DOMINGO 24 DE AGOSTO DEL 2003 / EDICION No. 23190 / ACTUALIZADA 04:56 am





EL HUMOR DE




El genuino arrepentimiento de Zaqueo

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Franklin Bordas Lowery*

¿era Zaqueo ladrón? Quizás no un vulgar ladrón, pero sí un frío y calculador financiero que a la par de la recaudación de impuestos realizaba toda clase de negocios e inversiones, prestando dolosamente a la población y cobrando altos intereses, hasta apropiarse de las prendas dadas en garantía. La Biblia dice que Jesús entró en Jericó y comenzó a atravesar la ciudad donde vivía un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Lucas 19.2

Zaqueo, judío y principal de los publicanos, era detestado por sus compatriotas, ya que su fortuna había sido obtenida bajo la tutela del poder romano, con la función de recaudador de impuestos, oficio que aún hoy día, no es visto por los contribuyentes con mucha complacencia. Su posición y fortuna eran el premio de una profesión que ellos aborrecían, y a la cual consideraban como sinónimo de injusticia y extorsión.

Cuando el elevado costo de las empresas militares llevó a la República de Roma a solicitar ayuda a la iniciativa privada, para sufragar el enorme presupuesto de expansión imperial, fueron los publicanos quienes prestaron toda su cooperación al Estado romano, y con su oferta de servicios comunitarios, que iban desde la recaudación de impuestos, hasta la administración de contratos de obras públicas, fue que hicieron sus enormes capitales.

Zaqueo, pues, era un hombre rico. Pero... ¿cómo puede un hombre rico arrepentirse de su riqueza y reconocer el pecado (o delito) de apropiarse indebidamente del patrimonio y dinero de otros? ¿Y hasta querer devolver lo mal habido a los perjudicados? ...la Biblia nos enseña, que la presencia de Jesús en nuestras vidas, puede lograr cambios verdaderamente espectaculares y extraordinarios. Es indudable que Zaqueo, como todo judío conocía las escrituras y la ley de Dios que claramente en el libro de Deuteronomio 20.12 ordena de forma taxativa: “No robar”.

La riqueza de la que se despoja a nuestros semejantes (tal como lo hace Zaqueo), no sólo es aplicable a aquel que posee recursos y paga impuestos como contribuyente, sino que debe entenderse con mayor amplitud, porque la pérdida de dinero probablemente no sea la principal causa de dolor en el hombre y la familia, sino la pérdida de la riqueza espiritual, que muchos roban causando daños irreparables por mano humana.

El esposo infiel que le roba la felicidad a su esposa, el padre adicto al trabajo y la vagancia que roba el tiempo a sus hijos, el vicioso que roba las finanzas y la seguridad del hogar, el que roba la autoestima de los niños, el que asalta la tranquilidad familiar, el que angustia a su semejante con la calumnia y la murmuración, también son Zaqueo.

Pero algo importante ocurrió con este personaje bíblico: se arrepintió. No se arrepintió porque lo estaban acusando, o lo iban a enjuiciar, o por temor de ser encarcelado, simplemente se arrepintió al llegar Jesús hasta él. Algo importante en este relato bíblico es, que Zaqueo debía conocer a Jesús y sus obras porque ya lo estaba esperando. Es decir, si no esperas a Jesús, Él no vendrá a ti. Zaqueo pequeño de estatura se esforzó subiendo a un árbol de sicomoro para poder ver el paso de Jesús, quien había entrado a Jericó y pasaba por la calle. “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba lo vio, y le dijo: —Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me hospede en tu casa. Lucas 19.5

¿Cuantas veces Jesús ha tocado nuestro corazón endurecido, mostrándonos su amor y misericordia con sus promesas, y permanecemos sordos e inmóviles a su llamado? Zaqueo no esperó mucho, era hombre de acción, descendió aprisa y lo recibió gozoso. Pero la Biblia enseña que él se arrepintió de sus fechorías y quiso ponerse a cuenta con Dios, y dijo: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: —Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Lucas 19. 8-10.

Zaqueo ajustó su vida, agradando a Dios. Luego de recibir a Jesús en su casa, se propuso cambiar. Hacer algo por sus semejantes a los que había afectado y les devolvió lo robado hasta cuatro veces. ¿Qué podemos hacer nosotros por nuestro prójimo (léase: próximos)? ¿Podríamos regresarle la felicidad robada a nuestras esposas o esposos? ¿O la alegría que robamos a nuestros niños? ¿O multiplicar la paz robada a nuestros padres? ¿Podríamos...? Sí podemos, pero sólo recibiendo a Jesús en nuestra casa con ese genuino arrepentimiento que tuvo Zaqueo.

* El autor es escritor.
lowery@cablenet.com.ni
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