El mesías de Georg Friedrich Haendel
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Virgen, talla en madera, Pedro Vargas. Colección Galería Josefina. |
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Joaquín Absalón Pastora
El público participa de pie acompañando a los coros en el aleluya, aleluya por cuanto ha llegado el imperio divino del señor representado por una sinfonía instrumental que sirve de introducción a su gloria. Es la entrada de “El Mesías” de Georg Friedrich Haendel.
Muchos compositores —de ayer y de hoy— tienen su aleluya, muchos también su “ave María”. Pero sólo a dos se les menciona con mayor frecuencia cada vez que es cantada el “ave María” en una sola voz o entonado en coro el aleluya, respectivamente: Franz Schubert y Georg Friedrich Haendel. Se concibe en éste una adorable variante de las formas y puede decirse a viento sin ser soprano, contralto, bajo o tenor, aleluya, aleluyá.
Esplendor ecuménico el de esta obra sobre todo cuando en el convivio de las gargantas se expulsan las energías interiores a favor de la imploración que parece tener imán para atraer al Mesías dando la impresión, de que otra ternura de la familia se ha sumado a la causa de la casa. El autor pasó por todas las vigilias de la creación. Igual emoción se cierne en la confluencia de los preceptores al explotar con vehemencia la coordinación coral del aleluya, en el que Haendel enarbola su manifiesto lleno de contradictoria violencia.
En varias ocasiones hemos disfrutado de este concierto que tiene el mismo reverente, jubiloso y temeroso estilo, “todos los valles se alzarán, la voz del que clama en el desierto anuncia alegremente cómo cambiará el mundo con la llegada del Mesías”.
Haendel en su tradición oratorial no se quedó solo. Al concluir el siglo dieciocho lo recogió Franz Joseph Haydn, con “La Creación” la historia cantada de la formación del mundo mientras en una percepción menos técnica y clasisista, Haendel proclama con su Mesías el nacimiento del cambio del hombre obedeciendo a los profetas: “La llegada del Salvador propicia los efectos del fuego y los purificará”. El extraordinario barroco resuelve la advertencia con una ponencia del bajo que “glorifica la luz que alumbra en las tinieblas”.
Conectemos al oído con el alma en diciembre y en Pascua con estas nunca olvidadas prendas de la música coral, tan viejas y tan presentes como el Mesías, estrenada con desbordante éxito en mil setecientos cuarenta y dos, dotado de cincuenta y dos números dentro de los cuales encanta el aria: “Yo sé que mi salvador está vivo”, melodía reproductora del temor de Job, como “La Pasión según San Mateo” de Juan Sebastian Bach un modelo espectacular de la música religiosa por la cantidad de artistas en su interpretación (solistas vocales, doble coro, orquesta y un bajo continuo que no descansa en su afán de endulzar la concentración. Música interiorista no obstante a pesar de la suntuosidad del montaje de larga duración. Otra obra a propósito de estas fiestas “La infancia de Cristo” de un compositor que se distinguió poco por dejar evidencias sucesivas de religiosidad en sus partituras, Héctor Beriloz. Tampoco puede dejar de oírse el “Gloria” de Antonio Vivaldi cuyo “gloria in excelsis” nos levanta del asiento y nos hace volar al cielo, pero dentro de tanta literatura mística, de tanto monumento coral, el más visible, sentido y popular es el aleluya, final de la segunda parte de “El Mesías”. 
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