La captura del gran criminal
Cuando el administrador estadounidense en Irak, Paul Bremen, comenzó a informar en Bagdad sobre la captura de Saddam Hussein, no sólo la sala repleta de periodistas -en su mayoría iraquíes-, sino que todo Irak y el mundo libre en general estallaron en manifestaciones de júbilo por la captura del gran criminal.
La captura de Saddam Hussein es la más importante victoria de Estados Unidos y sus aliados —que libran actualmente en Irak una dura pero obligada guerra contra el terrorismo—, desde el derrocamiento del tirano de Bagdad a principios de abril pasado. Y es particularmente significativa la captura de Hussein, porque ha ocurrido precisamente cuando los aliados en Irak y el pueblo iraquí resisten la mayor ofensiva terrorista desde el comienzo de esta guerra. Y aunque, por supuesto, esto no significa que la lucha contra el terrorismo llega a su fin, sin embargo lo más probable es que a partir de ahora el proceso de normalización democrática de ese país entrará en una etapa de más rápidos y consistentes avances.
Es bien sabido que por lo regular la caída de un caudillo desmoraliza a sus seguidores y facilita su derrota. Al respecto es proverbial la leyenda histórica española acerca del Cid Campeador, que cuando murió por las heridas que sufrió en combate sus oficiales montaron el cadáver en su caballo, Babieca, sujetado por un palo, y lo situaron en lo alto de una colina para que lo pudieran ver sus tropas y no se desanimaran.
Este fenómeno es característico de cualquier cultura caudillista, porque los acaudillados siempre creen que su líder tiene poderes extraordinarios, inclusive sobrenaturales, y cuando lo ven caer como cualquier mortal se confunden, desmoralizan y desbandan.
Por otro lado, la captura de Hussein y su inmediata información al público por parte de las autoridades iraquíes, realza una vez más la sustancial diferencia que hay entre la democracia y la dictadura, y más aún respecto al totalitarismo.
En un régimen dictatorial o totalitario, como el que hubo en Irak hasta principios de abril de este año, o como el que impera actualmente en Cuba, Hussein habría sido asesinado en el mismo momento de su captura, o ésta hubiera sido conservada en secreto para matarlo después de torturarlo e interrogarlo, y anunciar su muerte como ocurrida “en combate”.
Aquí en Nicaragua se pudo conocer muy bien cómo actúan en esos casos los regímenes dictatoriales, tanto de derecha (el somocismo) como de izquierda (el sandinismo). En efecto, cuando efectivos de la Guardia Nacional capturaron al jefe del Frente Sandinista, Carlos Fonseca Amador, a principios de noviembre de 1976, lo asesinaron después de interrogarlo y hasta después hicieron público el hecho, mediante la versión oficial de que el líder revolucionario había muerto porque se resistió a ser capturado. Por su parte, durante el régimen sandinista, “combatientes” de la Dirección General de Seguridad del Estado (DGSE)) asesinaron al líder empresarial democrático, Jorge Salazar —también a principios de noviembre, pero de 1980—, después que le montaron una provocación y lo emboscaron cerca de El Crucero. Y la información oficial que dieron los gobernantes sandinistas fue que tuvieron que matar a Salazar porque se resistió, arma en mano, a ser capturado por las autoridades.
En realidad, Estados Unidos pudo haber mantenido en secreto la captura de Saddam Hussein, sacarle toda la información posible, asesinarlo e informar al público que lo mataron en combate; lo que todo mundo pudo haber creído porque el mismo genocida de Irak había dicho que sólo muerto lo podrían agarrar los estadounidenses. Pero en la democracia los principios son mucho más importantes que las conveniencias, de modo que Estados Unidos prefiere que Saddam Hussein esté vivo, y llevarlo ante la justicia, aunque se tenga que pagar un alto costo político porque la izquierda mundial —que tiene gran influencia sobre los medios de comunicación— ejercerá sin duda toda clase de presiones a favor del singular prisionero.
En todo caso, Saddam Hussein debe ser juzgado lo más pronto posible, y necesariamente en un juicio sumario debido al carácter de sus terribles delitos; y el tribunal que lo juzgue debe aplicarle la pena máxima, que es con lo menos que se debe castigar al genocida de Bagdad, sobre cuya conciencia pesan millones de personas víctimas de sus funestos desvaríos.

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