Ernesto Cardenal cura rebelde y desencantado
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 | Comentario a las memorias de Ernesto Cardenal |
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Christopher Domínguez Michael*
Una fotografía memorable muestra al Papa Juan Pablo II reprendiendo al sacerdote Ernesto Cardenal, entonces Ministro de Cultura del Gobierno Sandinista, en el Aeropuerto Internacional de Managua. En esa imagen del año de 1983, que congela dos maneras excluyentes de comprender el catolicismo, el pontífice levanta el dedo índice y Cardenal lo mira con una sonrisa equívoca que no ha dejado de asombrarme desde que vi por primera vez esa fotografía. Veinte años después de esa escena, el poeta Ernesto Cardenal, hasta la fecha sacerdote suspendido por la Santa Sede, publica sus Memorias compuestas de tres tomos: Vida perdida, Las ínsulas extrañas y La revolución pérdida, este último aparecido en Nicaragua. Estamos ante un documento de primer orden para la comprensión de las esperanzas y los desvaríos de la cultura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Vida perdida (que alude a Lucas 9,24: “El que pierda su vida por mí, la salvará”) narra la educación literaria del poeta, así como los universalmente pueriles escarceos eróticos de la adolescencia. Más allá de la bohemia literaria centroamericana, un tanto empalagosa, al joven poeta le tocaron en suerte como cofrades protectores, escritores de primer nivel (Carlos Martínez Rivas, Ernesto Mejía Sánchez, Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho), lo mismo que estudios estimulantes en México en 1943 (donde fue amigo de Elena Garro y Octavio Paz) y en Nueva York. Pero Cardenal no puede sino fechar, en buena fe apostólica, su verdadero nacimiento en aquel día de 1957 en que ingresó al monasterio trapense de Getsemaní, en Kentucky, donde habría de encontrarse con Thomas Merton, el maestro de novicios que decidiría el curso entero de su vida.
Las páginas más significativas de la obra provienen del “Cuaderno del noviciado”, escrito por Cardenal durante aquellos años y recuperado para Vida perdida. Allí nos habla de la suciedad campesina de la Orden, del lenguaje de manos del que se servían los legos para comunicarse, de los productos comerciales que elaboraban los monjes y de las remotas noticias que recibían del mundo exterior.
Pocas veces ha quedado registrada de manera tan cristalina la naturaleza estrictamente teológica de una conversión cristiana al “marxismo”. En un párrafo que desarma por su candor, dice Cardenal: “Y como aquellos santos que han dicho que de no ser religiosos habrían estado en peligro de ir al infierno, yo digo lo mismo adecuándolo a la mentalidad actual: que habría sido burgués”.
Para salvarse del infierno del capitalismo, Cardenal se convierte en revolucionario, y sus Memorias en una autobiografía donde el capítulo de su conversión en Cuba es una letanía cuyo tema monástico es la repetición compulsiva de la palabra alegría. Tocará al escritor uruguayo Mario Benedetti, oficiante experto en tantos ritos de iniciación guerrillera, hacer de bautista en una página que vale la pena citar completa:
Me sacó a pasear por las calles Mario Benedetti, que vivía en Cuba. La Habana de noche era una ciudad oscura por no tener anuncios comerciales. Parecía que en la parte alta de los edificios hubiera habido un apagón. También podía parecer triste si para uno la alegría eran los anuncios de neón, las vitrinas de las tiendas, el bullicio, la vida nocturna. A mí me parecía alegrísima. Le dije a Benedetti: “Esa es la ciudad más alegre que he visto”. Toda la gente andaba bien vestida, y no había unos con un lujo insolente y otros con harapos. Y esto me pareció muy alegre. Por las inmediaciones de los grandes hoteles, las calles estaban llenas de gente, pero no había nadie comprando ni vendiendo nada. Sólo paseaban por las calles. Caminaban despacio y se veía que paseaban, y que nadie corría tras el dinero. No había taxistas acechando a los extranjeros, ni prostitutas, ni limpiabotas, ni mendigos. Y me pareció que una ciudad así debía llamarse ciudad alegre. Alrededor de esta ciudad no había un cordón de miseria, y me pareció que eso también hacía de Managua una ciudad muy alegre. Muchos dirán que La Habana es triste –le dije a Benedetti–, porque aquí no hay alegría burguesa, pero aquí hay la verdadera alegría. Las ciudades capitalistas parecen muy alegres en el centro, pero para los que no tienen un centavo allí, son un horror. La alegría es sólo para ricos, y esa alegría de los ricos además es falsa y es otro horror. Aquí yo veo la inmensa alegría de una urbe sin pobres, y la alegría de ser todas iguales. Le dije: “Me parece bellísimo. Yo me he retirado del mundo para vivir en una isla porque me repugnan las ciudades. Pero ésta es mi ciudad. Ahora veo que yo no me había retirado del mundo, sino del mundo capitalista. Ésta es la ciudad que le tiene que gustar a un monje, a un contemplativo, a cualquiera que en el mundo capitalista se haya retirado del mundo”.
En este punto de las Memorias, la economía dramática exigía de la aparición de Fidel Castro, quien, travestido en Mefistófeles, dedica algunas horas de su tráfago infernal a apuntar la conversión del Fausto nicaragüense, explicándole la identidad del cristianismo y del comunismo, falsos contrarios cuya empatía originaria sólo es visible al comparar su terrenal dominio con la anhelada Ciudad de Dios. Paseando por el malecón habanero en el automóvil del Comandante, Cardenal afina la naturaleza de su pacto: Fidel es al mismo tiempo el gobierno y la oposición en Cuba, el principio del poder y el ángel de la negación, esa fuerza, en fin, que siempre quiere el mal y acaba por practicar el bien.
Tras bañarse en las purificadoras aguas del Jordán castrista, el universo adquiere para Cardenal las dimensiones de una gigantomaquia medieval, plagada de desastres, de epifanías y de mártires. En la rancia tradición de interpretar las catástrofes naturales como señales divinas, Cardenal no tiene empacho en ponderar el terremoto del 22 de diciembre de 1972 en Managua, pues destruyó aquella Babilonia y permitió “una Navidad sin comercialización ni consumismo, en la que la tragedia hizo, al menos temporalmente, a todos iguales; y fue por lo tanto también una Navidad verdaderamente cristiana”. (II, 321). Tampoco están ausentes en el relato las estampas que remiten al venerable culto de las reliquias, como cuando los muchachos sandinistas desenterraron a una enfermera martirizada por la Guardia Nacional y le llevaron en procesión el cadáver (“que ya hedía mucho”, II, 335-336), a un cura adicto, quien hizo ante aquellos restos putrefactos “una de las misas más bellas de mi vida”, según cuenta un alborozado Ernesto Cardenal.
Por Solentiname, sitio de visita obligada, desfilará la corte de los milagros de la izquierda de los años setenta, desde aquel Julio Cortázar monstruosamente rejuvenecido por la Revolución hasta los últimos hippies, un sinfín de iluminados y aventureros, todos ellos hospitalariamente recibidos por el sonriente heresiarca de la comunidad, quien no tiene empacho en admitir que ninguno de sus catecúmenos conservó la vieja fe católica. A cambio, Cardenal tiene motivos más poderosos de fervor, y se alegra de haber hecho de Solentiname una escuela de mártires sandinistas. Pero en Las ínsulas extrañas, Cardenal va un tanto más lejos y los años de Solentiname registran un momento clave en la heresiología de la Iglesia de la Iglesia Católica en América Latina: la conservación de ciertas reglas monásticas, la misa transformada en un comentario comunitario del evangelio o la inclusión, en el canon apostólico, de nuevos textos sagrados (Lenín, Mao, Guevara) serán vistos con interés por los futuros historiadores de la religión.
Anastasio Somoza, uno de los más tristemente célebres señoritos de horca y cuchillo que han azotado América Latina, gobernaba Nicaragua hasta que fue derrocado en julio de 1979 por el Frente Sadinista de Liberación Nacional. Entre los conspiradores sandinistas se encontrará un activo, ingenioso y valiente padre Cardenal, quien sumará su nombre al espeso linaje de los curas, frailes y monjes revolucionarios latinoamericanos. Escudado en sus triple prestigio de sacerdote, poeta y familiar renegado de la oligarquía, Cardenal utilizará Solentiname, corriendo cada vez mayores riesgos, como santuario de los sandinistas. La Guardia Nacional acabará por allanar y destruir la comunidad, poco antes de esa insurrección victoriosa que elevará a Cardenal al Ministerio de Cultura.
El tono autohagiográfico de estas Memorias, sostenido con garbo doctrinario a lo largo de tantas páginas, es una variante latinoamericana de la Leyenda dorada. En el centro (y en todas partes) del libro está el Cardenal iluminado por la Buena Nueva, que habla de su vida perdida para el mundo (burgués) con la vanidad de quien se cree carne divina, libre de los errores y de las tentaciones, ajeno a todo cuanto sea la autocrítica o el examen de conciencia. A este sacerdote, una y otra vez, lo socorren los milagros cotidianos y sin ningún pudor ve la auxiliadora mano de Dios en los goles que anotaba de muchacho lo mismo que en su cuenta bancaria, providencialmente abonada (uno diría que por sus amigos ricos de Managua), cada vez que la quincena se agota y Solentiname necesita de recursos frescos en su calidad de Nueva Jerusalén. A la beatería medieval del relato se suman los tópicos más expresivos del kitscb revolucionario latinoamericano, así como la exhibición de la más grosera ignorancia del ABC del marxismo al que Cardenal dice haberse convertido. Estas Memorias prueban que la Teología de la Liberación tuvo o poco nada que ver con la trágica y rica historia del marxismo occidental: fue un avatar casi endogámico en el viejísimo cronicón de las herejías igualitarias y evangélicas del cristianismo. Cuando Cardenal habla del Chile de la Unidad Popular, del Perú del general Velasco Alvarado o de los orígenes de la insurrección sandinista, su cultura política sólo le alcanza para entonar un cántico donde la complejidad del mundo queda reducida a la simpleza primitiva de una batalla entre los pobres y los ricos.
Este clérigo puritano, que amenazó a los habitualmente ebrios comandantes sandinistas con derramar el alcohol por las alcantarillas a la manera del ayatolla Jomeini, debió de sentirse brutalmente decepcionado, no ante la derrota electoral de los sandinistas en 1990 (pues la democracia le es teológicamente ajena), sino ante la corrupción y el latrocinio que acabaron por hundir al régimen revolucionario. A reserva de leer La revolución perdida, tercera parte de la saga, es creíble pensar que Cardenal, tras corroborar que los sandinistas no resistieron al embrujo de mamón y la seducción de Babilonia, considere que su revolución sólo está transitoriamente extraviada en el pecado y que la fe de los profetas volverá a crear uno, dos, tres monasterios.
Ernesto Cardenal mismo conoce el valor de su sonrisa y la entiende como el principio de partición entre el estado monástico y la infernal vida de los otros. Todo redentor es un misántropo. Narrando en Vida perdida sus primeras horas fuera del monasterio de Getsemaní, dice Cardenal:
Veía en las calles a la gente como loca. Noté al mismo tiempo que o inspiraba desconfianza o recelo. Después entendí que sería porque estaba pelado al rape y habrían pensado que habría salido de un presidio o algo semejante. Y otra razón de la desconfianza sería porque estaba sonriendo. La inefable sonrisa de la trapa. Cuando me acercaba a alguien para preguntar por una dirección, por un precio, yo noté el contraste entre los rostros serios o adustos y mi expresión risueña. Sentía que trataban de esquivarme. Y entonces yo traté de acercarme lo menos posible a la demás gente.
*Redactor de Letras Libres, fragmento del comentario. 
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