LUNES 15 DE DICIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23303 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




La universidad del siglo XXI

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Humberto Belli Pereira
president@avemaria.edu.ni

Thomas Friedman, autor del libro “El Lexus y el Olivo”, posiblemente el “bestseller” que mejor explica lo que es la globalización, comentaba con ironía cómo las universidades de Marruecos gradúan cada año tantos graduados que no encuentran trabajo, por carecer de las destrezas que demanda el mundo moderno, que los marroquíes tienen ahora el “sindicato de los graduados universitarios desempleados”. El ejemplo corre el riesgo de extenderse a muchos países. Universidades que producen profesionales preparados para enfrentar desafíos de un siglo que ya pasó, producirán desempleados.

Dos factores revolucionarios que están cambiando el siglo XXI son la globalización y la revolución tecnológica acelerada. El primero implica el derrumbe de las fronteras y la multiplicación de los contactos y transacciones internacionales. El segundo hace que inventos que nos llenaban de asombro se vuelven viejos recién estrenados y que conocimientos, sobre todo aquellos de naturaleza especializada, se vuelven obsoletos dos o cuatro años después de producidos.

¿Qué implicaciones tienen estos cambios para la educación superior? Un artículo reciente del Harvard Business Review titulado “Liderazgo en un mundo cambiante”, decía que las universidades de hoy debían proporcionar un entrenamiento bicultural, enseñanza bilingüe, conocimientos sobre temas geopolíticos, y educación ética.

Desde la perspectiva de nuestros países el aspecto bilingüe significa que el inglés debe convertirse en parte central del currículo universitario. Un mundo globalizado reclama un medio de comunicación universal. Rubén Darío veía con aprensión profética este fenómeno a inicios del siglo pasado cuando en su “Oda a Roosevelt” se preguntaba: “¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?” La respuesta es que sí. El inglés se ha convertido en el idioma del siglo XXI. A inicios de los noventa el ministro de Educación de Bélgica provocó una gran polémica al decidir que el inglés sería el idioma oficial de las universidades de este país predominantemente francófono. Efectivamente, el inglés ocupa hoy el lugar que el latín ocupó en la Edad Media como idioma oficial de las universidades. Sólo aquél suministra acceso inmediato a las últimas investigaciones, publicaciones y conocimientos. Hay que decirlo sin rodeos: en el siglo XXI no se puede ser un profesional de primera sin dominio del idioma inglés.

Otro aspecto fundamental de la educación universitaria del siglo XXI es el renovado énfasis en la educación general y en el desarrollo de la capacidad de razonar. El mundo cambiante de hoy necesita profesionales con una base general científica y humanista que les permita adaptarse creativamente a los nuevos desafíos. Más que aprender unos conocimientos parciales, candidatos a perder vigencia al cabo de pocos años, el educando de hoy necesita aprender a pensar y aprender a aprender. Este tipo de habilidades se cultiva resolviendo problemas, filosofando, investigando, enfrentando, a través del método socrático, a profesores que sistemáticamente objetan nuestras razones a fin de aprender a sustentarlas mejor. La nueva educación ha de premiar la creatividad y la originalidad, obligando al educando a proponer soluciones inéditas. También ha de superar los prejuicios ideológicos que han hecho de muchas universidades trincheras de ideas izquierdistas, que todavía añoran al obsoleto Estado dispensador de bendiciones y desconfían de la libertad económica y la apertura de los mercados.

La educación ética es otro componente de la educación superior del siglo XXI, que quizás sorprenda a quienes creen que la globalización o modernidad implican un utilitarismo extremo donde la moral estorba. En un mundo en el cual los paradigmas políticos y económicos dominantes son la democracia y el mercado libre, la transparencia y la confianza se vuelven esenciales. Las naciones y las empresas que generan confianza atraen mucho más a los inversionistas, y pocas cosas generan más confianza que naciones, instituciones e individuos, que se rigen por códigos de ética exigentes. Desarrollar esta dimensión nos lleva de vuelta a una formación amplia que privilegia la filosofía, ya que la ética presupone un entendimiento adecuado de la naturaleza del hombre.

En suma, las universidades tienen que superar sus localismos y preparar profesionales capaces de ser buenos internacionalmente. La competencia se ha globalizado. Sólo las universidades capaces de responder a este reto serán un activo valioso para sus sociedades. Las que no lo logren serán lastres, presupuestados, cuyo aporte neto a la nación será la producción de sindicatos de desempleados.

El autor es rector del Ave Maria College of the Americas.
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