DOMINGO 24 DE AGOSTO DEL 2003 / EDICION No. 23190 / ACTUALIZADA 04:56 am





EL HUMOR DE




Un coloso de la enseñanza en decadencia

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Andrea Solórzano Ruiz*

Liceos como el Pedagógico, el Centroamérica y el Calasanz están echando las campanas a volar. Los bachilleres de hace unas décadas se reúnen y resucitan aquellos tiempos de inocencia, aventura y rebeldía.

Tal celebración me parece un acto hermoso e integral, pues encierra un sinnúmero de sentimientos, como la gratitud de los ex alumnos hacia su casa de enseñanza, el encuentro con los maestros que aún persisten a la inclemente vida, coincidir con viejos amigos de la secundaria, el retorno de la adolescencia a la memoria. No terminaría nunca de descifrar ese cúmulo de emociones que uno experimenta en una ceremonia así.

Por ejemplo, en febrero de este año mi padre Ramiro Solórzano Villalta, de 71 años, se reunió con sus compañeros “legionarios del deber”, frase con que inicia el himno de su colegio y que usa para llamar a los “roba gallinas”, es decir a los Ramírez Goyena.

Ex goyenistas como el maestro Mario Fulvio Espinosa, el ingeniero Gilberto Cuadra Solórzano y los doctores Donald Montenegro y Humberto López, entre otros, en un restaurante capitalino revivieron momentos inmejorables. Momentos que han superado los 50 años desde que tiraron el birrete y cada cual siguió su camino.

El Instituto Nacional Central Miguel Ramírez Goyena es una institución pública, con ciento once años de vida. Hace algunas décadas gozaba de superior prestigio que cualquier instituto privado. Nadie le metía la mano en lo académico, en el deporte y mucho menos en la banda musical y rítmica. Tanto así, que los egresados de colegios privados para optar al título de bachiller, tenían que aprobar el examen de grado que elaboraban y supervisaban los maestros del Goyena.

Parte de esa grandeza goyenista, es gracias a dos personajes considerados los mejores directores que ostentó la historia goyenista, me refiero al poeta Guillermo Rothschuh Tablada y al polémico profesor Juan Doña Márquez.

Con mucho orgullo heredado de mi papá, tíos, primos y hermanas, soy una ex goyenista del Goyena de hace algunas décadas, el que no pudieron disfrutar nuestros hijos, porque el Goyena de ahora, da lástima.

Del ahora Instituto Autónomo Ramírez Goyena, el que ahora cobra para enseñar, no sólo es deplorable la deficiente educación y la indisciplina estudiantil que cae en la vulgaridad, sino que también el estado físico del edificio. Se acabaron los laboratorios de química, únicos en Nicaragua, por lo menos en la década de los ochenta. Las aulas que en aquella época eran modernas por poseer sistema antisísmico, no tienen división, ni cielos rasos, ni persianas y puertas. Y a la biblioteca, ya no se le puede llamar así.

Tampoco los goyenistas de ahora poseen ese carisma, cariño y devoción que presumíamos y sentíamos nosotros hacia nuestro colegio. Cargar sobre nuestro pecho la insignia de color rojo y verde, nos engrandecía y llenaba de orgullo.

¿Dónde está la banda musical que con mucho esmero restableció el recordado maestro Roger Barrera? Y la glamorosa y novedosa banda rítmica que heredó el memorable Arturo Pallais?

Es triste que mientras otros colegios invitan para festejar, ex alumnos del Ramírez Goyena están lanzando un SOS para rescatar, aunque sea el nombre y la historia de este magnífico colegio, que un día saboreó las mieles de la gloria y la fama a nivel nacional y centroamericano.

Existe una enorme preocupación por la crítica situación en que se encuentra este coloso de estudio. Ex alumnos que viven en Estados Unidos se comunican y planean actividades en pro del Instituto Ramírez Goyena. En Miami existe una organización de ex alumnos encabezada por el ex director Juan Doña Márquez.

Precisamente un miembro de esta organización es uno de los que me motivó para que yo escribiera este artículo. Este joven de ayer, me invitó para que participara en una reunión de ex alumnos, que se realizó en el destruido auditorio del Goyena el día de ayer en horas de la mañana. Ahí se abordó el SOS de nuestro querido colegio.

Personalmente creo que por mucho esfuerzo que hagamos los ex alumnos u otras organizaciones, si no existe una actitud gubernamental que resuelva o colabore para mejorar, se derrocharán las acciones. “Nadie arregla un vestido viejo con un remiendo de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge y rompe el vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor” (Mt 9.14-17)

Sé que el Goyena no será como el de hace décadas, porque ya no enseñan maestros como Edgardo Fuentes Montoya —El Pucho—, David Andino, Rafael Carrillo, Corina Quintanilla, Amadeo Arróliga, Bayardo Selva, Tomás Urroz, Yolanda Delgado, Rodolfo Vargas —Fofito—, Ramón Chow Díaz y muchos más que se me escapan. Algunos de los que mencioné están en el cielo instruyendo a los ángeles sobre álgebra, logaritmo, literatura, gramática y sobre la vida, que bien nos la enseñaron aquí en la tierra, y gracias a ellos, somos lo que somos.

* La autora es comunicadora social
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