¡Trágame tierra!
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Alguna vez te ha pasado algo realmente bochornoso como un chillar de tripas en el momento más silencioso de la clase o una diarrea incontenible que por razones de la vida te
agarra justo cuando no hay un servicio higiénico cerca... Sólo quieres desaparecer... Si es así, sigue leyendo pues aquí te enterarás de divertidas anécdotas y cómo salirles al paso con inteligencia y buen humor |
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Angélica Martínez R.
angelica.martinez@laprensa.com.ni
Aquella mañana la rueda de amigos platicaba animadamente en uno de los pasillos del Recinto Universitario “Carlos Fonseca Amador” (RUCFA). En medio de todos sobresalía Javier* estudiante de economía, quien contaba chistes a sus compañeros de clase entre los cuales se encontraba su novia.
Luego de una retahíla de cuentos jocosos los amigos de Javier estaban que no aguantaban el estómago de tanta risa, de pronto, sin previo aviso, la novia de nuestro amigo soltó “un estruendoso gas” que apagó las risas de todos.
La cara de ella se puso primero pálida, luego roja y finalmente tensa. Trató de disimular buscando entre las páginas de su cuaderno alguna materia para estudiar, pero la vergüenza fue tal que finalmente se levantó de su silla y se fue.
Atrás quedó Javier, al que nunca más quiso dirigir la palabra. “Yo la busqué e insistí para demostrarle que aquello no tenía importancia, pero ella no cambió de actitud... ve qué ‘deaca’, como que si yo hubiera tenido la culpa. Aún hoy me la encuentro y hace como que no me conoce”, nos relata Javier.
Se confundió de chica
En situaciones propias o ajenas las vergüenzas ocasionan siempre la misma reacción en nosotros: un frío recorre súbitamente toda tu espalda, sentís que tus manos se ponen heladas y tu cara caliente cuando la sangre llega de golpe para enrojecerla.
Roxana* estaba ubicada frente a la entrada principal de la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC), él avanzaba a grandes pasos en su dirección. José Antonio, era en ese momento para los ojos de ella el chavalo más guapo de la universidad, pero su imagen cambió aquel día.
“Creí que estaba hablándome a mí, porque hacía señas para que me acercara. Volví a ver hacia atrás y no vi a nadie más respondiéndole, así que supuse que era conmigo, me acerqué y cuando ya estaba a unos pasos de él, otra chavala me adelantó lo abrazó y se fueron juntos... él se dio cuenta de que me había confundido y se puso a reír. Es la experiencia más horrible que he pasado”, finaliza Roxana ocultando el rostro con sus manos.
In fraganti
Pero ella no es la única que ha pasado por una situación embarazosa producto de una confusión. Cuando Carlos*, estudiante de la Universidad del Valle, recuerda aquella experiencia todavía se siente incómodo.
“Marina y yo teníamos poco tiempo de andar ‘jalando’, casi no nos conocíamos, pero yo sabía que su novio anterior había sido como diez años mayor que ella. Un día, en Metrocentro la vi de largo almorzando con un señor que se miraba mayor. Inmediatamente pensé en su ex y me dije que la iba a sorprender in fraganti con el tipo. Así que me acerqué en actitud hostil para echarle en cara su infidelidad, pero ella se me adelantó: ‘¡Hola, te presento a mi papá!’. Yo me sentí muy avergonzado por haber pensado mal de ella aunque en el momento no se dio cuenta sino hasta tiempo después cuando le conté”.
¿Qué es la vergüenza?
Una definición del diccionario dice que “vergüenza es la turbación del ánimo ocasionada por temor a la afrenta, al ridículo”. Según el licenciado César Narváez, psicólogo de la Universidad Politécnica (UPOLI), las vergüenzas se producen debido a falta de seguridad en uno mismo y un conflicto con los valores morales aprendidos.
“Por ejemplo, vemos que un niño de dos años que se cae y tropieza no se ruboriza como lo hace un adulto. En cambio, de personas maduras escuchamos expresiones como: ‘a mi edad ya perdí hasta la vergüenza’. Esto se debe a que un adolescente anda buscando cómo afianzar la personalidad, está pasando por múltiples crisis de identidad y en el proceso de formación del carácter, pero cuando llega a adulto las cosas se miran desde otra perspectiva, con más seguridad”.
El experto también aseguró que las vergüenzas dependen de la cultura de cada país, de manera que los rubores que puede pasar una mujer europea no son los mismos que pasa una mujer latinoamericana. “Lo divertido es que cuando los conquistadores españoles vinieron por primera vez a América las indias andaban en tapa rabos, mostrando los senos y las españolas vestían aquellos enormes trajes que conocemos... ahora, ellas andan sin nada en la playa y las latinas andan cuidándose de no enseñar mucho”, aseguró entre risas.
Problemas …¿De vergüenza?
Una vergüenza no es problema cuando “el ridículo” no se sobredimensiona, es más, el sentimiento de vergüenza es necesario en los seres humanos para hacernos saber dónde están los límites de nuestros actos.
“Toda actividad del ser humano es un acto social y por lo tanto la aprobación de los demás ante nuestros movimientos es muy importante. Cuando transgredimos una norma social y nos sorprenden en eso, sentimos vergüenza. Si te agarran diciendo una mentira o haciendo algo que va en contra de tus principios morales, socialmente aprendidos, viene ese sentimiento”, indicó Narváez.
Pero la vergüenza no es un problema en sí. Se convierte en problema cuando dejas de salir o te aislás de las personas que fueron testigos de tu “metida de pata” (como la novia de nuestro amigo Javier). La Catagelofobia (del griego katagelos-burla y phobia-miedo), como se le conoce al miedo a hacer el ridículo, es una condición que debe ser tratada por un médico. Este temor llega a ser tal que inmoviliza a la persona, impidiéndole relacionarse con los demás.
Cuando se tiene una imagen de uno mismo que exige perfección no se tolera hacer el ridículo. A algunas personas les preocupa demasiado el qué dirán. Su “yo” no soporta que se produzca un descontrol que conduzca a una situación capaz de provocar la risa.
Un exagerado miedo al ridículo esconde dificultades sicológicas relacionadas con la falta de autoestima y rigidez ante los afectos. Por lo general estas personas demuestran muy poco buen humor.
Para vencer nuestros miedos es necesario aumentar la confianza en nosotros mismos y saber que algunas situaciones son perfectamente controlables y otras no. Tratá de que tu imaginación no te haga ver fantasmas donde no existen, las personas a tu alrededor son iguales a vos, también cometen errores y no están ahí para fiscalizarte.
Si estornudaste y de tu nariz salió algo de líquido o sin querer eructaste en la cara de alguien hacé tres cosas: pedí disculpas, reíte y seguí la vida. Recordá que ser prudente no significa vivir atemorizado.
* Los nombres han sido cambiados para proteger la privacidad de las personas.
¿Qué hacer?
— Reíte primero de lo que te ha ocurrido. Así, los otros te acompañarán y se reirán con vos, no de vos.
— Reflexioná sobre si dejarías de estimar a alguien, porque ha hecho ocasionalmente el ridículo.
— Asumí que quien deja de estimarte por haber “metido la pata” no te conviene como amigo.
— Recordá si en tu infancia ocurrió alguna situación con la que te sentiste humillado por cometer un error. Esa es tu respuesta para no volverte a sentir de esa manera.
A ellos también les sucedió
“Debido a mi trabajo, tengo que seguir al ministro en todas las actividades a donde vaya. Una vez íbamos caminando por una calle de adoquines y el tacón del zapato se me quedó pegado en media calle... pero por la prisa yo no me di cuenta y seguí caminando descalza... sacaron el zapato de entre los adoquines, me lo puse, y seguí caminando, pero a los pocos pasos ¡se me volvió a trabar! Entonces los que me ayudaron la vez anterior, me dijeron que si quería mejor me llevaban chineada... Fue muy vergonzoso, pero divertido”. Sabha Hamad Relacionista Pública del Migob
“Hace poco durante una actividad donde asistieron varias personalidades del Gobierno, me encontré con un amigo (del que no te voy a dar el nombre), a quien yo creía habían destituido. La verdad es que en el momento confundí su nombre con el del otro (el que sí salió de su puesto) y para no cansarte el cuento, en mi saludo le pregunté que si era verdad que ya no tenía su cargo... mi intención era hacer plática, pero él lo entendió mal y muy enojado me dijo: ‘no, al contrario me ratificaron por dos años más’. Es la pena más grande que he pasado”. Benjamín Lanzas Miembro del Consejo Directivo del Banco Central
“Durante mis años de estudiante cuando vivía en mi apartamento de soltero en Estados Unidos, como todas las mañanas salí a botar la basura, pero al regresar la puerta de entrada se había cerrado por dentro y yo estaba en ¡calzoncillos! Todo el que pasaba por la acera se me quedaba viendo y lo peor es que era invierno. Pasé casi quince minutos en aquella terrible situación hasta que un vecino de apartamento me abrió la puerta”. Enrique Zamora Presidente de la FISE
“A nivel personal, siempre me ha dado pena cuando algún amigo me pide que sirva de maestra de ceremonias y cuando lo estoy presentando, ¡se me olvida su nombre! Me ha pasado infinidad de veces y no sé por qué... creo que es pánico escénico. Antes, también me apenaba leer mis poemas en público, por la carga de sensualidad que transmitían, hasta que comprendí que como seres humanos no debemos avergonzarnos por eso”. Christian Santos Escritora nicaragüense
“Muy seguido me pasa que cuando estoy presentando el noticiero si la persona que escribe en el Telepronter se equivoca en una palabra yo la leo en vivo. Hace poco me pasó que estaba presentando una noticia y leí dos veces el mismo párrafo porque así lo pasaron. Pero lo que más pena me da es cuando hacemos encuestas en vivo y la gente me dice que no. Eso ocurre porque a la gente les da pena las cámaras, pero no se ponen a pensar en la vergüenza que le hacen pasar a uno”. Dino Andino Presentador de Canal 2 
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