar miel y polen y llevar a la vez la semilla. Se ve la exaltación del color tanto en la flor como en la mariposa, la atracción para la continuación de la vida, y no se puede resistir la visión alegórica que multiplica los significados.

Es en “Isla azul”, en donde el encantamiento es definitivo, cuando el uso del azul forma un espacio intenso, tachonado de estrellas y luna, donde en una colina hecha de ocres y verdes pareciera que viven duendes, como si al pasar del ojo se viera el engaño (del color) que forma esa ola ingrávida en el espacio y el ocre hace de las suyas.

La magia consiste en la luz que proyecta, la iridiscencia que atrae la mirada hasta sustraerla e integrarla al mundo de fábula sugerido. Nos parece que asoma de pronto un saltimbanqui convocado por un hada; que van a volar niños junto a libélulas y estrellas, que desde la pequeña iglesia atisban ojos transparentes y dominan el panorama en la cumbre. El cuadro es una explosión de amarillos que ayudan a formar la ingravidez que proporciona el azul... En esta pareja el amarillo es vida y luminosidad, y en el azul, el más inmaterial de los colores, el ojo se hunde en lo indefinido...

Por su parte, en “El color de las flores”, hay paz en el alma. Tal parece que las flores buscan el cielo llevando el himno de su gama, con un rosa mamón de brisa etérea y delicada. El color rosa que es la fusión del rojo y el blanco, aquí funciona como símbolo de regeneración que se da desde la antigüedad, al mismo tiempo que expresa la polaridad de los sentimientos de pureza y pasión.

LOS ABSTRACTOS DE MARÍA LOURDES

La ausencia de seres humanos, floresta y animales, se destaca en las acuarelas de María Lourdes Centeno. La ausencia de formas definidas, el desleído de blancos grises, azules... esa luminiscencia gradual y fantasmagórica puebla y llena el papel en sinuosas, místicas y espeluznantes presencias. Y disculpen el contrasentido en lo que digo porque hay ausencia y presencia. Un grito desde las entrañas de esas riadas se escapa. El espectador no puede sustraerse a ese silencio que cunde en las obras “Madre naturaleza” y “Deslave del Casita”, y a la vez no puede dejar de escuchar un quejido, un alarido de dolor e impotencia. El furor de la naturaleza se manifiesta implacable, descolorido como el sufrimiento.

El “Cristo del deslave No. 2” se deja ver impreciso y aún así logra sostener el peso del mundo que lo empuja hacia la tierra como si bajara a los infiernos, instantes después de morir; antes aún de ser físicamente enterrado. Todo está en la cumbre mística, desde donde el “Cristo” nos mira con esa serenidad que el espectador intuye desde lo más profundo de su ser e invade todos los espacios y los unifica. El Cristo observa, se abre, domina y arrebata nuestro espíritu, provoca introspección y hasta culpa. No hay detalle de ojos, de boca... mejor así, se deja ver con los ojos del alma. Espectador y autora se proyectan en Él. Hay una simbiosis imaginativa, sensible y religiosa.

En “El Cristo del deslave No. 3”, y en “Madre naturaleza”, el Cristo se hace evanescente; acaso con el agua tempestuosa; acaso con la tierra en el instante del cataclismo. Quizás se trate de un velo que arrastra la figura entre olas gigantes y la espuma...

María Lourdes es llevada por su pincel, la domina, y ella se rinde ante su imperioso mandato atemporal, árido, neblinoso, como si el sol se escondiera entre el mismo brochazo diluido, sinuoso e incierto.

EL COLORIDO DE OLGA MARADIAGA

Olga Maradiaga, nuestra artista de colores puros, es la que juega con los planos y las dimensiones en sus óleos.

En “La Virgen de Mercedes”, que es llevada en andas por sus devotos, están también la Purísima, San Jerónimo, la gigantona y los toros, ocupando las calles de la ciudad; incluso, parece que la ciudad es un tranvía, donde los seres humanos viajan mientras las tradiciones se enseñorean en las calles por los siglos de los siglos.

“Tradición leonesa” es una obra que realizó para ilustrar un cuento infantil de nuestro artista, poeta y narrador Mauricio Rayo. Aquí, el mundo del niño se nutre de todo el espectáculo permanente, que a lo largo del año y de los tiempos, escucha y presencia en la calle. La gigantona parece abrazar, esperar a todos con sus brazos abiertos.

“Gigantona en León” despliega su fuerte colorido de verdes y rojos en una amalgama de tradiciones que rebasa las calles. León es tradición en el lienzo; las leyendas y la gente parecen confundirse, la gigantona domina el panorama con sus brazos en actitud de baile, mientras todo León parece vivir ese hechizo bajo un cielo luminoso que aviva el colorido. El espectáculo es un derroche de alegría y da a entender que el leonés encuentra esparcimiento en su herencia, en los cuentos que contaron sus ancestros sentados en sus mecedoras en las aceras, donde las abuelas hacían despliegue de los relatos de sustos y de su religiosidad. El leonés ríe de sí mismo en un carnaval constante que pareciera ser frívolo, más encarna miedos y anhelos, lucha coloreada de leyenda y de folclor.

NUESTRA MARIANA

Ahora quiero finalizar dando una mirada a los óleos de mi recordada y gran amiga Mariana Sansón.

En la “Extraterrestre”, óleo sobre tabla, ella puso al ser de otro mundo en el rostro de una indígena terrestre como para ocultarla de los humanos. Su arreglo es como de reina y un tentáculo pícaro agita un sonajero que, a su vez, hace bailar a los pequeños mundos que exhala su mente.

En “La muchacha”, pinta a una quinceañera con arreglo de rosas, el mestizaje se manifiesta en su gargantilla indígena, desde donde sale una cadenita con la cruz. A los dos elementos les da significado e importancia pues están en el mismo lugar de su cuerpo, se muestran y hablan por sí mismas. Expresa, podríamos decir, el mestizaje cultural y religioso como lo hicieron los indígenas en la iglesia de Sutiaba, que si bien adoraban a Dios en la Eucaristía y veneraban a las imágenes de Cristo y de la Virgen (esculpidas por artitas españoles y sus discípulos indígenas), pintaron también al sol en el techo de la iglesia. Mariana coloreó en el rostro moreno de ojos grandes y boca carnosa, la confluencia de las razas; sin proponérselo, le salía desde su interior más profundo; cómo brotaron sus poemas, cómo bordó sus cotonas, cómo transformó los jícaros en pájaros, cómo recreó la naturaleza en sus instalaciones estereoplásticas. Mariana tuvo la sensibilidad de recibir al cosmos como arte y le dio otra cualidad, otro valor, además del propio.

“Pájaros y víboras” es de su “grafismo mágico”, que adaptó para madera pues originalmente los hizo a crayón sobre papel. Así como en su poesía, en este cuadro hay un enjambre de apariciones y seres, como si ella hubiera hecho un escrutinio de la mente humana con sus monstruos, pájaros gigantes, peces y mujeres que desafían la gravedad. El óleo está atravesado con barras que dividen, digamos, los recintos de la imaginación o de diversos módulos del tiempo.

*Escritora y pintora.  
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Pintoras en el corazón de León


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