Blanco y negro
La próxima década perdida
Eduardo Enríquez eduardo.enriquez@laprensa.com.ni
A finales de la década de los 80 y principios de los 90 se popularizó entre los académicos que estudian Latinoamérica el concepto de “la década perdida”. El argumento era que nuestros países, por estar controlados por dictaduras o envueltos en guerras habían desperdiciado todos esos años, tiempo que pudo haber sido utilizado para el desarrollo económico y social.
Se suponía que los 90 era la década del crecimiento económico, y las nacientes democracias, la nicaragüense a la cabeza, iban a recuperar el terreno perdido.
Hoy. En el 2003, la realidad es que no hubo tal aprovechamiento, al menos aquí, que es donde me interesa porque aquí vivo. También los 90 fueron una década perdida. Hemos perdido el tiempo, las oportunidades, todo, menos, parece, la cara dura.
En la sección económica de esta misma edición, el editor Gustavo Ortega revela que Nicaragua necesita un aporte de la comunidad donante de un poco más de mil millones de dólares para tener una “transición al libre mercado” dentro del marco del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (conocido como Cafta). ¡Qué cáscara!
O sea, después de 20 años de estar recibiendo cantidades masivas de ayuda y préstamos, dizque para el desarrollo, no estamos listos para nada. Para carreteras e infraestructura necesitamos 397 millones de dólares, desarrollo rural productivo, 538 millones; apoyo a pequeñas y medianas empresas, 79 millones; para promoción de exportaciones 10 millones más y otros 67 millones para “mejorar el clima de inversión”.
Y lo triste es que es verdad. Todo eso se necesita porque estamos en cero, a pesar de que por los últimos 20 años –y en particular en la última década de “democracia”– hemos estado recibiendo préstamos o donaciones y haciendo estudios o proyectos precisamente para cada uno de los puntos que ahora vamos, de nuevo, a pedir que nos ayuden a desarrollar. Durante la última década aquí prácticamente se ha firmado cada semana un “convenio de cooperación” para el desarrollo. Anualmente se han recibido por lo menos 500 millones de dólares en ayuda.
La pregunta no es entonces, ¿qué se hizo esa plata? Esa respuesta es fácil. Se la robaron, o se disolvió en consultarías y proyectos carísimos que nunca vieron la luz. La pregunta es, ¿por qué insistimos en que los que han causado la debacle en que estamos, tengan la oportunidad de seguirnos machacando?
Mucho tiene que ver la falta de conciencia ciudadana. Falta de educación, de cultura. Pero los que nos podrían sacar del atolladero, la clase gobernante: políticos, militares, líderes religiosos y hasta la llamada Sociedad Civil, más bien están interesados en mantenernos hundidos mientras siguen aprovechándose del festín.
Ya llega al masoquismo que después de todo este tiempo existan nicaragüenses que todavía piensen que Daniel Ortega o Arnoldo Alemán y los secuaces de ambos nos puedan sacar de la pobreza y el subdesarrollo.
¿Sus argumentos? Que el uno regaló un tuco de lote para hacer una champa de plástico negro, sin importar que en el proceso haya destruido todo el andamiaje de la propiedad, piedra angular del desarrollo; mientras el otro hizo una rotonda y dizque “una escuela por día” sin importar que no exista dinero en el presupuesto para pagar al maestro que la va a atender.
Esa forma de pensar sólo nos prepara para perder también esta década. Los donantes no son tan miopes como nosotros. Ya están aburridos de dar tanto dinero sin resultados. Si no reaccionamos, lo que harán será lanzarnos mendrugos para que las hordas de nuestros hambrientos no invadan sus fronteras, pero el desarrollo sólo nosotros nos lo podemos garantizar.

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