Bienvenida Gioconda
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Gioconda Belli. |
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Jorge Eduardo Arellano*
Desde hace no pocos años ha constituido un tópico afirmar que, tras Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez, la figura literaria más conocida de nuestro país en el extranjero es Gioconda Belli (Managua 1948). Novelista (tres obras sustentan esta vocación), autora de un cuento para niños (“El taller de las mariposas”), modelo de ese género mágico e imaginativo; excelente narradora autobiográfica y testimonial, sostenida y sostenible periodista de opinión y, sobre todo, poeta de deslumbrante fibra erótica y práctica al servicio de la transformación revolucionaria de la sociedad. Tal ha sido, en apretadísima síntesis, la imagen que ella ha proyectado desde los primeros años 70, plasmando en su escritura una opción liberadora de la mujer.
Por estos méritos ingresó a la Academia de la Lengua, en el contexto del 75 aniversario de su fundación. Por residir fuera de Nicaragua, le fue otorgado —de acuerdo con nuestros Estatutos— la categoría de miembro Correspondiente. Con ella, suman ya cinco las colegas nicaragüenses (se excluye a la francesa Claire Pailler), que han renovado nuestra entidad. Mariana Sansón Argüello, Rosario Aguilar, Nydia y Conny Palacios la preceden.
Al respecto, no deja de ser significativo que la nicaragüense, al incorporarse Gioconda, sea una de las 21 academias de nuestra Asociación extracontinental con mayor número de individuas, vocablo con que oficialmente se les designa a sus miembros del género femenino (así como el de individuos al opuesto). La salvadoreña (la más antigua de Centroamérica) y la venezolana, más la peruana y la dominicana, sólo cuentan con una mujer. La mexicana y la boliviana con dos. La colombiana y la paraguaya, la argentina y la uruguaya, la norteamericana y nada menos que la española —nuestra matriz— con tres. La chilena, la ecuatoriana y la panameña poseen —en el mejor sentido de la palabra— cuatro. Y compartimos el mismo número —cinco— con la Cubana, la Filipina y la Hondureña. Sólo nos superan, con seis, la puertorriqueña y la costarricense.
No estamos, pues, tan mal en este importante aspecto. Sobre todo al recibir a Gioconda Belli, orgullo de nuestras letras, traducida y leída en varios idiomas europeos, estudiada en numerosos congresos internacionales y monografías universitarias, cuyos aportes fueron expuestos por quien más conoce, entre nosotros, su obra: Julio Valle-Castillo.
Yo quiero dejar constancia, apenas, de cuatro notas. Primera: el “fenómeno Belli” no ha sido, obviamente, sólo editorial. Si no me equivoco, se inició en 1988 al ser traducida su primera novela, La ciudad deshabitada, al alemán y publicada en Alemania del oeste —antes que en español y en Nicaragua— con el título de Frau Tochter des Vulkans. Un millón ciento veinticinco mil lectores disfrutaron de esa obra que obtuvo el Premio de la Mejor Novela Política del Año y el Ana Seghers. Y es que Gioconda ya había dado un salto cualitativo en su escritura: de la poesía a la novela; hecho pionero en nuestras letras y, hasta hoy, único entre sus compañeras de generación.
Segunda: Gioconda fue la última gran “tejedora del hilo azul” de nuestra poesía en el siglo XX, optando más que nadie en aprovechar al máximo el estímulo de los señeros maestros de la Vanguardia (JCU y PAC) y sus inmediatos herederos (sobre todo EC) y continuadores (en especial Fco. de Asís Fernández). Pero su “tela” comenzó a ser espontánea, sencillamente suya: una creación verbal de su cuerpo y de su país, traducida en un desborde metafórico y dionisíaco, sin dejar de ser apolíneo; a partir del mismo, afloró su “mujeridad” desafiante y su amor insurrecto, sus truenos y arco iris, el apogeo de su pasión, el ojo de Eva con que siempre ha mirado al mundo y a los hombres.
Tercera: una confesión personal. Durante el ejercicio de mi juvenil crítica literaria (tarea menospreciada e incomprendida aún entre nosotros) fui muy severo, y seguramente injusto, con la poesía inicial de Gioconda. En un artículo de principios de 77 exageré su contenido de clase. Ella, consciente de su valor y desplegando la autoridad moral que le daba su clandestina colaboración en la guerrilla urbana, me había salido al frente defendiendo su creación poética y el compromiso de su militancia política, a raíz de un juicio expresado en la tercera edición del Panorama de la literatura nicaragüense (abril, 1977).
Y cuarta: Con los años, mis juicios sobre su obra han tendido al equilibrio y más de alguno ha resultado justo, como los expresados en el capítulo sobre ella en Héroes sin fusil (1998). Sin duda —lo ha observado su más penetrante exégeta, Alvaro Urtecho— todos sus libros han devenido en acontecimientos culturales, y los últimos no sólo a nivel nacional. Esto no lo podía concebir en 1975, cuando la presenté en una maratónica lectura de mujeres-poetas, de la cual era organizador, desarrollada en el Auditorio “Juan XXIII” de la UCA. Gioconda, ya iniciado el evento —en conmemoración del “Año Internacional de la Mujer”— se apareció pletórica y esplendorosa, luciéndose como ya era de rigor en ella. Y ese lucimiento la ha acompañado hasta hoy en múltiples escenarios de América y Europa. Evocando este recuerdo de hace ya, casi ¡treinta años!, doy la bienvenida a Gioconda Belli Pereira, en nombre de mis colegas, a esta tu nueva Casa.
* Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua. 
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