Especial
La esperanza llegó al Río Coco
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La ONG Alistar ejecuta un programa del Ministerio de Familia, por el que asiste a 1,500 niños de las comunidades del Río Coco. Los menores juegan, comen y comienzan la educación en sus centros. Sólo cubre una mínima parte de las necesidades de estas poblaciones, pero es casi la única ayuda que reciben |
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Juan Ruiz Sierra juan.ruiz@laprensa.com.ni
La comunidad miskita Kisalaya, en la ribera del Coco, tiene una iglesia morava. Es un sencillo edificio de una sola estancia, hecho de tablas, como todas las construcciones en este lugar. Paredes, suelo, bancos, púlpito y cruces de madera. Hasta hace tres meses su única función era la de servir para las ceremonias religiosas. Ahora, 100 niños de 0 a 6 años utilizan también este espacio.
El templo se ha convertido, de manera provisional en un Centro Infantil Comunitario del Programa de Atención Integral a la Niñez Nicaragüense (Painin), una iniciativa del Ministerio de la Familia. Este programa pretende atender las necesidades de los niños en situación de vulnerabilidad, desde su gestación hasta su ingreso en la educación primaria.
Mientras no se levante una casa específica, la iglesia servirá para que los menores jueguen, duerman, coman y se eduquen durante ocho horas al día. Hay rompecabezas, lápices de colores y juegos infantiles desperdigados por el suelo.
Cuatro palos y un techo se encuentran detrás de la iglesia. Dos mujeres trabajan con sendos gorros blancos y mascarillas faciales, como si fueran personal sanitario. Pero no lo son; se trata de cocineras que preparan un abundante gallo-pinto. El fuego está hecho con ramas de árboles y sale humo en todas direcciones.
La entrega de alimentos a los niños ha servido de reclamo inicial para las madres. Como explica María Eusebia Onil, una de las trabajadoras de este centro, “muchas han comenzado a traer a sus hijos debido a la comida que les damos”.
DESNUTRICIÓN EN LAS RIBERAS DEL RÍO
Joel Dixon Panty nunca probará ese gallo-pinto. Murió desnutrido hace menos de un mes, a la edad de dos años. Otros muchos corren el mismo riesgo. Gary Brunneth, Axora Lindan y Carina Reyes están sentados en uno de los bancos del santuario. No se relacionan con el resto de compañeros; tienen la mirada perdida, la lengua fuera y una barriga inflada como una pelota de baloncesto. Se hallan gravemente desnutridos.
Esta escena se repite en los demás centros del Painin de la región del Río Coco. En San Carlos, las encargadas de cuidar y educar a los niños se pasan en cadena a los menores en peor estado, hasta hacerlos llegar a los visitantes. Están ansiosas por enseñarlos. “Dionisio Barro. ¡Desnutrido!”, dicen a modo de presentación. “Josdine Martínez. ¡Desnutrida!” “Michael Saltan. ¡Desnutrido!” La misma dinámica prosigue durante treinta minutos.
Para estos menores, el Painin supone un pequeño faro de ilusión. Tienen asegurada una comida al día, un tercio de las calorías que necesitan. No es mucho, pero es algo.
“AQUÍ TODO ES MÁS DIFÍCIL”
El Painin, que atiende a 87,000 niños en la actualidad, comenzó a caminar en 1998. Para ejecutar sus proyectos contrata a ONG, previo proceso de licitación pública. Alistar, que trabaja en la zona desde 1996, ha sido la organización escogida en el municipio de Waspam. Pero este programa del Ministerio de la Familia apenas lleva tres meses aplicándose en las remotas comunidades miskitas, donde asiste a un total de 1,522 niños.
“Aquí todo es más difícil”, dice Cecilio Ponce, el gerente de proyectos de Alistar, un hombre parlanchín y bromista, que habla un rudimentario y cómico miskito cuando visita la zona.
NATURALEZA OFRECE OBSTÁCULOS
El transporte, por ejemplo, es mucho más arduo. Los alimentos vienen de la capital, pero, con las fuertes lluvias invernales, la ruta Managua-Puerto Cabezas-Waspam se encuentra en pésimo estado. Los responsables del proyecto en este municipio costeño llevaban, en la última semana de noviembre, varios días esperando el cargamento de comida.
Cuando llegan los víveres comienza una nueva odisea: trasladarlos hacia las comunidades, Río Coco arriba, a bordo de una panga motorizada. La gasolina escasea en esta región y es, como casi todos los demás productos, bastante más cara que en la región del Pacífico. Si un galón de combustible cuesta 34 córdobas en Managua, el precio en Waspam es de 43, y en San Carlos, una comunidad río arriba, hay que pagar 55 por tan preciado líquido. Debido a la dificultad del transporte, precisamente.
La cultura también conlleva un grado extra de dificultad. “No creo que las comunidades hubieran aceptado este proyecto de la misma forma si aquí sólo trabajase gente de la región del Pacífico”, argumenta Laura Hammer, la responsable del programa en la zona del Río Coco. Hammer es una mujer miskita con amplia experiencia y respeto en el territorio. Mucha gente la llama tía en las comunidades, y hay algo de paternalismo en su forma de tratar a los lugareños.
Sin embargo, pese a la experiencia de Alistar en esta región y de la procedencia miskita de la mayoría de sus trabajadores en el municipio de Waspam, se ha cometido algún error de apreciación cultural. Cuenta Cecilio Ponce que compraron cunas para que los niños pudieran dormir en los centros. “Cuando llegamos a las comunidades todo el mundo nos dijo que hubieran preferido hamacas. Es su costumbre”.
Los centros del Painin en el Río Coco se encuentran en peores condiciones que las más desvencijadas escuelas públicas de Managua. En realidad, ni siquiera puede decirse que sean centros en sí mismos. La mayor parte son como el de Kisalaya: iglesias y guarderías al mismo tiempo.
El Ministerio de Familia ha dado al Painin un total de 31 millones de dólares para un período de tres años que termina en 2005. Casi todo ese dinero –25 millones– proviene de un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El resto procede de los gobiernos nicaragüense, noruego e italiano. Sin embargo, apenas se han construido centros del Painin en las comunidades, cuyas casi únicas edificaciones son viviendas e iglesias. Así que los centros, en su mayor parte, están en los templos.
IMPACTO POSITIVO
Pero esto es el Río Coco. El hecho de que haya lugares donde poder dejar a los bebés y a los niños de edad preescolar y que, asimismo, les den de comer, supone un cambio profundo. “Ahora las mamás solteras pueden ir a chapear el monte, porque dejan a sus hijos aquí”, señala María Eusebia Onil, la trabajadora del centro de Kisalaya. “Es la primera vez que entra un proyecto en esta comunidad”, añade Emilio Pantis Chow, el coordinador de la misma localidad, mientras agujerea la parte superior de un coco.
Tras el Painin llegó la ONG Pana-Pana. Tenía como objetivo instalar paneles solares para proporcionar electricidad a Kisalaya, donde sólo la ocasional luz de la linterna de algún campesino hace frente a la completa negritud nocturna. El alquiler de los paneles cuesta, al mes, 68 córdobas por casa. Sólo se ha instalado uno en la comunidad; sólo una familia ha podido hacer frente al pago.
El proyecto del Painin, por el contrario, no implica ninguna contrapartida. Las trabajadoras de sus centros, todas de las propias comunidades, ganan una modesta cantidad: 900 córdobas. “No lo deben tomar como un salario. Es algo simbólico”, les dice Cecilio Ponce, de Alistar.
“No sabe el bien que este programa hace a la comunidad”, apunta María Eusebia Onil, la trabajadora del centro de Kisalaya. Puede que lo diga condicionada por la presencia de Ponce y del periodista, pero su tono de voz parece sincero.

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