¿Debe el Estado dirigir la educación en sexualidad?
Humberto Belli Pereira President@avemaria.edu.ni
El problema con el manual de educación sexual del Ministerio de Educación (MECD) no está en sus contenidos. El problema está en creer que corresponde al Estado prescribir el tipo de educación sobre la sexualidad que ha de recibir la juventud nicaragüense. Efectivamente, aún en quienes se oponen al actual manual parece que el pensamiento subyacente es: “Escriban un manual coherente con nuestros valores, y nosotros entonces lo apoyaremos”. El problema se reduce, pues, a producir el manual ideal. Logrado esto el Estado puede y debe establecer para el estudiantado de este país la “educación sexual oficial”.
¿Es correcta esta manera de pensar? ¿Corresponde al Estado recetarnos el tipo de valores y enfoques con que hemos de educar a nuestros hijos en el campo de la sexualidad? ¿Tiene sentido el hablar de la educación sexual oficial de la República de Nicaragua?
Para responder estas preguntas conviene recordar que el derecho primario sobre la educación de los hijos lo tienen los padres de familia. La familia es la primera unidad de la sociedad y es anterior al Estado. Los progenitores tienen el derecho natural e irrenunciable a guiar su prole conforme sus valores o principios. El Estado viene después, como un complemento o auxilio, que ayuda a los padres de familia a realizar sus derechos. El Estado, pues, es un servidor, con una función subsidiaria, y no puede arrogarse la potestad de imponerle a los padres de familia una agenda educativa contraria a sus convicciones.
Si no se ven con claridad los anteriores principios es porque por muchas décadas hemos vivido bajo un techo ideológico sutil pero profundamente estatista. Aún en las sociedades con democracia representativa, se ha atribuido a los supuestos “representantes electos del pueblo” poderes de decisión sobre nuestras vidas privadas que equivalen a un auténtico imperialismo gubernamental. (Uno de los pocos pensadores democráticos que advirtió este peligro en los años cuarenta del siglo pasado fue Von Hayeck).
Cualquier tipo de educación sexual “única” o prescrita como oficial por el Estado encuentra dos problemas. Uno es que los gobiernos, incluyendo algunas ONG que los asesoran, son hábiles en manipular los consensos. Diálogos, consultas y múltiples foros, son muchas veces pretextos para legitimar agendas ideológicas concebidas de antemano. El segundo problema es que en una sociedad plural no puede producirse un tipo de educación sexual que responda a los valores de todos. El mismo concepto de una “educación sexual oficial” debería ser abominable, precisamente por ser un diseño que lleva la pretensión, implícita o explícita, de imponerse a moros y cristianos a través del adoctrinamiento que han de facilitar los textos y docentes oficiales.
En una perspectiva verdaderamente democrática y respetuosa de los derechos de los padres, el Estado no debería poder prescribir el tipo de educación sexual que han de recibir nuestros jóvenes, por muy buena y consensuada que pueda parecer su receta. Lo que debe hacer es facilitar, a los padres que así lo quieran, el tipo de educación sexual que ellos libre y soberanamente escojan para sus hijos.
En una sociedad como la nuestra podemos asumir que hay muchos padres de familia que anhelarían que sus hijos recibiesen una educación en la sexualidad de inspiración cristiana. También podemos asumir que habrá otros, quizás muchos, que prefieran una educación de corte más libertario o utilitario. Habrá también algunos que no quieran ninguna de las dos cosas. Los distintos proponentes de perspectivas alternas de educación sexual deberían producir sus respectivos manuales. El Estado debería entonces facilitar a los padres de familia el financiamiento del tipo de instrucción, textos y profesores, que se corresponda con sus convicciones.
La alternativa planteada sería lo más justa y la más respetuosa de la libertad individual. Porque lo que ocurre ahora es que los progenitores con mayores ingresos matriculan a sus hijos en escuelas privadas acordes con sus ideas. En cambio los más pobres son confinados a sistemas públicos donde el Estado los obliga a digerir recetas relativistas o anticonceptivas, como las que muchas veces patrocinan las Naciones Unidas, o bien documentos que con el ánimo de confraternizar con todos no son “ni chicha ni limonada”. Permitir distintos tipos de educación sexual, incluso de inspiración religiosa, no contradice al laicismo. Lo que el laicismo y el liberalismo genuino buscan es que no se imponga a todos una misma confesión o credo, religioso o secular, y que los padres o individuos sean libres para escoger, o rechazar, lo que ellos prefieran. La libertad de escogencia es esencia de la democracia.
El autor es rector de Ave Maria College of the Americas.

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