JUEVES 11 DE DICIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23299 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El árbol en la vida y en la Navidad

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Ana María Ch. de Holmann

Desde tiempos inmemoriales el árbol ha tenido un sentido muy especial por los múltiples usos que llena para las necesidades del ser humano.

El culto al árbol se practicaba desde los siglos segundo y tercero antes de Cristo, entre los pueblos indo-europeros que se formaban y se expandían en Europa y Asia.

En esa lejana era tenían al árbol como un verdadero símbolo de vida, de fuerza de la naturaleza, de fecundidad, de sobrevivencia, de la expresión real y viva que da el fruto de la madre tierra. En ese entonces en muchos pueblos el fuerte roble era el árbol rey y el árbol del manzano, símbolos del bien y del mal, que fueron usados en su época como árboles de Navidad, y luego fueron sustituidos por el abeto para el propósito navideño, quizás por su forma triangular, que sería representativa de la Santísima Trinidad: el Padre en la cúpula, el Espíritu Santo como alas por sus ramas extendidas, el Hijo en el tronco como lo anunció el profeta Isaías 800 años antes de la venida de Cristo: “Del tronco de la poda de un árbol brotará un retoño de la estirpe de David”.

La tradición del árbol de Navidad se remonta a mediados del siglo XVI, comenzando esta costumbre en la Germania Central donde se asegura dio inicio por influencia de Lutero y con un carácter religioso y cristiano, muy austero y ceremonial, con el objeto de recordar y reflexionar acerca del período de Adviento que comprende los cuatro domingos anteriores a la fiesta en que la Madre de Dios alumbró la Luz del Mundo .

Para llevar a cabo este propósito se cortaba un árbol de abeto el primer domingo de Adviento, se le colocaba en el lugar principal de la casa y se colgaban de él diferentes clases de frutos, predominando las manzanas, símbolo del pecado y de la desobediencia de nuestros primeros padres en el árbol del Paraíso Terrenal.

Estos frutos no debían tocarse ni comerse sino hasta después de la medianoche, en una cena familiar, para conmemorar el advenimiento del Mesías, pues si bien por el pecado perdimos la libertad y la gracia, ese día de nuevo la recuperamos por medio de las promesas, por las que alcanzamos con la venida de Jesucristo, Salvador del género humano.

El árbol es símbolo del pecado, que es muerte y, también símbolo de vida, que es gracia. En los países nórdicos el abeto se usa para dar calor en las noches frías de invierno. Durante todo este tiempo se adormece, aunque siempre guarda su verdor de esperanza. A pesar de los pesados y fríos copos de nieve que quieran doblegarle, siempre está erguido y recto, apuntando al cielo, buscando a Dios que es toda esperanza, misericordia y amor.

En nuestra tierra cálida y acogedora el madroño es nuestro árbol nacional, nos acompaña en nuestras necesidades y en nuestras alegrías, siempre está presente en las fiestas de diciembre y su aroma es como sentir la presencia de María, la predestinada para ser Madre Universal de todos los que serían redimidos al dar a luz a Cristo. Sus ramas se visten de blanco como copos de nieve anunciando la gran alegría que será para todos los pueblos: la alegría que ha de nacer un Salvador que es el mismo Cristo y Señor a quien el Padre envió al mundo: “Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta las partes más lejanas de la tierra”. Hech.13.

Estas diferentes expresiones, aspectos y significados del árbol navideño han venido sufriendo transformaciones, las que siguen el transcurso del tiempo y las modalidades de cada lugar, cultura y tradición. Por ello, los adornos que se le cuelgan varían su estilo según estas circunstancias, siendo las más caracterizadas las bolas de colores que sustituyen las manzanas y frutos del árbol, las campanitas que representan la alegría de la venida de Cristo, las lucecitas que anuncian la luz pues ha venido al mundo, la estrella que simboliza el camino que nos ofrece el Redentor, las cintas y festones que muestran la unión del Padre con la humanidad por medio de su Hijo enviado por Él a la tierra con su misión de paz y amor, fortaleciendo y confirmando los designios de Dios en la fiesta de toda la cristiandad.

Hagamos un lugar en nuestra casa para un árbol austero y significativo, sin pretensiones ni lujos superfluos e importados, un árbol que nos recuerde que de una manera u otra somos oprimidos por nuestras propias debilidades y pasiones, de las que necesitamos ser liberados.

Mirar al cielo como el árbol que siempre apunta al infinito, se mece pero no cae, busca a Dios en lo celeste.

Cuidemos nuestros árboles; el Señor nos los ha regalado para cubrir nuestras múltiples necesidades, de los que el Señor se vale para que hagamos uso de ellos.

La autora es protectora de la naturaleza.
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