Los Derechos Humanos a pesar de los pesares
Anabelle Sánchez
El recién pasado 10 de diciembre se celebró un aniversario más de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; a pesar de los pesares, porque los acontecimientos de los últimos días me llevan a valorar el poco aprecio que algunas personas tienen por los derechos humanos de sus conciudadanos, y los pisotean a su antojo como si el resto de la población fuese marioneta.
Los últimos acontecimientos han traído a mi memoria la escena típica que se vive en el colegio, entre chavalos de 8 ó 9 años. Es muy corriente encontrar en esas personitas infantiles el juego del manipuleo para medir fuerzas y llegar a ser el ganador. Con frecuencia se oyen frases como: “si jugás con ése ya no te hablo” o “si andás con fulanito ya no sos mi amigo”. Un manipuleo comprensible en personas que aún no han desarrollado plenamente el uso de su raciocinio y su libre albedrío es aún muy confuso e inmaduro. Sin embargo, entre personas que se autollaman responsables del destino de cinco millones de habitantes, no cabe esa conducta y menos aún manosear sus derechos constitucionales.
Todos decimos que vivimos el tiempo de los derechos humanos. Basta dos dedos de frente para darnos cuenta que hay un doble discurso en estas afirmaciones y de manera flagrante los derechos humanos de nuestros semejantes son conculcados. Siempre aprovechándonos del más débil —intelectual o físicamente— para satisfacer nuestros delirios de poder. Dice Max Scheler que “en ninguna época de la historia ha resultado el hombre tan problemático para sí mismo como en la actualidad”. Hay, pues, abundancia de palabras y declaraciones conviviendo con la falta de respeto hacia los derechos humanos.
¿Es posible vivir en paz? ¿Es posible armonizar justicia y libertad? Construir una sociedad justa, ¿depende de un orden artificial? A 55 años de la firma de la Carta de los Derechos Humanos, suscrita por casi todas las naciones del mundo, y en una época que será recordada como la que reflexionó sobre el carácter global de su existencia, se nos impone la urgencia de pensar en un mundo capaz de conciliar lo particular y lo universal, la persona y la sociedad, la libertad privada y las garantías públicas.
No ha sido claro desde un comienzo el respeto que le es debido a cada ser humano más allá de las evidentes diferencias que caracterizan a las personas en particular; son justamente estas diferencias —de sexo, edad, tamaño, rapidez, salud, capacidad, condición inicial, experiencia, conocimientos, carácter, etc.— lo que puede ser usado para fundamentar un trato injusto o prepotente. Cuando en una cultura una determinada diferencia es interpretada como ventaja, necesariamente esto implica alguna desventaja en el otro, justificando alguna forma de desvalorización. El gran reto para los nicaragüenses es el pleno reconocimiento de lo humano y la creación de un terreno apto para su despliegue; por eso la cultura de los derechos humanos empieza con la actitud de reconocimiento de la humanidad del otro.
Sin el fundamento de la naturaleza de la persona y sin reconocer la dignidad de cada uno, es posible incurrir en irresponsables omisiones o prepotencias inaceptables. Cuando la ideología reemplaza a la búsqueda de la verdad, hasta las mejores intenciones incurren en la prepotencia o la necedad y, por cierto, su fruto no es la justicia.
Tengo noticias de que la Ley de Participación Ciudadana aún se encuentra en la Asamblea Nacional. De cara a los últimos acontecimientos que han estremecido nuestra sensibilidad más profunda, la puesta en práctica de esta ley se hace cada día más perentoria. Urge que los simples ciudadanos que no ostentamos ningún cargo protagónico tengamos en nuestras manos una herramienta que nos garantice una mayor incidencia en las políticas de Estado, así como abrir canales donde nuestra voz tenga mayor eco. Es urgente que el pueblo se pronuncie sobre cómo ve y cómo quiere que funcionen todos los poderes del Estado. Precisamente la Constitución nos insta a hacer uso de nuestros derechos ciudadanos y a exigir su cumplimiento por parte de los responsables de turno, los cuales deben responder a quienes los eligieron y les dieron el poder.
No hay que caer en el defecto que señala Daniel Innerarity en su Dialéctica de la Modernidad: “la tecnificación de la política termina por corroer los cimientos del sistema democrático. Cada vez resulta más evidente que las decisiones políticas son adoptadas por una élite que sólo de manera superficial representa o corresponde a los intereses públicos”.
La autora es pedagoga.

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