La vaca
 |
|
|
Pintura de Efren Medina. Oléo sobre tela “Toros y luna”. |
| |
Mercedes Gordillo*
Don Joaquín Mendoza solía sentarse por las tardes en una butaca del amplio corredor de su casa-hacienda, situada frente al lago de agua dulce Cocibolca, de color acerado y abundantes crestas blancas en forma de pequeñas olas. Desde allí divisaba un espléndido paisaje con dos volcanes al fondo, así como grandes pastizales de su finca de ganado El Suceso.
El hato era numeroso, alrededor de dos mil reses entre toros, sementales, toretes, vacas paridas, terneros y vaquillas.
Desde la muerte de su esposa Mélida y de su único hijo, ocurrida durante el parto, don Joaquín vivía entregado al trabajo en el campo, acompañado por el administrador y unos cuantos campistos. Entre ellos Mario Rocha, un joven nacido en la hacienda, recogido por don Joaquín a la muerte de sus progenitores ocurrida durante un naufragio. El señor Mendoza trató siempre con esmero al huérfano, a quien veía casi como al hijo perdido. Sin embargo, a pesar de los gestos bondadosos que recibía, el niño era bastante hosco, miraba siempre de lado, nunca directamente a los ojos, hablaba poco y como a disgusto.
Don Joaquín recorría diariamente la propiedad en compañía de Mario, montados en sus respectivos caballos traídos del Perú, de paso corto y ligero.
Solían hablar de asuntos relacionados con la finca: el nacimiento de un ternero, el ordeño, la tarea de marcar con hierro candente a las nuevas crías.
Una mañana les avisaron que una vaca estaba pariendo su primer vástago, fueron a verla a un potrero cercano.
El parto se desarrollaba normalmente, don Joaquín vio salir del vientre materno una linda ternera igualita a su mamá. Entusiasmado dijo:
–Qué animalita más preciosa, su cabeza, las orejas, la nariz, con el cuerpo y las patas pintadas de medio luto–.
–Será una gran vaca lechera vaticinó, por su color blanco y negro, inteligente además dijo con firmeza. Cuando don Joaquín mencionó estas palabras, la ternerita giró la cabeza hacia él. Decidió llamarla Día y Noche–.
Desde el mismo momento de su nacimiento, el animal se convirtió en el mimado de la hacienda. Don Joaquín vigilaba la higiene de las tetas maternas, limpias y rosadas, mientras acariciaba la pancita de la ternera y le daba a oler su mano, para que el animal se acostumbrara a conocerlo por el olfato.
A medida que pasaban los días, día y noche esperaba a don Joaquín bajo un árbol de chilamate, solía recibirlo con un mugido cariñoso. Don Joaquín parecía rejuvenecido. Un día le confesó a Mario que consideraba a la nueva ternerita como a alguien de la familia. Convertida en vaquilla el animal lo seguía en su recorrido diario. Por esos días Mario Rocha pareció más huraño que nunca.
Don Joaquín tenía 72 años cumplidos. Una mañana inesperadamente cayó al suelo, sufrió un desmayo acompañado por un fuerte dolor de pecho, tenía el pulso acelerado, acaso un infarto, pensó Mario, el señor murió en forma rápida. Momentos antes alcanzó a decirle a Mario con voz agonizante:
–Hijo no vendas nunca esta propiedad, ni a día y noche. Te dejo todo lo que tengo y expiró–. Rocha tenía entonces veinte años. Después del entierro y pasados los días de rezos acostumbrados, el joven comenzó a ejecutar fríamente sus planes. Durante años había aguardado impaciente la muerte del señor Mendoza, soñaba convertirse en propietario de aquel paraíso. El joven decidió vender la mayor parte de la hacienda con el ganado incluido. Conservó la casa y una pequeña parcela. Con la renta obtenida no tendría que trabajar nunca más, comentaba muy satisfecho. Se casaría pronto con una novia que vivía en los alrededores de la finca, embarazada de tres meses.
En la casa, ordenó quitar los retratos familiares de don Joaquín; compró muebles nuevos, como queriendo borrar recuerdos del pasado, incluso despidió a viejos empleados. Algunas veces se le oyó exclamar en tono despreciativo.
–Don Joaquín Mendoza era un viejo avaro, ignorante y bruto. Incapaz de distinguir entre un hombre y una vaca–.
Lo único que conservó de las pertenencias del señor Mendoza fue a Día y Noche, a quien no veía desde la muerte de su dueño. Le informaron que estaba por parir, convertida en vaca adulta.
Un día mandó a recoger al potrero conduciéndola a una barraca vieja, un establo abandonado en el patio trasero de la casa.
Meses después le informaron que Día y Noche había dado a luz un ternero macho. Pero Mario Rocha nunca se acercó a verla. Algunas tardes se acordaba de ella cuando la escuchaba mugir tristemente. Poco a poco la vaca cayó en el olvido. Seis meses más tarde Mario se había convertido en orgulloso padre de un bebé regordete parecido a él, estaba muy feliz.
–Mi hijo tendrá un verdadero padre, solía decir. No será un recogido como yo comentaba con su esposa–.
Proporcionaba toda clase de mimos al niño, lo dormía junto a su cama, sonaba chischiles y cascabeles para distraerlo, instaló un abanico eléctrico de pie en la habitación para que no sufriera de calor. De pronto recordó que don Joaquín había pronosticado que Día y Noche sería una gran vaca lechera por tener el cuero blanco y negro.
–“Blanco, para rechazar los rayos dañinos del sol, negro, para atraer lo mejor”, aseveraba el señor Mendoza. Una mañana Mario dispuso ir personalmente al establo y ordeñar la vaca para que su hijo tomara la mejor leche–.
Se levantó al clarear el alba, llevaba un balde limpio en su mano. Cuando entró al corral techado Mario casi no pudo reconocer a Día y Noche: tenía su cuerpo lleno de abundantes pelotas de tórzalos visibles bajo el cuero, flaca, se le podían contar las costillas. Su ternero había muerto repentinamente el día anterior, la vaca se mantenía inmóvil mientras espantaba moscas con la cola. Tenía una mirada diferente, lánguidas y las ubres inflamadas de tanta leche retenida.
Mario se acercó despacio, se sentó en un taburete y comenzó a ordeñar el líquido. Llevaba medio balde recogido cuando la vaca volteó la cabeza hacia él. De pronto su expresión bucólica cambió de repente, parecía enfurecida y amenazante. Con sus patas traseras tiró el balde y el taburete, se lanzó sobre el cuerpo de Mario quien cayó al suelo bocarriba.
En cuestión de segundos, el animal levantó y bajó su cabeza, colocó sus patas delanteras muy juntas sobre el tórax de Rocha. Comenzó a hundir los finos cascos sobre su pecho, con un ritmo veloz, parecía imitar pasos repetidos de una bailarina. Un casco primero, otro después, actuaban como filosas navajas, produciendo múltiples heridas, que rápidamente cubrieron de sangre el cuerpo del hombre. La vaca emitía mugidos de bestia salvaje, mientras Mario pedía auxilio.
Al escuchar los gritos, la esposa acudió apresuradamente. Aterrada, vio el cuerpo de su marido tirado en el suelo, con ojos de horror, abiertos, fijos, sin vida.
* Escritora 
|