Sobre el misterio de la conducta humana
Jorge Huete huete@ns.uca.edu.ni
Desde que tiene conciencia el hombre ha estado obsesionado con su condición humana. Con la reciente descripción del genoma humano todos los ojos se han postrado sobre la posibilidad de explicar la conducta humana a partir de nuestra constitución genética.
¿Hasta qué punto el comportamiento, normal o patológico, está regido por los genes? ¿cuánto del éxito, culpa y fracaso es atribuible a los genes?
El explosivo avance de la biología molecular y los últimos adelantos en análisis genético han proporcionado infinidad de ejemplos sobre la importancia que tienen los genes para explicar la constitución biológica de un ser vivo, sus posibilidades o deficiencias metabólicas o cognitivas.
Hoy se sabe de genes que afectan el comportamiento habitual de las personas como en la bipolaridad, la fenilcetonuria y la esquizofrenia. Se sabe también que la presencia de un cromosoma 21 adicional está asociada al retraso mental por síndrome de Down, así como también una mutación en este mismo cromosoma 21 puede causar demencia de Alzheimer en adultos.
Los genes, heredados de padre y madre son fragmentos de ADN que contienen información sobre una característica física determinada, como el color de los ojos o la altura. Del mismo modo se pueden señalar los genes causantes de algunas enfermedades monogenéticas en las cuales sólo hay un gen defectuoso asociado a ese estado, como la degeneración cerebral por mal de Huntington.
Sin embargo, en términos genéticos no todo es tan fácil de explicar como el color de los ojos. La conducta y características individuales humanas no pueden explicarse de forma suficiente desde el funcionamiento de un solo gen, sino con la interrelación de múltiples genes. Esto no debe sorprender a los investigadores, puesto que sólo en el movimiento de una simple bacteria se requiere la función de más de 40 genes. Es fácil suponer el elevado número de genes que intervendrían aún en las conductas más simples de un ser humano.
Es en estos sistemas de múltiples genes en los que subyace la susceptibilidad a padecer determinadas enfermedades o a adoptar ciertas pautas de comportamiento. Investigaciones en el campo de la genética de la conducta han demostrado la base genética de una vasta cantidad de conductas como el alcoholismo, la agresividad, impulsividad y la homosexualidad, entre otras.
No obstante, la genética no lo es todo. Los genes contribuyen, sin duda, a modelar la conducta, pero también influyen profundamente los procesos de desarrollo, la cultura, el contexto social y el entorno. Tómese el caso del llamado “gen de la inteligencia”. Si bien es cierto que ya se han descubierto genes relacionados con la capacidad intelectual de un individuo, la verdad es que el consenso de los genetistas del comportamiento es que la inteligencia viene condicionada a la interacción correcta y oportuna de un cantidad indeterminada de genes y factores ambientales.
La existencia de una enorme cantidad de estudios sobre la relación entre genes y conducta ha conllevado al resurgimiento de una nueva corriente de “determinismo genético” –la suposición de que son los genes los únicos determinantes de la conducta. Este determinismo, por lo general, se presenta acompañado de un trasfondo ideológico.
Los problemas de desigualdades sociales, presentados como efectos de índole genética adquieren inmediatamente el color de lo innato, lo inalterable, contra lo que nada puede hacerse. Pero lo cierto es que mientras más se conoce de genes y del entorno, mayor relevancia adquieren las acciones educativas y ambientales que contribuyan a incrementar el rendimiento, aprendizaje y niveles de salud de todos los individuos de una población.
Otra tendencia malintencionada es la sugerencia de nexos entre la raza de un individuo y su coeficiente intelectual o entre grupos raciales y la propensión a la criminalidad. La genética de la conducta descalifica más bien los intentos de atribuir a causas genéticas las diferencias cognitivas entre grupos raciales. Aun más, a la luz de los aportes del genoma humano, queda claro que, en cuanto a personalidad, capacidades cognitivas y sicopatologías, las diferencias únicamente son comprensibles al nivel de comparaciones entre individuos y no de comparaciones entre grupos raciales o sociales.
Se espera que los avances de la genética molecular revolucionen significativamente la sicología y la siquiatría. El impacto más importante se dará probablemente en la comprensión de las bases neurobiológicas de las diferencias entre individuos y un mejor entendimiento de las causas de las enfermedades. Este progreso, junto al de otras ciencias modernas, tendrá que ir de la mano de la sensatez y la ética si se quiere avanzar hacia una sociedad cada vez más justa y solidaria.
El autor es doctor en Biología Molecular.

|