El desbarrancadero de los poderes
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 | Acerca de la novela de Fernando Vallejo, ganadora del Premio Rómulo Gallegos 2003 |
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Nicasio Urbina*
La novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos 2003 fue “El desbarrancadero” (Bogotá: Alfaguara, 2001, cito por la edición de Miami: Alfaguara, 2002), de Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942), una novela iconoclasta y furiosa que narra la historia de un narrador homodiegético intradiegédico, que regresa a Colombia a cuidar a su hermano Darío, quien está muriendo de Sida. Aunque la novela tiene muchos valores interesantes no me parece que haya sido una buena elección del jurado considerando las otras novelas que participaron este año en el concurso. Tengo frente a mí la lista de novelas participantes y he leído treinta de las 231 que compitieron por el codiciado premio. La obra de Vallejo es muy valiente. Dice las cosas más duras con aparente objetividad. Es un terrorista del lenguaje y se mofa de serlo. Se burla de las instituciones y de los símbolos con total desparpajo, y cultiva la retórica del escándalo con maestría, “la estética de la injuria” como lo bautizó en LPL del sábado 23 de agosto. Sin embargo no me parece que “El desbarrancadero” como artefacto narrativo estético sea el más logrado del corpus que tenemos en consideración.
“El desbarrancadero” pertenece a ese tipo de textos iconoclastas y matricidas que despotrican contra todo, rompen con las instituciones de poder y las figuras de autoridad, se regodean en el escándalo y gozan el insulto y la maledicencia. Si bien es cierto que la gran literatura tiende a estremecer las bases de la sociedad y generalmente rompe con los poderes establecidos, yo prefiero los textos que haciendo esto proponen una salida a los problemas de las sociedades, que ofrecen cierta posibilidad de redención para la humanidad, una luz al final del túnel, por muy oscuro y solitario que sea. Me parece que la obra de Vallejo no da espacio para la sobrevivencia de la especie humana. Se encierra en una negación rotunda de los sistemas y no da viabilidad a nada. Esta es una preferencia personal, no es un juicio crítico. Aunque es indiscutible que los gustos personales son parte de la recepción de todo texto y del horizonte expectativas de los lectores.
La historia de dos hermanos homosexuales que han compartido muchas experiencias juntos, en una Colombia convulsionada y corrupta, en el seno de una familia desarticulada, asediada por la locura y el odio, con episodios en Europa y en Nueva York, es un tema atrayente y rico en posibilidades. Vallejo lo maneja con el rigor y la fuerza de un científico que pretende ver el mundo en forma objetiva, despotricando contra todo, condenándolo todo, riéndose y burlándose de la literatura, de las instituciones sociales, de las creencias de la sociedad. Vallejo escribe sus novelas como crímenes perfectos, donde se trata de estafar a los lectores vendiéndoles un texto que maneja una serie de códigos literarios, de figuras retóricas y clichés, y que la gente compra, lee y celebra con entusiasmo, porque le da duro a todo y en muchas cosas estaremos de acuerdo. Vallejo sabe esto y lo ha estudiado en su “Gramática”. Por tanto debemos leer sus textos con mucho cuidado, ya que algunas de sus bombas están destinadas a estallar en nuestras manos. La aparente objetividad de los narradores de Vallejo es solamente aparente, ya que en el fondo sabemos que sus opiniones y afirmaciones resultan ser tan subjetivas como la de todos los seres humanos. El radicalismo de las opiniones escandalosas es uno de los atractivos de sus textos, es la clave de su estética, es la llave de su éxito.
Para los nicaragüenses el simple hecho de que el enfermo de sida se llame Darío es motivo de atracción. Darío, es el hermano favorito del narrador, lleva ese nombre por el poeta nicaragüense Rubén Darío. En Colombia hay más Rubén Darío que en ningún otro país del mundo. Darío es alcohólico y marihuanero, contrajo el sida en alguna de sus múltiples orgías, fuma basuco y ahora agoniza en la casa de su padre en Medellín. El narrador explica así el origen del nombre: “Y tenía la misma sed de Darío, el poeta, en recuerdo del cual papi le puso en nombre sin imaginarse cuánto lo iba a emular: Rubén Darío. Cuando Darío fue de joven a Nicaragua con una delegación colombiana de agrónomos, que era lo que era él, a no sé qué, tuvo un éxito resonante, etílico: en semejante país, con semejante sed y semejante nombre… Nicaragua es un país de borrachos y de bueyes que se agota en Rubén Darío, el poeta. Darío en Nicaragua es Dios, como el Papa en el Vaticano…”(45).
Vallejo ha surgido con su obra como una de los más importantes narradores de América Latina. Su perspectiva homosexual le ha permitido revelar llagas sangrantes de la sociedad colombiana que nadie se atrevía a tocar, su estilo directo y realista hace de sus novelas textos de facil lectura, y su espíritu iconoclasta le permite derribar templos sagrados para las sociedades latinoamericanas. Estos factores han influido en el éxito que sus novelas han tenido y en el camino ascendente que ha recorrido en la literatura latinoamericana.
“El desbarrancadero” nos introduce en un mundo misógino y apocalíptico, donde las mujeres son satanizadas, empezando por la madre, a quien siempre se le llama La Loca. Donde Dios y la Patria son una podredumbre: “Dios no existe y si existe es un cerdo y Colombia un matadero”(8). “Colombia asesina, mala patria, país hijo de puta engendro de España”(118). La marihuana es bendita (15). “Vargas Vila era un marica vergonzante, pese a lo cual trató en sus libros de sexo con mujer. Un maromero, Un maromero invertido”(38). El Papa es lo peor que hay sobre la Tierra, y “Por lo pronto Dios no existe, este Papa es un cerdo y Colombia un matadero”(120). Como se puede ver, Vallejo practica la estética del escándalo, de la frase cortante, fuerte y tajante. Su actitud es de rechazo total, es determinante, con hay espacio para la convivencia, para la mediación. Es radical y autoritario. Su actitud es casi fascista en cuanto a sus creencias.
“El desbarrancadero” es una novela con una propuesta fuerte, para mí inaceptable, pero de gran valor en su denuncia de los pecados políticos y sociales de América Latina. Que se le haya concedido el Premio Rómulo Gallegos por encima de muchas novelas excelentes, confirma la sospecha que los premios literarios se dan más por influencia de los editores que por el valor real de las obras. Por el lado positivo Vallejo donó los cien mil dólares del premio a la Sociedad Venezolana Protectora de Perros Callejeros. A pesar de mi falta de entusiasmo me complace observar que la obra de Vallejo se une a un nuevo giro en la narrativa latinoamericana, donde las visiones desde la periferia se sitúan en el centro del debate intelectual, y nos llevan a repensar las formaciones literarias, las representaciones del poder, y el discurso de la nación y la identidad.
*Profesor de literatura en Tulane 
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