LUNES 1 DE DICIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23289 / ACTUALIZADA 2:30 am





EL HUMOR DE




El rap triste de los escombros

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La gente que vive en el local de la antigua Lotería Nacional sufre mucho.

 

Stefan Boss
nacionales@laprensa.com.ni

Viviendo a cuatro cuadras de la Casa Presidencial, en Managua, Damaris Lanuza no se puede quejar de la poca atención de los políticos. “Aquí vienen los alcaldes, aquí vienen los presidentes con la promesa de que si ellos ganan las elecciones, nos sacan y nos dan vivienda. Todos han pasado, aquí ha pasado Daniel Ortega, ha pasado doña Violeta (Chamorro), ha pasado don Arnoldo (Alemán)”, dice con la entonación de una cantante de rap.

El presidente actual, Enrique Bolaños, también le prometió sacarla del edificio escombroso, donde antes del terremoto de 1972 eran las oficinas de la Lotería Nacional de Asistencia Social.

Los muros están cuarteados y cuando llueve, el agua chorrea del techo. Damaris y su familia viven allí desde hace 12 años y nunca recibieron ni una vivienda ni un terreno.

Algunos “pisos” están separados por persianas enrollables, las paredes de las “habitaciones” consisten en láminas de zinc o muros de ladrillos, que no llegan al techo.

VIVE DE REMESAS

“Me voy a morir con el deseo de tener una casa propia”, lamenta Damaris, quien comparte la misma “vivienda” con sus cuatro hijos, tres nueras, un yerno y, además, tres nietos.

“Toditos estamos montados aquí, imagínese, ya como tipo animal”, comenta. Si ocurriera un terremoto, el antiguo “palacio de la suerte” se podría convertir en un palacio de la muerte y, por eso, la familia duerme “más o menos con las puertas abiertas”.

Una hija que está en Costa Rica es quien sostiene a Damaris.

Hay cerca de 700 familias que viven en los escombros de Managua, dice Clemente Balmaceda, Director General de Normas de Construcción y Desarrollo Urbano del Ministerio de Transporte e Infraestructura (MTI).

“Como prioridad uno tenemos que reubicar a 350 familias”, informó Balmaceda, refiriéndose a la demolición de tres edificios multifamiliares que están frente al Ministerio de Gobernación y a otros ubicados frente al Ministerio de Relaciones Exteriores.

Las 350 familias que continuarían viviendo en los escombros, están en edificios pequeños, con menos peligro ante un sismo, explica Balmaceda.

BAJO AGUA Y SOL

¿Cómo explicar que 31 años después del terremoto todavía hay gente viviendo en los escombros? Al comenzar la década del noventa, el Ministerio de Construcción y Transporte (como se llamaba entonces) demolió algunos edificios y reubicó a las familias en la zona de Los Laureles Norte. Sin embargo, otras personas se asentaron en las ruinas.

Angélica Lacayo tiene 17 años de habitar en los escombros de la antigua Lotería Nacional. “Aguantamos lluvia, aguantamos sol, aguantamos también temblores”, relató.

Está cansada, tiene ojeras. Como los muros de ladrillo no llegan hasta el techo, los vecinos escuchan las bullas de Angélica y su familia, y éstos también soportan los ruidos de los vecinos. Su esposo trabaja de noche como guarda de seguridad y le resulta difícil descansar durante la mañana. Ella trabaja en una empresa textilera de la Zona Franca y gana 800 córdobas al mes.

Viviendo en los escombros, Angélica se siente “excluida de la sociedad media”, como enfatiza. “Nos miran como personas de tercera categoría, como personas raras; y sin embargo nosotros somos personas como cualquier otra”.

Igual que su vecina Damaris Lanuza, ella piensa que el Gobierno nunca se ha interesado por la gente de las ruinas. “Supuestamente el Gobierno nos quiere lanzar a la calle y darnos ocho mil córdobas”, comenta. “Un terreno vale mucho más que ocho mil córdobas”.

Clemente Balmaceda, del MTI, está de acuerdo. Al hacer el censo de la población de los escombros, detectaron que algunos tenían familiares en otro sitio que podían recibirlos. “Entonces se dio una ayuda económica para que ellos puedan reubicarse donde su familia renta”, aclaró Balmaceda.

LA VIDA "NORMAL"

El ministerio quiere entregar un lote a los habitantes de los escombros, donde dispongan de electricidad y agua potable, pero falta definir la fecha en que lo harán, dice Balmaceda.

Humberto Rafael Molina nos lleva por el salón principal de la vieja Lotería, donde vive. “Edificio 1939, Administración A. Somoza”, está escrito en una pared. Todavía se ve la pizarra con todos los premios de aquel tiempo, cuando el mayor era de 460,000 córdobas.

“La vida pues, es normal aquí. Lo único es que uno está sin trabajo”, narra Humberto, quien habita desde hace 23 años en esos escombros. A veces le salen trabajos, rumbitos de zapatería, albañilería o fontanería, pero nada fijo.

Toma un poco de leña, echa “aceite electrónico” y enciende. Tras poner un trocito de plástico, la llama coge vida, y Humberto pone la sartén con una porción de arroz en el fuego.

Desde el techo del primer piso, hay una vista estupenda del lago y de la ciudad de Managua, pero la “azotea” está llena de lodo y escombros, como si el terremoto hubiera sido la semana pasada.

¿Por qué no han desescombrado el área? “No podemos hacer nada aquí”, contesta él, “porque de un momento a otro nos sacan”.
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