El lejano sueño de la democracia
Jaime E. Rodríguez R.
La democracia que sueñan erigir algunos o muchos nicaragüenses, no nace simplemente de un enunciado constitucional sino de las profundas contradicciones que por décadas ha tenido este sacrificado y heroico pueblo. En cada generación se ha derramado la sangre de nicaragüenses sin distingo de colores ideológicos, por el anhelo de una Nicaragua mejor y con oportunidades para todos. La democracia, más que un enunciado constitucional es una decisión del soberano pueblo de Nicaragua que tiene que ser respetada y hacerse respetar.
Sin embargo, ¡qué lejos estamos los nicaragüenses de hacer realidad ese sueño! Si la evaluamos por los resultados definitivamente se reduce a ese enunciado constitucional. Aunque haya una separación nominal de los poderes del Estado, realmente siguen concentrados en un verticalismo autoritario. Sólo que esta vez, a diferencia del pasado, no se concentra en una sola persona sino en dos.
Antes, de forma más burda y primitiva la enseña del fusil Garand y, más recientemente, del AK eran el símbolo de la represión y la garantía para controlar el verticalismo autoritario de los poderes del Estado. Hoy existe una forma más evolucionada de lograrlo con la misma eficacia, sin que sea la represión materializada en la figura del guardia o del compa. Forma sutil capaz de adormecer al pueblo bajo la anestesia de la legalidad y legitimidad aparentes, demostrando su eficacia con la igual o quizá peor indefensión del pueblo. Me refiero al manoseo a la Constitución y las leyes del país producto del pacto.
Hay derecho constitucional para elegir y ser elegidos para los cargos públicos. Sin embargo, se limita y condiciona este derecho. Se impone por quién votar. No se deja elegir. Se inhibe con la eficacia infalible del sustituto del Garand y del AK, capaz de cruzar rayas, de agregar condiciones y añadir prohibiciones en las reglas del juego o desde el mismo partido político al que se pertenece se purga. Le tienen pánico a que el pueblo elija.
Se puede argumentar la irrestricta libertad de expresión como una característica de la democracia. Sin embargo, esta libertad de expresión no es un fin per se. Es de doble vía. Es el vehículo que transporta la voluntad del soberano para que sea oído y retroalimentado. Si el pueblo no obtiene respuesta la libertad de expresión, por muy irrestricta que sea, no cumple su objetivo. Hay que valorar entonces si el nicaragüense ha sido escuchado cuando reclama la despartidización y despolitización de los poderes del Estado, el desmontar el pacto libero-sandinista, la democratización de los partidos políticos, la igualdad de todos los nicaragüenses ante la ley, la verdadera institucionalidad y un categórico Estado de Derecho donde prevalezca la justicia por encima de la ley, como principio universal.
La representatividad en nuestra democracia es una burla. Cada cinco años se llama a los ciudadanos a ejercer su preciado derecho al voto. Se elige a quienes van a representar la voluntad popular. Sin embargo, los representantes del pueblo se pliegan a la voluntad de los cabecillas y no escuchan la voluntad popular, pierden la legitimidad de representar al pueblo que los elige. ¿O acaso hay que admitir que la voluntad de estos cabecillas es la voluntad del pueblo? Cada vez que se les oye hablar se arrogan ser la conciencia de esta voluntad. ¿De qué sirve ir a las urnas a gastar tantos millones, siendo el voto más caro de Centroamérica, si es que no de todo el continente, si al final se hace lo que los cabecillas deciden?
Si se evalúa por los resultados lamentablemente se encuentra un país que sigue siendo víctima. Que sigue siendo el más pobre después de Haití. Un país que vive de la caridad internacional y que no le genera oportunidades a su gente. Un país con grandes sueños enfrentando grandes decepciones. El nicaragüense, abnegado y trabajador, sigue emigrando como antes lo hizo y, en busca de esas oportunidades que no encuentra en su tierra, vuelve a ser humillado en donde llega, al igual que lo fue ayer cuando dominaba el Garand o el AK.
¿Cuánto hay que agradecerle a estos “líderes” por los resultados de la democracia que gozamos? El pueblo tiene el poder de elegir un nuevo liderazgo que haga de Nicaragua un país con oportunidades para todos. Qué Dios bendiga y salve a Nicaragua.
El autor es ex seminarista, administrador de empresas y abogado.

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