El payaso del tambor
Mario Santos
Hombros desconocidos trasiegan hamacas coloridas frente al colosal melón En la plazoleta cubierta de toldos amarillos y rojos juguetea la imaginación del arte y la artesanía.
El barbudo canoso maravilla con sus pupilas de pincel, surgen de sus manos volcanes, ríos y pájaros. Niños con harapos de abandono riegan sus lágrimas, restañantes del candor golpeado.
Malabaristas del asombro, de piel y palabras; blanco plomizo estatua de paz a quien la moneda transeúnte le hace girar como a un desengaño fatigado, desnudan la evasión de la ramera josefina; vientre de hidra y cabeza de neón que sexualisa el Big Mc en la fiesta de los escorpiones.
Gendarmes religiosos vociferan y condenan con su saliva purificante de dos mil años. En medio de compradores y mercaderes alquimistas convierten el oro en cobre, reflejan como magos, en sus metales el día.
Escenas de la Edad Media en películas Kodak; juglares cantan al beso, a la nostalgia, al pan, trovadores abren sus cajas de pandora; y teatro callejero se mofa de Aristóteles.
Palomas de castilla, abanicos de sortilegios, paisaje de nácar; arco iris en esferas de jabón llenos de agasajos, escalan en el cielo con un derroche de vibraciones. Viento de plata colorea la sonrisa de las hojas como campanitas chinas tocan una sutil melodía.
Verano de amor, efluvios de Liszt se desliza a través de ventanas centenarias y en los delgados rayos del sol donde se difumina el aroma del café.
Con el último obsequio del porvenir y la hueca sonrisa del payaso, mi tristeza desafía extraña sensación que me depara sendero abstracto, aprieta mis talones, revienta mi sortija. Buscaré en las aguas mansas de Dios. 
|