DOMINGO 24 DE AGOSTO DEL 2003 / EDICION No. 23190 / ACTUALIZADA 04:56 am





EL HUMOR DE




El culto Xolotl/“Mingo” y la celebración de los managuas

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Jorge Eduardo Arellano*

Antes que concluya agosto, mes de las fiestas de Santo Domingo que, cíclicamente, celebran los managuas, conviene recordar el origen mítico de las mismas. Porque la imagen de Santo Domingo tiene que ver más con una deidad aborigen que con el personaje de la Edad Media, natural de Caleruega —un pequeño pueblo de Castilla—, no lejos de la gran abadía benedictina de Santo Domingo de Silos, lo que sin duda fue determinante en la elección de su nombre. Es decir, se trata de un desborde pagano —visto desde nuestra mentalidad occidentalizada— que fue sustituido, durante la dominación española, por el fundador de la Orden de los Predicadores, Domingo de Guzmán (1170-1221).

Específicamente, se ignora la fecha de esta sustitución del moreno idolillo indígena por el blanco y noble castellano. Canonizado en 1234, su Congregación ha dado a la Iglesia 16 santos, unos 300 beatos, 4 papas, 70 cardenales y más de 3,000 obispos. Además, está vinculado a la lucha de la Iglesia contra la herejía de los Albigenses, encabezada por su amigo Simón de Monffort y su ejército, victorioso en la batalla de Muret en 1211. Según su biógrafo más reciente, Simón Tugwell C.P., Domingo se hallaba al lado de los cruzados, pero no se unió a la cruzada. Sólo una vez estuvo presente en una operación militar: en el asedio a Toulouse, por el mismo Monffort, en 1211. Ese día salvó milagrosamente a un grupo de peregrinos ingleses que se ahogaban.

Todo ello tiene que ver muy poco con el origen en Nicaragua de la devoción a “Mingo” (hipocorístico de Domingo) o “Minguito” (su diminutivo) que, en el fondo, responde a una concepción ancestral y mítica. No se remonta a 1885, año en que se fechó el “nacimiento” o hallazgo de la minúscula imagen (20 cm de alto) en Las Sierritas de Managua. Porque puede demostrarse que las festividades existían treinta años atrás, según carta de Mateo Mayorga, el 5 de agosto de 1853, dirigida a su pariente José Joaquín Quadra: “Todas las managuas están bravas porque quedaste mal no viniendo a pasar las fiestas de Santo Domingo como me ofreciste…” (Revista Conservadora, Núm. 33, octubre de 1963), pág. 62). Ya se habla, pues de la existencia de tales fiestas en la recién erigida capital de Nicaragua, entonces casi una aldea de pescadores.

Precisamente éstos descendían de los primitivos habitantes neolíticos que dejaron grabadas sus huellas en el lodo volcánico de Acahualinca y siguieron viviendo en las riberas del lago de la pesca hasta que desarrollaron una estacional e incipiente agricultura. ¿Cómo? A través del maíz, introducido hace cuatro mil años por una corriente migratoria procedente del altiplano de México. Con ello, se suscitó la creación de un culto, en concreto a una de las deidades de esa cultura mesoamericana: la de maíz, culto ubicado en Las Sierras, donde se cultivaba el grano.

Pues bien, los cazadores y pescadores de Managua complementaban su dieta con el maíz y, al final de la cosecha, se dirigían a Las Sierras para traer la imagen, representación o “nagual” del dios, a quien devolvían en su sitio tras una breve temporada de celebración. Tal es el mito soterrado, pero que emerge y que revive cada primero y diez de agosto (fechas de la “traída” y “dejada”) de Santo Domingo, “patrono” de facto de los managuas.

Porque el patrono inicial implantado por el proceso de la conquista fue otro: Santiago, el santo conquistador. No se olvide que se halla esculpido en alto relieve en el frontis de la primera catedral de Managua, montado y blandiendo la espada contra los moros, de acuerdo con la tradición ibérica. (En cuanto a San Miguel, fue a principios del siglo pasado que la Arquidiócesis de Managua lo eligió como patrono; no de una parcialidad ni de un barrio). Pero la población indígena de Managua, en virtud de ese sustrato primitivo y dentro del sincretismo operado durante la época colonial, prefirió de patrono al santo católico y fundador de la Orden de los Dominicos.

Pablo Antonio Cuadra interpreta esta elección como el rechazo de seguir la religiosidad “oficial” y de expresar una propia y popular: el “santito”, de acuerdo con la leyenda, se niega a permanecer en Managua (cuyo patrono es el producto de una religión conquistadora) y prefiere permanecer en las afueras, en el campo, con el campesino, eligiendo el culto periférico de unos habitantes marginados.

Mas no hay que eludir el fenómeno mítico primigenio. Alejandro Dávila Bolaños, comentando este origen, especifica que el “nagual” o imagen del dios del maíz Xolotl (de procedencia nahua) era un perro y se vincula a la luna. Esto explica el pequeñísimo can que acompaña a “Minguito” y el barco: reminiscencia de la canoa en que portaban a Xolotl (que dio el nombre al Lago Xolotlán) los indios y caciques de las tribus establecidas en la Managua prehispánica.

Por otra parte, en su libro sobre esta arraigada e inextirpable tradición festiva, el jesuita Ignacio Pinedo intuyó ese sustrato al admitir que el aspecto de la pequeña imagen “es claramente indígena” y divulgar el relato de Nicolás Estrada, Mayordomo de Las Sierras entre 1931 y 1948. Según Estrada, el cura de la Iglesia Veracruz en Managua, recomendó al hombre que “encontró” dicha imagen que “el primero de agosto la trajeran alegres (a Managua) con sus músicas típicas de aquellos remotos tiempos”. Evidentemente, la “invención” del catolicismo popular constata este retorno al mito primitivo que no debió limitarse a esas “músicas”.

Ahora bien, ¿por qué la tradición oral indicó que de 1885 data la “aparición” del santito de madera y su herida en la cabeza propinada por el machete de un campesino? Un hecho olvidado lo explica: la epidemia del cólera desatada en Managua y sus alrededores el año anterior. Al respecto el siguiente documento —un folleto de 24 páginas— revela la dimensión de esa epidemia y su respuesta gubernamental: prescripciones de Higiene Pública y Privada que deben observarse para evitar la invasión y la propagación del cólera morbus, escrita por el señor cirujano de la Guardia de los Supremos Poderes (Managua, Tipografía Nacional, 1884).

Sin duda, al cólera correspondió el factor desencadenante de la leyenda que revitalizara el culto mítico, cíclico y profesional a Santo Domingo, o más propiamente, a Xolotl.

* El autor es académico de Geografía e Historia de Nicaragua.
aghn@ibw.com.ni
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